Como esos perros...
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El mal olor de la
Utopía
El mito de la riqueza y el motivo del maíz que llora |
(Cuentas
del collar roto “antiproductivista” que, durante siglos, ha engalanado la resistencia
de los pueblos indios de Oaxaca)
|
“El mito de la riqueza y el motivo del maíz que llora”, composición forjada con materiales de “La bala y la escuela. Holocausto indígena” (trabajo que la editorial Virus editó en 2009) fue publicado inicialmente en la revista Renderen. A continuación recogemos el desarrollo textual del que fue extraído:
(Los huaraches del espíritu)
23)
Mitos, leyendas, cuentos, historias,...
envuelven la existencia cotidiana del indígena, acompañándolo desde la
infancia, enseñándole el camino de la vida
buena y los peligros que pueden desaviarlo, las costumbres de su pueblo y
las amenazas que enfrenta, el núcleo de las creencias tradicionales, los
aciertos de sus mayores en la persecución del bien común y los errores
ocasionales, los aspectos de su religión, de su organización política, de su
actividad económica y social, los hitos principales de la historia local,
anécdotas que cada quien interpreta de un modo... Se trata de un verdadero regazo oral, flexible, abierto,
indeterminado. Al lado de mitos antiquísimos encontramos leyendas de hace unas
décadas, historias casi contemporáneas que han iniciado el proceso de su
sedimentación en la memoria colectiva. Las ocasiones en las que el mito aflora
son múltiples, inabarcables: allí donde se suscita una conversación, el mito
acecha. Se diría que la relación con los niños, con los más jóvenes, despierta
en los adultos el deseo de activar el mito, de transmitirlo, de recrearlo. Las
leyendas, los relatos, están vivos;
cambian con cada generación, se escinden, ramifican, conocen infinitas
variantes. Constituyen algo más que el depósito fluido de la cultura indígena:
como una segunda respiración, un
aliento más hondo, una cobija bajo el brazo, tal los huaraches del espíritu, se
ciñen al hombre y hasta lo refundan. Ceremonias, rituales, danzas, cantos,
representaciones,... le sirven de soporte; pero pueden emerger por sí solos, en
cualquier alto del trabajo, en cualquier plática vespertina, en cualquier curva
del camino...
Campesinos zapotecos de
24)
La leyenda
de la langosta, recogida en el libro “Primeras interpretaciones de
simbolismos zapotecos de
La versión que cabría considerar “estándar”,
tal vez por haber trascendido del dominio oral, alcanzando registros escritos,
permite una doble lectura, como muchos otros mitos. Superficialmente, el dios
de la productividad, Bada’o bzan, se
enojó con un campesino que no acataba el ritual de la cosecha y almacenaje del
maíz, que se desentendía de las ceremonias pertinentes (a través de las cuales
los campesinos manifestaban su contento y su gratitud a la divinidad de la
abundancia, el propio Bada’o bzan), que
incluso prescindía de honrarlo en los momentos y en los modos fijados por las
tradiciones religiosas; y su castigo desmesurado consistió en las plagas de
langostas que azotaron a todas las comunidades de la región durante varios años
seguidos.
A un nivel más profundo, no sería tanto la
negligencia del campesino, su desidia para con los ritos, lo que se
penalizaría, sino su fracaso y el fracaso
de la comunidad a la hora de resolver el “problema” que lo había buscado, y
que se manifestaba en su abandono de las costumbres ceremoniales y en su
displicencia ante la divinidad. El problema era de orden sentimental: el
deterioro de su matrimonio y la huida de su mujer. El mito señala esa
circunstancia como explicación del desatentado comportamiento del campesino,
que llega a abandonar su casa para correr tras su mujer “en pleitos de
abogados”. Señala también que el “problema” era conocido por todos. Sugiere que
no se le había dado el tratamiento debido, que la comunidad se había
decepcionado a sí misma al no hallar el modo de ahuyentarlo. Y que, ante esa
incapacidad del pueblo para restablecer la armonía colectiva, la paz en su
casa, el desdichado pierde la fe en los procedimientos consuetudinarios, en la
comunidad toda; y se resiente su devoción, se ve abandonado por la educación
que había recibido, extravía la razón... El signo de su perdición estriba en
que cierre con llave la puerta de su casa y deje el poblado; en que se enajene
de su identidad y de su cultura hasta el extremo de partir, de romper con la comunidad,
de romper la comunidad. Que recurra al derecho nacional, a la ley positiva
mejicana, que ande en “pleitos de abogados”, justamente los enemigos
tradicionales de la “ley del pueblo”, del derecho consuetudinario indígena, es
un agravante imponderable. Se ha consumado la alienación, y hasta podría
hablarse de “traición”. La comunidad entera ha sido ofendida... El castigo de Bada’o bzan sanciona este cúmulo de
errores, esta falta de rectitud y de solicitud general y particular, este
desatino comunitario e individual: la plaga afectará a todos porque todos son
culpables. Sufrirá el campesino por su insolencia y por su locura, que afecta a
todos sus hermanos; y sufrirán todos los ciudadanos por su incompetencia y
flojera, ya que no supieron sacar a flote al campesino, restablecer la vida
buena en la localidad.
