El mito de la
sociedad civil
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Escuelas contra la diferencia
EL SÍNDROME DE VIRIDIANA EN
(En torno a la
“adopción depredatoria” de la causa indígena por las
capas ilustradas de Occidente)

Este artículo, publicado
inicialmente en el periódico digital “
Insertamos, a continuación, el texto íntegro.
EL SÍNDROME DE VIRIDIANA EN
(EN TORNO A LA
“ADOPCIÓN DEPREDATORIA” DE
“A veces debe uno besar manos que quisiera ver
cortadas”
Proverbio campesino aragonés
1)
El síndrome de Viridiana en la política
Los mitos que alertaban a los pueblos indígenas de América ante las asechanzas del Capital, armando en lo imaginario contra la invasión altericida de la civilización occidental, con todos sus vectores económicos y políticos (la propiedad privada, el trabajo alienado, la democracia representativa,...), con todos sus valores caducos, esgrimidos hoy hipócritamente, dentro de las coordenadas de ese “realismo cínico” denunciado por Sloterdijk (“percibir la infamia de lo que se hace, y seguir adelante”); tales mitos, que reciben distintos nombres pero se encuentran sin dificultad en la mayor parte de las formaciones culturales autóctonas (el “mito del bene ya” zapoteco, el “mito de la riqueza” en otras regiones de México, los “mitos del Sombrerón” entre los mayas guatemaltecos y, con variantes, en diversas etnias de Colombia, etc.), representaban al Mal, a la deidad negativa, bajo la figura de un hombre blanco o de un mestizo...
Y es que primero fue el blanco, ciertamente, “el enemigo del indio”, hace más de medio milenio, en los tiempos de la primera colonización de América. Más tarde fue el mestizo, al lado del blanco, el enemigo de los pueblos originarios, en los días de la segunda (e inconclusa) colonización, con el asalto político-económico a la comunidad indígena, la usurpación de sus tierras, los desplazamientos forzados de sus pobladores,... Carmen Cordero describió, con todo detalle, para el caso chiapaneco, las diversas maneras de la ofensiva mestiza, armada de lo que hoy llamaríamos “pensamiento único” (el “verosímil civilizatorio” de Occidente, por rescatar una expresión de Roland Barthes). Es el mestizo el que procura implantar los partidos políticos en el ámbito geográfico de las etnias, enarbolando en ocasiones banderas de izquierda; es el mestizo el que propone “certificar derechos de posesión”, para inocular el virus de la propiedad privada; es el mestizo el que convence para levantar escuelas y el que luego “da clases” en ellas; es el mestizo el que se instala en la comunidad dispuesto a comprar, vender, asalariar, contratar,... La “democracia directa india”, el “comunalismo económico”, la “educación comunitaria tradicional”, las prácticas de “ayuda mutua” que regían la vida cotidiana de los campesinos (tequio, gozona, compadrazgo, guelaguetza),... muy a duras penas sobrevivieron al embate.
Hoy se añade una nueva
figura, en esta galería siniestra de “los enemigos del
indio”. Me referí a ella en
* * *
En “Viridiana”, Buñuel refleja con acritud una disposición depredatoria: la de la mujer que acoge a pobres y “necesitados” para ganarse el Cielo de los cristianos, por la vía de la caridad; creyente que sería verdaderamente “desgraciada” si no los encontrara en las calles, en los parques, en los basureros, si no pudiera acudir a socorrerlos, es decir a “reclutarlos”. Viridiana está a punto de morir a manos de sus protegidos: “justicia poética”, cabría sostener... Blake: “La caridad no existiría si antes no hubiéramos llevado a alguien a la pobreza”.
El “síndrome de Viridiana” ha hecho estragos en buena parte de las prácticas políticas de la izquierda convencional. Burgueses y pequeño-burgueses bienintencionados quisieron “ayudar” a la clase trabajadora; quisieron “emanciparla”, “liberarla”, “redimirla”. No procedían del mundo del trabajo físico, pero se pusieron al frente, tal una “vanguardia”, iluminando y encauzando. Hundiéndose en lo que Foucault llamó “la indignidad de hablar por otro”, prejuzgaron que algo iba mal en la conciencia de los trabajadores, pues no siempre seguían sus consignas; y que se requería un trabajo educativo para des-alienarlos, para centrarlos en el modelo teleológico del Obrero Consciente, del Sujeto Emancipador, cuando no del Hombre Nuevo. El Cielo que estos privilegiados se querían ganar, con su entrega generosa a la causa proletaria, ya no era, por supuesto, el de los cristianos: era el Cielo de los revolucionarios.
