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EL MAL OLOR DE
Mito, dominio y trabajo

Este artículo apareció en el
periódico digital “
VARIACIONES EN TORNO
AL DUODÉCIMO CANTO DE “
1)
Cuando, en
“Dialéctica del Iluminismo”, Adorno y Horkheimer abordaron el nexo entre mito,
dominio y trabajo, utilizaron como metáfora un canto de
Ulises finalmente descubre que poco tiene que temer, disfruta estéticamente el canto y hace señas con la cabeza para que sus servidores lo desaten. Pero es tarde; los trabajadores, incapaces de oír la melodía, ineptos para el reconocimiento de la belleza, inmunes a la seducción utópica o liberadora, nada saben y nada hacen.
Los autores de “Dialéctica del Iluminismo” aprovechan la peripecia para ilustrar que el goce artístico (posición de Ulises) y el trabajo manual (lugar de los marineros) se separan desde la salida de la Prehistoria. Y late en sus páginas, junto a la denuncia firme de una sociedad organizada sobre la exigencia de obedecer y de trabajar (un trabajo “que se cumple bajo constricción, sin esperanza, con los sentidos violentamente obstruidos”, nos dicen), una cierta receptividad ante el horizonte utópico legado por la Modernidad, casi una fe en el filo transformador del mito revolucionario, en la “promesa de felicidad” portada por el discurso de la emancipación, simbolizado por el canto de las sirenas. Lo triste sería que a los oprimidos se les ha hurtado la capacidad de asimilarlo y que los opresores, casi tan víctimas como ellos del engranaje capitalista, aunque aptos para redescubrir la utopía, rehuyen su propia excarcelación.
2)
Cuando Kafka reinterpreta el pasaje homérico, disloca la lógica tan simple, y aún así hermosa, de la exégesis precedente. Nadie puede esquivar sin más el peligro de las sirenas, nadie puede sustraerse fácilmente a la tentación, todo está perdido si se pasa ante ellas con meras precauciones físicas y sin una estrategia simbólica. Y Ulises lo sabe... No habiendo posibilidad inmediata de salvación, cabía no obstante tentar procedimientos mediatos; cabía fingir, representar, manifestar y apelar, procurar seducir,... Soñando a partir de la recreación de Kafka, vislumbramos a un Ulises que pone en marcha su teatro del encadenamiento consciente de la inutilidad inmediata del mismo, pero con la esperanza de enternecer de algún modo a las sirenas, de “engañarlas” en cierta medida o en cierto sentido, de hacerse estimar por ellas. Miente a sabiendas, actúa, escenifica; pero, en un momento dado, deslumbrado por la belleza del canto que de todas formas percibe, desea arrojarse voluptuosamente al abismo de la tentación. Como sus servidores no oyeron nada, pensando sólo en salvar a su señor para así también salvarse, desestimaron desatarlo. Desde la perversidad crítica de Kafka cabe dar otra vuelta de tuerca: en realidad, las sirenas, conscientes de todo, sabedoras de todo, decidieron no cantar. Ulises sólo se engañó a sí mismo, fue victima de una Ilusión alentada por su estrategia. Las sirenas no cantaron, por lo que los marineros no pudieron oírlas; y Odiseo oyó en realidad algo así como su propio deseo de oír.
En palabras de Kafka, en “El silencio de las sirenas”:
“Para guardarse del
canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al
mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz
(...). El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos
habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas (...).
Pero las sirenas
poseen un arma mucho más temible que el canto: su silencio (...). Es probable
que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su
silencio.
En efecto, las
terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron
que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio.
Ulises, para expresarlo de alguna manera, no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban.”
Desde esta reinvención, nos desprendemos del poso “elitista” que enturbia el análisis de Adorno y Horkheimer: los trabajadores no son tan ineptos, tan negados, tan sordos y tan miopes. No había nada que escuchar... La utopía, el mito revolucionario, la promesa de felicidad, habitan sólo en lo ilusorio, en lo imaginario. Aún más: en la imaginación y en la ilusión de los Señores. La lucidez de los siervos mantiene lejos de sí tales supercherías.
3)
De acuerdo con los planteamientos que desarrollé en “Desesperar”, me he permitido glosar de otro modo la escena. Como sugiere Kafka, estimo que las sirenas no cantaron. De haber cantado, suscribo la indicación de Adorno y Horkheimer: Ulises, como cualquier señor, como todo burgués, habría hecho en principio lo posible por no oírlas. Pero estoy convencido de que no cantaron... Avanzaré, además, que las sirenas no cantaron porque no existían.
Sin embargo, creo
de corazón que Ulises no es tan ingenuo ni presa tan fácil de la ilusión. El
héroe, el señor, el poderoso, actúo de hecho, representó, fingió, teatralizó para
engañar no a las sirenas, sino a sus servidores. Para embaucar a la
marineros, Ulises simuló creer en la “promesa de felicidad” y al mismo tiempo
temerla. Para dominar y explotar mejor a los trabajadores, los burgueses
levantan el guiñol de
Yo apunto aún
algo más: como, de hecho, los trabajadores temen la perspectiva
revolucionaria (sienten horror, por ejemplo, ante el proyecto de una
cancelación de la propiedad privada); como, en verdad, detestan, en su inmensa
mayoría, los sueños igualitarios; sus opresores disfrutan aterrorizándolos con
el monstruo de
Ulises afianza primero la idea de que hay sirenas, hay cantos de las sirenas, visos de dicha, utopías realizables, logros revolucionarios que no se nos escurrirán entre los dedos. Por eso, ante todos, toma sus precauciones, manifiesta su inquietud. En segundo lugar, certifica que tales utopías, tales proyecciones míticas, constituyen una calamidad, una desgracia inusitada, no menos para los Señores que para los siervos. ¿Quién querrá ser desposeído de sus bienes particulares? ¿Quién querrá borrarse en el magma de la colectividad? ¿Quién querrá renunciar a la posibilidad de convertirse algún día en Héroe, en Señor, posibilidad de hacerse obedecer y de no trabajar por contar con sobrados esclavos? En tercer lugar, en un ejercicio didáctico insuperable, muestra que no cabe descartar la eventualidad de que un hombre sucumba al encanto de las sirenas: él mismo así sucumbe, en su escenificación, cuando mueve la cabeza para pedir que lo desencadenen. Pero concluye de inmediato que esa “flaqueza” no lleva a ninguna parte: nadie acudirá a socorrerlo. El círculo está cerrado...
Un amigo
jubilado, durante toda su vida activa cuerpo de trabajo desmesurado y
carne de salario exiguo, me dio la clave para leer así la payasada de Ulises:
“Al fin y al cabo,
4)
Hablando desde un
realismo atroz, desde un prisma desmitificador, no hay “promesa de felicidad”
en el canto de las sirenas porque las sirenas no cantan. Y no hay “canto de las
sirenas” porque éstas no existen. Arrumbado el mito, todo mito, denunciada
Cada vez que alguien me habla de Utopía descubro un vientre hinchado, unas manos decorativas, unos ojillos de zorro tras la carnicería, un corazón de síntesis y un cerebro lleno de huevos de gallinas muertas.
Pedro García Olivo-La Haine
www.pedrogarciaolivoliteratura.com