Curiosamente, las exégesis de la leyenda de la langosta que hemos
consultado, propuestas por escritores zapotecos, quedan atrapadas en el
mencionado nivel superficial (mera represalia de un dios humillado) e ignoran
este nivel más profundo, que le dota de un verdadero sentido educativo,
socializador (castigo a una comunidad que se pone a sí misma en peligro por su
falta de dedicación y de escrúpulo ante el “problema” que se personaliza en un
hermano). A menudo se contempla el mito como objeto crasamente superestructural, como mero elemento
“ilustrativo”, leyenda que “muestra” determinados aspectos de la cultura y de
la religiosidad india (los “rituales del maíz” en tanto grano sagrado, en este caso, que incluyen ofrendas y otras
ceremonias de agradecimiento y reverencia ante el dios de la cosecha), relato
que “encierra” aspectos cosmogónicos y filosóficos generales; y se desatiende
ese nivel subyacente en el que se concreta su operatividad educativa,
subjetivizadora, su funcionalidad como instancia de la auto-conservación
social, de la reproducción de las formas económicas y políticas tradicionales,
su desenvolvimiento, podría decirse que como fuerza material, en el ámbito de la preservación, restauración y
reparación de las principales figuras y relaciones sociales comunitarias,
ámbito que en ocasiones recibe el nombre de “infraestructura”. J. Baudrillard
ha analizado magistralmente estos trabajos ‘duros’, ‘pesados’, en ocasiones
hasta ‘sórdidos’, de las elaboraciones culturales más refinadas, este
hundimiento agónico de Lo Sublime y Lo Etéreo en las arenas de la reproducción
básica.
La circunstancia de que otras versiones de
la leyenda de la langosta “seleccionen” como causa del enojo del dios, causa de
la plaga en tanto castigo, la alteración
o transgresión de uno u otro de los
usos sociales estratégicos, ilumina esta doble naturaleza del mito y la
necesidad de atender a su dimensión educativa específica, socializadora, sin
permitir que la riqueza de su horizonte “testimonial”, descriptivo (de ritos, ceremonias, costumbres, procesos religiosos,
etc.), nos traslumbre. En Zaagocho, por ejemplo, se cuenta que la plaga
sobrevino cuando la divinidad descubrió a unos viejecitos llorando: su hijo no
les daba de comer. Al día siguiente, los granos de maíz se habían convertido en
langostas. Toda la comunidad padeció la calamidad, porque, en tanto unidad
(“somos parte de una sola mazorca, somos el maíz de una sola milpa”, dicen los
versos de Adrián Rodríguez Silva), le hubiera incumbido detectar y resolver el problema, la violación de una relación
fundamental dentro del entramado comunitario: el respeto a los padres y, en
general, a los mayores. Padres, mayores y Ancianos son los agentes principales
de la educación informal comunitaria; su sabiduría, atesorada por la
experiencia, por el desempeño de los cargos, por las funciones cívicas que a lo
largo de sus vidas han ido satisfaciendo rotativa y escalonadamente, por el
conocimiento de los mitos y de las leyendas ‘formativas’,... les reviste de una
dignidad especial. Es la salvaguarda de la comunidad en su conjunto, de las
formas tradicionales de organización, del derecho consuetudinario, de todo lo
que constituye el localismo trascendente
de la aldea, en suma, lo que está en juego cuando, en un acto radical de
insumisión, un joven da la espalda a esa fuente venerable de la verdad y de la
cohesión social y hasta la maltrata, negándole el sustento. Sabemos que, para
casos semejantes, durante mucho tiempo, las autoridades tradicionales, cuando
fracasaban las gestiones y mediaciones familiares y grupales, no retrocedían
ante los castigos físicos... La ira del dios, por el comportamiento infame del
muchacho y por la ineficacia circunstancial de la ley del pueblo y de los
encargados de ejecutarla (toda la comunidad, a uno u otro nivel), está más que
justificada...