En América Latina, la
guerrilla clásica, que importó el pensamiento
“liberador” de Occidente, se trajo también, en el kit, el síndrome
funesto. Hombres de los estratos sociales superiores, cultivados,
formados en las Universidades (ferozmente “clasistas” en el
área), se pusieron muchas veces al frente de la insurgencia... “Henry”,
uno de los fundadores de “
Hoy, en la esfera de la
crítica al neo-liberalismo, al Tratado de Libre Comercio con EEUU, al
Plan Colombia, etc., un sinnúmero de organizaciones e individuos
“relevantes” se han acercado al movimiento indígena
con propósitos, a menudo y en lo secreto, turbios, si no
carroñeros. Viridiana reaparece... En lo documental (programas,
manifiestos, declaraciones), sostienen discursos “antagonistas”,
enraizados en las modas contestatarias regionales de los último
años -estimuladas por los conceptos que
* * *
En lo económico, y bajo las
coartadas de la promoción de la agro-ecología, de la
expansión de los cultivos “orgánicos”, de la constitución
de redes sustancialmente autárquicas de “neo-campesinos”, de
la vigorización de proyectos agrícolas “sustentables”
y respetuosos con el medio ambiente, etc., se está produciendo el expolio
de los saberes agrarios tradicionales de las etnias americanas, de sus
semillas ancestrales, de sus técnicas distintivas, de sus conocimientos
en áreas que adscribiríamos a la biología... Algo
semejante está ocurriendo en el ámbito, conexo, de la medicina
natural, de los procedimientos terapéuticos indígenas, del
registro de las propiedades curativas de las plantas... Mestizos y blancos que
se declaran “fascinados” por la cosmovisión indígena
(reproduciendo a menudo las actitudes de los “neófitos” o de
los “conversos”: asimilación tan apasionada como
superficial, distorsión, impostura, simplificación risible,
teatralización bufa), que en ocasiones se visten como los indios, que
frecuentan los “resguardos” y cultivan la amistad de los
líderes y activistas nativos, etc., obtienen ingresos regulares en uno u
otro capítulo de la comercialización de productos y conocimientos
indígenas. Y no se trata sólo de agro/fármaco-piratería
(como en el caso de determinados cereales “andinos”, tal la
quinua, de las semillas autóctonas y de las plantas medicinales):
asistimos también a la venalización, por estos agentes no-indios,
de importantes aspectos de la artesanía, del folclore, de la
música... En Bogotá, valga el ejemplo, se pueden adquirir CDs de
música tradicional amazónica, editados por
“simpatizantes” de la resistencia indígena que no revierten
a las organizaciones étnicas todos los beneficios reportados por las
ventas. Tuvimos ocasión de documentar este extremo con los
músicos y activistas de Vivo Arte, los promotores de
En lo político, organizaciones
débiles, a pesar de la justeza de sus demandas, pusieron todo el
interés del mundo en vincularse (soldarse) a los procesos
reivindicativos indios, como una forma de amplificar su influencia social y su
capacidad de presión sobre
En lo cultural, son ya muchos los investigadores, los científicos, los escritores,... que, bajo la capa de algún “proyecto de cooperación” con entidades regionales o al socaire de las “líneas de trabajo” de determinadas ONGs, se han internado en el universo indígena para, con toda la rapacidad del individualismo moderno, progresar en sus carreras académicas o profesionales: acumular “méritos”, publicar libros, adquirir prestigio... Usufructo cultural directo, que puede traducirse en ganancia económica.
Hablando con los promotores de este
parasitismo, con los exponentes de esta utilización casi nutritiva de
lo indio (“depredación”, hemos escrito), se nos ha alegado
con frecuencia lo siguiente: el indígena “elige”,
“escoge”, “determina” a qué se une y a
qué no, “selecciona” a sus compañeros de viaje...
Siendo cierto que no podemos representarnos al indio como a un “menor de
edad”, en el sentido kantiano, embaucado y manipulable, tampoco cabe
negar la evidencia de su explotación contemporánea: “A
veces debe uno besar manos que quisiera ver cortadas”, se decía en
el campo aragonés hace décadas... En una coyuntura de peligro
absoluto, de riesgo exacerbado, amenazada la base territorial de las
comunidades, como no cesan de atestiguar los informes de “Prensa
Rural” y otros medios, erosionada la idiosincrasia cultural, hostigada la
especificidad política y económica,... los indígenas
del siglo XXI no pueden cribar muy fino a sus supuestos “aliados”.