25)
El mito
de la riqueza, estimado por sus exegetas como verdadera arma de la
resistencia cultural indígena, prevención comunitaria contra la invasión de los
modos mercantiles capitalistas, uno de los más contados e influyentes en la
sierras de Oaxaca, nos sorprendió por la sutileza de sus apreciaciones, el uso
continuado de la matización y de la reserva, y una cierta ambigüedad sustancial
que, abriéndolo a interpretaciones diversas, flexibilizándolo, le permite
escapar tanto del maniqueísmo adoctrinador que podría suponérsele, dada su
temática, como de la erosión del devenir, de la modificación de los contextos
históricos. En tanto “obra abierta”, que diría Eco, susceptible de una
infinidad de usos ‘populares’, en muy diferentes ámbitos, de una constante
recreación social, su relativa inconcreción, su bella complejidad, le ha capacitado para sortear peligros como el
de el acaparamiento por una minoría intelectual o el de la fosilización
ideológica.
El mito
de la riqueza no “sataniza” al Capital: hacerlo sería faltar al respeto de
muchos hombres de la comunidad. Porque tu
hermano no es estúpido, porque no puedes considerarlo así aunque haya claudicado
ante las artimañas mercantilistas, tú, que lo conoces, has de admitir que el
Capital, si bien dañino, no encarna meramente al Mal. Algunos relatos lo
presentan como un “ladino” (vale decir, como un mestizo astuto y embaucador),
al tiempo que lo divinizan. En
palabras de Vogt:
“Se le describe como un ladino grande y gordo que vive debajo del suelo, posee grandes cantidades de dinero, vacas, mulas, caballos y pollos. Al mismo tiempo ostenta los atributos del rayo y la serpiente (...). Cabalga sobre un venado. Hay mitos gloriosos acerca de cómo algunos hombres han adquirido grandes riquezas en dinero y en ganado por haber ido a visitarlo a su cueva. Pero este dios, que necesita muchos trabajadores, puede también capturar a un hombre y obligarlo a trabajar en la tierra durante años, hasta que se desgasten los guaraches de hierro que le ha asignado.”
No cabe duda de que se trata de un dios
sombrío, que nosotros identificaríamos como “el Capital”. Por eso acumula, enriquece a quien se le acerca
y explota al trabajador. Por ello se le caracteriza como un ladino, como un
mestizo, como un no-indio: para los pueblos indios el “mestizo” (o “ladino”)
encarna la mayor amenaza concebible,
esto es, el fin de la propiedad comunal de la tierra y del autogobierno
tradicional, el fin de
Llama la atención que el mito no se resuelva
de un modo trágico, que no abuse del drama. Los occidentales, de un tiempo a
esta parte, hemos educado nuestra sensibilidad en el “sensacionalismo”: para
que una ficción nos afecte ha de rayar en lo terrible. Si lo terrible no es
ficción, si es suceso, acontecimiento histórico, entonces no hallará el modo de
impactarnos. Por eso soportamos tan bien las escenas sangrientas de los
informativos mientras cenamos: “no pasa nada, es la realidad” –nos decimos, y
mordemos con fruición el muslo de pollo asado. Sin embargo, la ficción, la
historia inventada, nos afecta en mayor medida, sobre todo si arraiga en lo
terrible, en lo “sensacional”... Una cultura ha de estar muy enferma cuando sus
hombres ya sólo vibran ante la
fábula, cuando soportan mejor un crimen perpetrado en la realidad que uno
imaginado, “novelado”. Pero éste no es el caso del mito de la riqueza: lo que nos cuenta es sencillo, casi cotidiano;
la historia se despliega sin convulsiones, sin golpes de efecto, lejos de toda
afectación. Pasan muy pocas cosas en este mito; y, sin embargo, los indígenas
captaban su profunda significación, percibían el sentido y la palpitación
filosófica de cada episodio, aparentemente irrelevante. Casi nos emociona
intuir que todavía subsiste un intelecto capaz de recoger el matiz, de
reaccionar sin prisa y con delicadeza ante un relato nada estridente...
La versión del mito de la riqueza que hemos analizado, incluida en el libro “El
Arco Iris Atrapado”, nos habla de un campesino insomne sorprendido por la
escena que pudo capturar en la madrugada: una recua de venados, con arriero que
acelera la marcha, llega finalmente al poblado y se estaciona ante la casa del
rico local. El campesino intuye que en aquella vivienda se cierra un trato, se
hace un negocio. Al día siguiente, no obstante, por no hallar rastro de los animales,
indicios de la visita, casi concluye que todo fue un sueño. Pero, en las noches
ulteriores, otros campesinos se percataron de la repetición del suceso: la
recua, el arriero, el encuentro con el rico del pueblo, el trato que se
cierra,... El potentado local, además, hacía ostentación de su riqueza,
soleando su fortuna con una significativa asiduidad. Y un día murió. Y se
extendió el convencimiento popular de que su espíritu moraba en el monte, al
lado del dios de la riqueza, con quien en vida tratara. Y que cuidaba de la
fauna y de la flora local, especialmente de los venados, como habían podido
comprobar algunos cazadores. No hay más argumento, no hay más ‘arquitectura’
narrativa. ¿Dónde reside entonces el interés? ¿Cómo discernir el significado, la
intención, el objetivo educativo?
Son las acotaciones, los comentarios que se
intercalan entre episodio y episodio, las notas adyacentes, los excursos,...
los que confieren significatividad a la leyenda, dotándola de una segunda naturaleza conceptual,
filosófica. Los narradores avezados saben cambiar el semblante en esos
momentos, levantar la mirada para solicitar atención, modular la voz para que
el mensaje llegue a todos...
Desde sus primeras palabras, el mito rehuye la explicitud y el apasionamiento demagógico en beneficio de la insinuación y de cierto distanciamiento afectivo. La “presentación” del Capital y de su Señor es una obra maestra de la ponderación y de la sensibilidad en la crítica:
“Cuentan
en el pueblo que la fortuna tiene su
misterio, que el capital tiene un
patrón que no es humano; ese amo del caudal
de plata y poder es el bene ya’,
o sea, el señor potentado, soberano sobrenatural que vive en la montaña, en el
peñasco, en la cueva o en el arroyo; es
dueño y vigilante de sitios determinados y mantiene un control sobre las cosas
y los seres de tales parajes. Donde vive el bene ya’, se vuelve un sitio encantado.
El bene
ya’ cambia de identidad: a veces
aparece vestido de humilde campesino de la región; otros aseguran que lo han
visto vestido de catrín. Sale de día o de noche. Los que lo han visto dicen que no es pernicioso, es generoso, amable y
domina a la perfección el zapoteco y el castellano.”
El Capital no obedece meramente a los
designios de un hombre o conjunto de hombres; es más complejo: “tiene su
misterio”, “un patrón que no es humano”. Cabe representarlo como una divinidad
negativa. El Capital, que no es sólo “plata”, sino también “poder” (“caudal de
plata y poder”), fuerza económica y política, domina directamente un área,
ejerciendo un control absoluto sobre los bienes y los hombres de ese “sitio
encantado”. Como veremos, sale de sus dominio para “hacer visitas”, pero
también puede “ser visitado” en su propio territorio. En sus manifestaciones
externas, aparentes, el Capital es diverso: lo puede encarnar un campesino de
aspecto humilde, y sin embargo adinerado (el mito se forja en el período
colonial, cuando las comunidades contemplaban importantes diferencias de
fortuna entre los indígenas), o una persona elegante, bien vestida, engalanada
(un “catrín”), que no parece de la región. Para satisfacer sus objetivos, el
Capital se sirve de las “buenas maneras”; y aquellos que lo tratan, que giran
en torno a él, de hecho lo presentan como un elemento no pernicioso, capaz de la
generosidad, “amable”. Además, tiene de su lado a
A partir de aquí, la “condensación”, la
“concentración”, se hallará entre sus rasgos más destacados. Y el mito se
resuelve finalmente como un ensamblaje de críticas poderosas que operan por
pinceladas sueltas, aunque plenas, rápidas pero precisas. Cabría hablar de
“impresionismo” literario para este género de leyendas...