Si se apresuran a vincularse a todo, a cooperar con todos, es ésa una
carrera inducida, una exigencia de la auto-conservación que no
tardará en pasar factura. Y ellos lo han sabido desde el
principio...
* * *
Más allá de la casuística de los compromisos dudosos o inestables, reencontramos siempre la misma secuencia: conmiseración social (socio-étnica, en este caso); declaración de “simpatía”; disposición “auxiliadora” interesada; exacción psicológico-moral (“ganarse” un Cielo), acompañada de un rédito económico y/o político y/o cultural... Siempre el mismo concepto, que hemos nombrado “síndrome de Viridiana”. Sé de él por haberlo padecido; y me temo, como apunté en “Desesperar”, que nunca superaré esa afección por completo.
Toda esta lógica mórbida de
la cooperación conlleva, por añadidura, una voluntad de
“intervención”, de “constitución”, sobre
el movimiento indígena. Se habla de “intercambio de
saberes”, “diálogo”, “interacción”,
etc., para ocultar la vieja pretensión, inseparablemente occidental, de
corregir, reformar, reconducir la praxis del otro. Una cultura esencialmente
“expansionista”, que predica valores “universales”, no
sabría hacer otra cosa ante la índole “localista” de
la mayor parte de las reivindicaciones indígenas... Los sudamericanos
que se aproximan a la “causa” indígena, a la que proclaman
“consagrarse” en ocasiones, blancos y, sobre todo, mestizos, en
tanto especificaciones de esa subjetividad única que el
demofascismo contemporáneo globaliza, como apuntamos en “El enigma
de la docilidad”, no son capaces de desterrar la proclividad
“colonizadora” de
Siendo tan grande el peligro a que se
expone la resistencia indígena cuando se abraza a un aliado falaz,
vedado epistemológicamente para respetarla en lo profundo y desistir de
“alterarla”, cabe preguntarse qué se gana, desde el punto de
vista de la denegación del capitalismo tardío, mitificando
procesos (legítimos) de organización y de protesta que atienden a
lógicas culturales particulares, idiosincrásicas. ¿Estamos
sacralizando también las mil formas diversas de la reivindicación
india? ¿Andamos desesperadamente a la búsqueda de un sustituto
funcional del Proletariado, de un Sujeto de
2)
La búsqueda de sustitutos funcionales del Proletariado
El relato occidental de
Imaginó un Sujeto unitario, una
forma de Conciencia definida, empíricamente reconocible, erigida en agente
de
Urgiendo “más que nunca”, como en todo “estado de excepción” (“la norma es el estado de excepción en que vivimos”, anotó W. Benjamin), la sublevación radical contra el orden establecido, esa secuencia onto-teo-teleológica, por utilizar una expresión de Derrida, hace ya tiempo que dejó de servirnos, que dejó de engañarnos. Como respuesta “refleja” al logos de la dominación, nos encerraba una y otra vez en lo dado; nos ataba de cerca a lo que, en la superficie del discurso, negaba sin descanso...
Cuando el Relato de
Lo soñó en los estudiantes, hasta que, tras un mayo, “se acabó Nanterre”; lo soñó aplastado en el subconsciente, reprimido, sofocado, pero un día logramos abrir ese cajón de sastre y nos aburrieron sus mil objetos patéticos, en absoluto “subversivos”; lo soñó en los marginales y más tarde en los marginados; lo soñó en las mujeres, hasta que éstas, sintiéndose utilizadas, denunciaron tal onirismo como mera fantasía masculina; lo soñó en los extraviados de la razón, en los caracteres erráticos, en los locos, y desvarió identificando una fantasmal “izquierda esquizofrénica”; lo soñó en los desempleados, mas pronto comprobó que se pacificaban con el empleo; lo soñó en los “pueblos del Sur”, en el Tercer Mundo, en el Subdesarrollo; lo soñó en la “nuda vida” de los inmigrantes, de las poblaciones flotantes sin registro, de los destechados; lo soñó en las “multitudes”, mera pócima analgésica; lo soñó fragmentado, repartido, diseminado, espolvoreado por todo el cuerpo social, y se subrayó entonces la pluralidad de las luchas, de las resistencias, de los espacios de contestación, de los sujetos,...; lo soñó transfigurado, codificado, de algún modo “descarnalizado”, y sembró el espejismo de una “sociedad civil” cívica, bastión antiautoritario, garante de la libertad de los individuos, “formadora”,... Como jalones de esa búsqueda, o de los trabajos previos exploratorios, debemos bellas páginas “ilusionantes” a Marcuse, Fromm, Guattari, Foucault, Deleuze, Heller, Negri, Kollontai, Dussel, Furtado, Gellner, Walzer, Habermas, Taylor, etc., etc., etc.