En el mito, un campesino que no logra
conciliar el sueño se convierte en testigo de una de las visitas del Capital,
que para en la casa de don Macario, rico incipiente. El bene ya’ llega arriando una recua de venados (“esa recua era de por
lo menos dos docenas de animales; a su paso levantaban polvo”). Esa breve
referencia introduce, según Marroquín, una denuncia: “se denuncia a la ganadería,
innovación económica causante de la ruptura del igualitarismo comunitario
tradicional”.
Pero es el personaje de don Macario quien
recibe la mayor carga crítica: amigo de los comerciantes de la villa de Mitla,
recibe el cargamento de plata que le trae el bene ya’, en esa ocasión y en las sucesivas, y exhibe su fortuna
sin decoro, cada tres o cuatro meses, asoleando la plata en petates “como quien
asolea maíz o café”. Sus conciudadanos, que llevan una vida muy distinta, estiman
que en la casa del nuevo rico vive “una serpiente con cresta de pluma dorada”
–símbolo de la maldad del Capital. La avidez de don Macario, sus afanes
mercantilistas, lo han separado de
En la versión que comentamos, Macario
establece con el bene ya’ una
relación de “compadrazgo”: ello implica que todos los asuntos importantes de su
vida quedarán a expensas de ese vínculo con el Capital; ha fundido su suerte a
la del interés, se ha “familiarizado”
con lo mercantil, vivirá literalmente bajo su protección:
“-¡Bienvenido, compadre! –exclamó don Macario
en zapoteco.
- Buenas noches, compadre. Disculpe la
demora, y es que uno de mis animalitos se descarrió; pero ya estoy aquí –dijo
el bene ya’ en la misma lengua.
-
En buena hora, compadre; pase, su comadre nos espera con la cena.
-
Gracias, compadre, pero desearía primero hacer la entrega del cargamento: son
25 animalitos con carga de plata circulante, según pedido. Si gusta puede
contar.
-
Caray, compadre, de usted no se duda; pongamos la carga dentro de la casa.”
Al lado de don Macario, el propio bene ya’ se erige en objeto de la
denuncia, pero siempre de un modo curiosamente ‘respetuoso’: el Capital acude
de vez en cuando a los mercados comarcales (“cuando esto sucede hay afluencia
de dinero y el tránsito de marchantes se desborda”), aunque prefiere la
‘opacidad’ de los tratos que cierra con los particulares (muy pocos hombres lo
han podido sorprender, en esas visitas a los nuevos ricos y comerciantes). La acumulación
de capital es, en efecto, “invisible”: los procesos que encumbran materialmente
a un hermano de la comunidad y terminan desgajándolo de ésta no son
inmediatamente perceptibles. El mecanismo de la ganancia es secreto. La
plusvalía no se nota: en la mercancía halla su máscara.
Hay un aspecto del mito que, en nuestra
opinión, ha sido a menudo malinterpretado. El bene ya’, aparte de su “delatadora” relación con la ganadería (una
de las puntas de lanza de la penetración del capitalismo en las comunidades),
se presenta, paradójicamente, como un “defensor de la naturaleza”, un
“protector de la fauna y de la flora”, un “guardián ecológico”. Esta
circunstancia ha confundido a Mario Molina, así lo creemos, que reseña sin más
este lado sorprendentemente ‘bondadoso’ del bene
ya’. A nosotros nos parece, sin embargo, que el mito adelanta ya la crítica
de ese “medioambientalismo
anti-campesino”, ese “ecologismo capitalista”, que, en nombre de la causa conservacionista, estrecha el
cerco a las comunidades, las desplaza en ocasiones, amenaza su subsistencia
material, las priva de sus recursos, dificulta el aprovechamiento comunitario
del bosque y de los montes, y, en definitiva, las desposee del derecho
tradicional a regular su integración en el ecosistema; y todo ello para alentar
negocios capitalistas, ecoturísticos a menudo, bioprospectivos cada vez más,
como han analizado Ana Esther Ceceña y Joaquín Giménez Héau, entre otros.
El mito indica que el bene ya’ cuida de los venados del monte y los protege de los cazadores;
que, después de su muerte, el espíritu de don Macario lo acompaña en esa tarea.
Pero se sobreentiende que actúa así para explotarlos por su cuenta, en sus
recuas por ejemplo, para ‘domesticarlos’ con mentalidad de ganadero, impidiendo
a los humildes campesinos que completen su dieta con un poco de carne de caza.
Otras variantes del mito presentan a la divinidad
negativa impidiendo que se abran brechas o se construyen carreteras en sus
dominios, lo que podría resultar plausible desde un purismo conservacionista, pero cabe suponer que,
con ello, pretende obstruir la comunicación entre los indígenas, para
mantenerlos en su marginación y aislamiento, y en los mitos se le reprocha la
mortalidad que provoca al forzar a los campesinos a peligrosas rutas alternativas,
como la vía Oaxaca-Ixtlán-Tuxtepec. También se dice en las leyendas que
extravía a los indígenas cuando se internan en el bosque para aprovisionarse de
leña, que esconde ovejas y cabras de las comunidades,... Se trata, en resumidas
cuentas, así lo estimamos nosotros, del Capital que se apodera del monte, del
bosque, de la naturaleza; y que esgrime argumentos ecologistas para “limpiar” de indígenas y de usos indígenas sus
propiedades, actuales y futuras. Se trata del Capital y de sus proyectos de explotación de la naturaleza, enfrentado
a unos campesinos que vivían en ella,
que son parte de ella. Un Capital que, para predicarse “amable”, “generoso”,
“no pernicioso”, oculta sus afanes depredadores tras la fraseología educada de
la conservación del medio ambiente,
de la protección del ecosistema...
El mito
de la riqueza, protagonista excepcional de la educación comunitaria
mesoamericana, constituye -en esto el acuerdo es absoluto- un recurso
privilegiado en la lucha contra las fuerzas económico-sociales y
político-ideológicas ‘universalistas’, capitalistas, que procuran desmantelar
el localismo indígena, un localismo
comunero y democrático. Así lo ha considerado, valga el ejemplo, Molina Cruz:
“El mito de la riqueza (...)
arranca de una resistencia, de un debate por recuperar espacios, más cuando
todo un sistema de vida forcejea en un tránsito difícil que lo va sepultando.
Ante el peligro inminente del abandono de la
tierra, por andar en pos del metal o del billete que no se come, la agricultura
tradicional era la forma más humana de ganarse la vida, aun cuando ese
ejercicio esté lleno de sacrificios. Por el contrario, el dinero derriba
valores, da poder y, en consecuencia, genera la desigualdad, estropea cualidades
éticas y somete a los seres humanos a la esclavitud, a la pobreza.
La amenaza de un sistema de poder frente a
una cultura en decadencia dio origen al mito de la riqueza, una postura
legítima, apologética de los ancestrales derechos a elegir la forma de vivir.
El conflicto iniciado en la colonia se fue acentuando con la decadencia de los
servicios comunitarios y la falta de respeto a la madre naturaleza.
El mito de la riqueza se contó en todos los
hogares, bajo todos los tejados de las comunidades. Se trataba de detener ese
viento que pone de cabeza una economía sustentada y equilibrada como el trueque
-el gwzon de ayuda mutua-, economía
que fue apagándose por la intromisión de la política capitalista; a partir de
entonces surge el trabajo asalariado y con ello mucha gente indígena es
explotada y miserable.
El gwzon [nosotros hemos escrito “gozona”], como método horizontal de trabajo, permitió la justicia y la igualdad, una labor colectiva donde nadie explota a nadie. El medio pedagógico de nuestros abuelos para advertir de los males que conlleva la riqueza fue la ‘oralitura’, un recurso de enseñanza para contrarrestar ideologías extrañas y ajenas, quizás un intento de evitar lo inevitable. La ‘oralitura’, independientemente de ser un recurso recreativo de los pueblos indígenas, se adapta a los intereses de su contexto, pues parte de una realidad y de un hecho social concreto.”
De una forma llana y sintética, E. Marroquín
redundó en la misma idea, que hemos hecho nuestra sin ambages: “El mito fue
forjado por los oprimidos y cumple indudables funciones de resistencia
cultural”.