Donde arraigó la conciencia
de que había un “hueco” que tapar en la teoría, pero no
una sustancia apropiada para colmarlo en el mundo real, emergió una
literatura compensatoria, más amiga de la “forja” que
de la “búsqueda”; y se habló de la
“construcción del sujeto social”, de la
“constitución del sujeto colectivo”, de las luchas por el
“reconocimiento como sujeto”... Consciencia de un agujero en
Al lado de los ingenieros del “sujeto colectivo”, y como última generación de rastreadores del Agente Transformador, muchas individualidades y no pocas organizaciones reconocieron en el indígena sublevado al Actor que se echaba en falta, al sustituto funcional del Proletariado. La gesta de los indios de Chiapas, bajo la bandera zapatista; la resistencia de los indígenas de Oaxaca, decantados hacia el magonismo; la insubordinación mapuche, etc., excitaron las simpatías de las minorías descontentas, a un lado y a otro del Atlántico, y se celebró con entusiasmo la emergencia de un nuevo y poderosos sujeto socio-político.
3)
La adopción “depredatoria” de la causa indígena por las capas ilustradas de Occidente
Pero lo que el movimiento
indígena, por decirlo así, puso sobre la mesa no fue una
credencial de novísimo motor de la historia; sino una carta de impugnación.
Impugnación del Sujeto. Y de
Donde las comunidades indígenas retienen,
con orgullo, los rasgos que las enjoyan a nuestros ojos (propiedad comunera,
democracia directa, cotidianidad basada en la ayuda mutua,...) en absoluto se
lucha por la meta de
Donde, mixtificada, la protesta indígena carece de un legado tal que defender, pues sus formas de organización y de propiedad han sido erosionadas, desmanteladas, arrasadas por la apisonadora liberal, el abanico de sus reivindicaciones se abre hasta el infinito, y sigue centrándose en lo “local”, en lo “idiosincrásico”: protección de su base territorial en menoscabo; rescate de su cultura deslavada, a un paso de la folclorización; restauración de aspectos menores del edificio político tradicional,...
Otras tendencias apuestan ya decididamente por la “integración”, ante la imposibilidad de regresar a una “edad de oro” que ni se recuerda, y exigen igualdad real de derechos, simetría en las oportunidades y en el trato, cese de la discriminación social y del racismo, apertura (para las minorías étnicas) de los espacios educativos y, sobre todo, políticos...
A medio camino, encontramos
formulaciones híbridas, como aquellas que hace unos meses atestaron de
manifestantes las calles de Popayán: reivindicación del Sistema
Educativo Propio. Pero entendiendo por tal unas escuelas de planta
occidental gestionadas por los indígenas, con enseñantes
indígenas y un control indígena de los recursos... Se ha perdido
por completo de vista la “educación comunitaria
indígena”, la “educación tradicional de los pueblos
indios”; y, en señal de prosternación, se pugna por una
escuela indigenizada.
Y, en fin, hallamos, aunque ya quizás fuera del campo de la “lucha”, demandas y reclamaciones lastimeras, en la órbita de un triste “indigenismo mendicante”, como el que asola Guatemala, centradas en la solicitud de “proyectos” de las ONGs, ayuda humanitaria, caridad cristiana, limosna internacional...