26)
El motivo del “maíz que llora” aparece en una infinidad de relatos, leyendas, historias,... Lo mismo que el mito de la riqueza, sigue formando parte del repertorio temático de la educación comunitaria indígena. En todos los casos, supone la idea del que también el maíz “tiene corazón”. En “Primeras interpretaciones...” se recoge una escena a la que asistimos repetidas veces por los caminos de Juquila: una madre regaña a su hijo por no recoger del suelo un grano de maíz, un grano que está llorando:
“A
mediados del siglo XX, la educación comunitaria tenía presente al maíz como
grano sagrado. Si todas las cosas tienen corazón, ¿cómo no lo va a tener el
maíz? En la cultura zapoteca todos los elementos de la naturaleza tienen
corazón, así sean vegetales o minerales, todos sienten y resienten el trato que
se les da.
De
niño, cuando mi madre me llevaba por las culebreadas veredas del pueblo,
recuerdo perfectamente la orden y la explicación que diera sobre el maíz tirado
en el camino:
“- ¡Levanta ese maíz! ¿No ves que está
llorando? A alguien se le debió de haber caído anoche. El maíz es sagrado, no
debe estar tirado, es el grano que nos sustenta. Si lo desdeñas a tu paso,
nunca más se acumulará en tu casa y vivirás triste por haberlo despreciado.
El
maíz tiene corazón y se da cuenta; aprende a recogerlo. El fríjol también tiene
vida, son dos cosas que debes valorar. Recuérdalo siempre, hijo. Apresúrate a
levantarlo cuando lo veas en tu camino.”
La gente de estos rumbos lleva ese concepto. Cuando encontramos tirado un grano de maíz lo levantamos y lo limpiamos antes de guardarlo en el bolsillo.”
Pero, ¿por qué llora el maíz? Una interpretación dominantemente culturalista insiste en su carácter sacro, en su papel religioso, simbólico, que lo ha convertido en objeto de veneración, de modo que lloraría por ‘desatención’, por ‘abandono’, por menoscabo de su dignidad y pérdida del debido respeto,... Lloraría por una afrenta.
Sin embargo, muchos
relatos sugieren que el maíz no es tan
egoísta y, de hecho, llora por
Me cuenta Felipe
Francisco una leyenda de Juquila Vijanos, en la que el maíz también llora. Su
origen data de los años convulsos de
Un sistema educativo
informal que ha convertido los mitos del maíz en compendio de una filosofía;
que ha repetido hasta la saciedad, por la boca de sus leyendas, de sus
rituales, de sus representaciones, algo muy importante, recordado con toda
sencillez por Alicia Aguilar Castro: “De la semilla del maíz nace nuestra
cultura”, debió sufrir como un ultraje el establecimiento, a partir de los años
60, de las tiendas rurales campesinas Conasupo, que llevaban maíz subsidiario y
de mala calidad a las comunidades, provocando el abandono de su cultivo en
muchas laderas productivas de
¿Y qué decir del maíz “modificado” de nuestros días, aparte de que ya no puede llorar, pues la ingeniería genética le ha suprimido también esa capacidad?
27)
Dentro de la serie de los rituales, hay uno que expresa admirablemente el optimismo vital de los pueblos indios, su actitud esencialmente positiva ante los avatares de la existencia: el ritual del Cho’ne, que procura alejar la muerte del hogar.
Cabe la posibilidad de que el cristianismo no haya conseguido dramatizar la muerte tanto como hubiera deseado en el ámbito de las comunidades, y que subsista ahí una concepción menos lacrimógena del desaparecer. La naturalidad con que el indio afronta los sucesos más terribles de la existencia, esa energía que extrae de la organización colectiva de la vida, alimentada por la educación comunitaria, se expresa en sus ritos funerarios. Reparar en ellos puede ayudarnos a comprender mejor la obstinación de su resistencia secular, su manera de vivir la insumisión como principio cotidiano, a pesar de la fortaleza del Enemigo, de su voracidad sanguinaria, del monto de desaparecidos, torturados, encarcelados...