Nada en esta lógica contestataria
permite reconocer en el indígena “movilizado” al Sujeto que
Occidente necesita para salvaguardar su relato político de la
transformación... No hay, en la esfera de la protesta
indígena, Sujeto, sino muchos “sujetos” -sería mejor
decir, simplemente, “actores”. No hay una Causa, sino
múltiples líneas de demanda, que apuntan en direcciones
distintas, a veces contradictorias. No hay una Emancipación en el
horizonte, sino un poco de “conservación” y un mucho de
“integración” en el Sistema que, hasta hace unas
décadas, excluía sin más al indio. Las candidaturas de
indígenas al Senado, cuando no a la presidencia del Gobierno, aplaudidas
por sectores influyentes del movimiento étnico, y por mestizos y blancos
que con él se identifican, constituyen una señal clamorosa de la
minusvalía del soñado nuevo Sujeto. Colombia las ha conocido
diversas, bajo la estela del Polo Democrático o bajo marcas
independientes. Este deslizamiento desde el no-reconocimiento hasta
“Emancipación”, en
fin, es un concepto occidental que hemos dejado caer, muy alegremente, sobre
las espaldas del indio. La aspiración tradicional del indígena es
otra, y la encontramos a lo largo y ancho de todo el subcontinente: el ideal de
la “vida buena”, del “vivir en el bien” (el
“lekil huxlejal” de los tseltales, analizado por A. Paoli,
entre otros). Se trata siempre de un conjunto de condiciones ecológicas
y sociales “locales” que garantizan la evitación del problema
en la comunidad y, por tanto, un buen vivir en armonía con todos los
seres y en unidad con todos los hermanos. El “vivir en el bien” no
es pensable en el contexto (extraño, ajeno, anti-indio) de un orden
social fracturado (propiedad privada, diferencia de clases, desigualdad), una
organización política que divide y enfrenta (partidos,
elecciones,...) y una cotidianización del trabajo alienado, la
asalarización y la subordinación de unos hombres a otros en lo
económico. Ese ideal de la “vida buena” se ha escapado ya de
muchas comunidades; y solo demagógicamente puede ser esgrimido como
constituyente de un proyecto (a fin de cuentas “capitalista”) de
Estado-Nación moderno, como ha hecho Evo Morales. “Vivir en
el bien”, ideal indígena de la felicidad, no es posible en el
marco de ningún Estado, ni siquiera federal; no es conciliable con la persistencia de ninguna
administración central, exógena, foránea; no admite la
supervivencia de las clases sociales, de la plusvalía o del
interés mercantil. Por último, más que apuntar al
“rebasamiento” planetario de un orden social injusto
(lógica de la emancipación), propende la
“conservación” o, en todo caso,
“restauración” de modalidades de organización y de
interacción insuperablemente locales.
A pesar de esta incompatibilidad de
fondo, epistemológica, entre las cosmovisiones indias y las
categorías filosóficas occidentales (expresada y acentuada por la
singularidad de las lenguas ergotivas, o intersubjetivas, tal las de los mayas
centroamericanos, que no admiten traducción sin deformación
sustancial, como demostró Carlos Lenkersdorf), muchos
estudiosos y analistas euroamericanos, muchos teóricos y muchos
activistas, han “caído” sobre las comunidades
indígenas tal los buitres sobre sus presas, de un modo devorador... El primer capítulo de este asalto
se desarrolló en torno al zapatismo chiapaneco, que quiso interpretarse
desde la óptica (reductora, invasora) del marxismo o del anarquismo
occidental. No pocos estudiosos europeos y latinoamericanos se consagraron a
dilucidar la definición última sustantiva del levantamiento
chiapaneco, en un intento de recategorizar el nuevo Sujeto en términos
afines a los de
Las capas ilustradas de Occidente y las capas occidentalizadas de América Latina no tendrán nunca motivos para sentirse “defraudadas” por la beligerancia indígena; al contrario, las etnias originarias comprobarán muy pronto que sus apasionados “valedores” mestizos y blancos, sus fervientes amigos “indigenistas”, se les acercaron otra vez, hoy como hace más de medio milenio, de un modo taimado, alentando propósitos expoliadores. Como hace más de cinco siglos, lo indígena es, en esencia y sin reconocimiento expreso, valorado exclusivamente como recurso: nos hemos aprovechado de sus riquezas naturales, de sus tierras, de sus capacidades de trabajo, de sus saberes... y ahora hemos empezado a explotar asimismo sus logros organizativos y reivindicativos. Lo extraño es que también la izquierda, habría que decir en realidad sobre todo la izquierda, se sume al festín expropiador alardeando una vez más de altruismo y de generosidad filantrópica.
¿Tanto nos cuesta admitir que las luchas indígenas no tienen nada que ver con las nuestras? ¿Tanto nos cuesta reconocer que, obsoletos y desenmascarados, nuestros conceptos políticos no hallarán en las insurgencias de las otras culturas una tabla de salvación, una segunda oportunidad, una prórroga milagrosa, sino todo lo contrario: la certificación de que son zombis, finados-vivientes, vejeces y caducidades, moribundos que matan, cuando no cadáveres a la intemperie?
Pedro García Olivo –
www.pedrogarciaolivoliteratura.com