Los indígenas de Cajonos estiman que, mientras continúen en el hogar las pertenencias del difunto, ni éste descansará como se merece ni los vivos podrán librarse de su recuerdo opresivo. Mientras en la casa algo ‘hable’ de él, su espíritu seguirá rondando a los moradores, sin nada bueno que aportarles. Por eso, en la noche del entierro, el petate en el que el familiar expiró se convierte en una bolsa grande, y en él se depositan las pertenencias del fallecido: ropa, huaraches, sombrero, cobija, ceñidor, pañuelo, gabán,... Sólo se conservan los instrumentos agrícolas, como el machete y la coa. Mientras se introducen estos objetos en el petate, se habla al espíritu del muerto, con buenas palabras. Se le asegura que en vida se le quiso, y no poco; pero que ahora debe hacer el favor de dejar en paz a los vivos y no interferir más en sus cosas... Hecho el “equipaje”, amarrado con el mecapal del propio difunto, regado todo con mezcal y ahumado con incienso, se pide a una persona no familiar, un borracho o un vago preferiblemente, que tire el bulto fuera del pueblo, y que no regrese a casa. Se le regalará licor o se le pagará por el servicio, pero se le instará a que dé un largo rodeo, busque el punto por donde nace el sol y, sobre todo, bajo ninguna excusa regrese al domicilio del finado. Al Cho’ne se le prende fuego y, como está prensado, tarda días en consumirse.
Mientras tanto, los familiares celebran rituales para ‘desprenderse’ de la muerte, entre ellos el del “lavado de ropa”, que se efectúa en las afueras del pueblo, en un arroyo, manantial o incluso en el propio río. Marchan en peregrinación y permanecen hasta la tarde, lavando y secando la ropa, “limpiándose” también ellos, eliminando todas las ‘adherencias’ de la muerte. Al medio día una comisión del pueblo les trae alimentos, normalmente tortillas de maíz y fríjoles fritos.
El énfasis en la necesidad de “alejar” la muerte, así como la exigencia de una “purificación” tras el entierro del ser querido, testimonian un vitalismo radical, una primacía absoluta de los valores de la vida, de una vida que se desea alegre, no contaminada por los efluvios malsanos del recuerdo doloroso. No se cancela el duelo; pero se rechaza la idea de una permanencia en su seno. Y, sobre todo, se repara en los vivos, en los afectados por la pérdida, en sus necesidades, en su restablecimiento anímico, en lo que precisan para seguir adelante... Para evitar que se hundan en una tristeza paralizadora, porque la comunidad los sigue necesitando firmes y resueltos, se borran a conciencia las huellas de la muerte y del difunto.
28)
La influencia
social efectiva de los mitos y de los rituales en todas partes desfallece, como
signo de la postración de la educación comunitaria, que no puede competir con
éxito con
En este contexto,
muchos mitos y leyendas se pierden o se transcriben atendiendo a criterios de
deformación sistemática. Las ceremonias y los rituales se folclorizan, se
frivolizan, como ha ocurrido con
Somos concientes de
que, con este trabajo, estamos entonando un Réquiem, queda claro que desde la
empatía. Réquiem por
Sin embargo, surge
una pregunta: ¿qué ocurriría con esta educación comunitaria en un contexto
‘revolucionario’, verdaderamente ‘autónomo’, enfrentado al neo-liberalismo del
Capital, independiente de los organismos y las instituciones del Estado, hostil
a las privatizaciones, defensor de los usos económicos y políticos
tradicionales de los pueblos indios? ¿Qué
ocurriría si el movimiento y las bases zapatistas, en sus territorios
“autónomos” chiapanecos, apostaran verdaderamente por esta “educación
comunitaria indígena”, en lugar de promover, como hoy hacen, la escolarización
al modo occidental? Trastocando los términos de la interrogante: ¿Por qué y
para qué Escuelas en la selva? ¿Qué
cabe esperar de
En el próximo, y último, desarrollo de este ensayo, de forma sumaria y provisional, apuntaremos un conjunto de perplejidades y reservas ante los proyectos escolarizadores que cunden en los territorios autónomos zapatistas. Para evitar equívocos, declaramos ante el zapatismo una franca simpatía, un neto respaldo emocional e ideológico. Pero es la nuestra, por el modo en que contempla el problema de la educación, una simpatía que discrepa.
Afinidad que diverge.
***
(“El mito de la riqueza...” está incluido en “A falacia
da sustentabilidade”, Colectivo editorial “Renderen”, Apdo. 457, Ourense-32080,
2008, pp. 36-41. “La bala y la escuela. Holocausto indígena” se halla en vías
de edición)