Artificio para domar

Página de contenido

              Esplendor y miseria de la metáfora

POSIBLE AÚN DESPUÉS DE AUSCHWITZ

 

 

“Posible aún después de Auschwitz” fue publicado por la revista Ekintza Zuzena en la primavera de 2003, con un subtítulo que aclara el sentido y la finalidad última del texto-entrevista: “Para una crítica radical de toda forma de Escuela”.

 

Fragmento de Posible aún después de Auschwitz.

 

4) ¿Qué hacer entonces en la Escuela y contra la Escuela? ¿Cómo y dónde concebir la posibilidad de una “educación libre”? ¿Cómo lucha el antiprofesor, ese símbolo del desprecio de toda pedagogía a que aludes en tus escritos?

    

     Por oposición al trabajo de los “educadores”, a la práctica social de los “profesores”, he procurado esbozar en El Irresponsable un paradigma distinto, una ‘estrategia corrosiva’ que exige, más bien, la figura insólita del “anti-pedagogo”, del “des-educador”, del “contra-profesor”. Esta figura no se reconoce ya en las ideas y en la praxis de un Freire, un Blonskij o un Neil. Sintoniza mejor con el gesto de un Groucho Marx que, en Sopa de ganso, nombrado Rector, confiesa su intención de que, con él, la Universidad funcione “todavía peor”; con la anti-prédica de un Zaratustra que habla así a sus discípulos: “mi consejo, realmente, es que os alejéis de mí y me olvidéis”; con la maravillosa odisea interior de Heliogábalo, el “anarquista coronado” de Antonin Artaud, emperador que se viste de prostituta y se vende por cuarenta céntimos a las puertas de las iglesias cristianas y de los templos romanos...

     El paradigma de la irresponsabilidad, que aboca a una práctica criminal de la docencia, exige (decía) la figura del anti-pedagogo, del contra-profesor que no pretende hacer nada “por” los estudiantes, “para” ellos y “en” ellos -nada por el ‘bien’ de los alumnos y, de paso, por la ‘mejora’ o ‘transformación’ de la sociedad, ningún tipo de hombre que modelar... Sólo así cabe concebir la “anti-pedagogía”. El Irresponsable lucha ‘contra’ la máquina escolar, y aspira a provocar su avería. Es un ‘mecánico’ perverso, un destructor sin escrúpulos, un genio del sabotaje, un artista de la descomposición, un maniático del estropicio... Procura siempre transgredir la Ley desde fuera de la Moral; rebasar el ámbito de la ‘desobediencia inducida’, del ‘ilegalismo útil’, para arraigar en el dominio de lo Intolerable, de lo Inaceptable, de lo Insoportable -el lugar del crimen en la Institución. De ahí su afición al “ludismo”, valorado como forma legítima de contestación, como insumisión absoluta al principio de realidad capitalista, como subversión simbólica de todo orden coactivo, como negación insobornable de la ética del Sistema. El anti-profesor en ejercicio, saboteador de la máquina escolar, simpatiza, por tanto, con el ludismo de los estudiantes (destrucción del “mobiliario escolar”, pupitres, sillas, pizarras y otros instrumentos de tortura; pero no sólo eso: también el fraude en los exámenes, la falsificación de los boletines, la intimidación de los calificadores, la burla, la chanza, la parodia, los motes, el absentismo, ‘reventar’ las clases, empujar poco a poco al docente a la neurosis, las pintadas, los robos, la risa, la agresión, la insubordinación clamorosa, la maledicencia,..., formas, todas estas, de resistencia estudiantil, de defensa de la propia subjetividad, del propio “carácter”, situado invariablemente en el punto de mira de una Escuela por definición policial y de un profesorado a fin de cuentas mercenario) y lo desarrolla en su terreno, importunando y soliviantando al resto de los “enseñantes”, obstruyendo -o eternizando- los Claustros, las Juntas, las Reuniones, coadyuvando al ‘extravío’ de las actas, de los documentos, de las cartas, de los ‘papeles’oficiales, saqueando la biblioteca y regalando después los libros, denunciado a éste o aquél colega por “malos tratos” y al Inspector mismo por “incompetente”, no tomándose jamás en serio ninguna de las palabras proferidas por los ‘cargos directivos’ del Centro, permitiéndose todo tipo de gestos obscenos y de ‘provocaciones simbólicas’ ante las autoridades educativas, exhibiendo desde el principio un comportamiento “inejemplar” y hasta francamente “delictivo”, riéndose en la cara de todo el mundo y manifestando sin descanso un brutal olvido de sus ‘deberes’ profesionales, dando en todo momento la impresión de no temer a nada y de vivir como de paso por la Institución, jugando y rompiendo, disfrutando y violentando,... La lucha de el Irresponsable contra la Escuela asume así una extraña condición, una índole singular, escapadiza, sin duda “inmoral” (“toda lucha es inmoral”), trágica y festiva a la vez, abierta a la fantasía, al humor, a la imaginación, al juego, a lo gratuito, al gesto, a lo supuestamente absurdo, a lo incomprensible e insuscribible, a lo terrorífico, a lo creativo, a lo patético, a lo desquiciante, a lo conmovedor -abierta, en una palabra, al arte y a la locura. Parte, en consecuencia, del Dolor; y no sabríamos decir hacia dónde apunta...

      En tanto factor de desescolarización, por otro lado, el anti-profesor tiende a borrar la Escuela “en” la Escuela misma: en torno a él no hay control de la asistencia, no hay programación, no hay temario, no hay asignatura, no hay ‘dinámica’ (ni siquiera participativa), no hay examen,... En realidad, en torno a él no hay “clase”, no hay Escuela. Al Irresponsable se le puede ver por los pasillos, por las aulas, por los departamentos, no haciendo aparentemente nada (sin embargo, siempre está tramando algo, concibiendo algún mal, corrompiendo no se sabe qué cosa), como un mero “instrumento” al que los estudiantes pueden recurrir si les apetece. Así se presenta: desde  el punto de vista de la transmisión cultural, como un recurso para la ‘auto-formación’ de los jóvenes, un útil que se puede usar o no; desde el punto de vista de la negación del poder, como un destructor de la máquina...

     De todo lo dicho se desprende que, por su oposición a la lógica docente, por su insumisión a las principales figuras legales de la Escuela (asistencia, temario, método, examen, gestión, disciplina,...), por su propensión al ludismo (así como Baudrillard sostuvo “la importancia de los vidrios rotos en la protesta obrera”, el Irresponsable defiende “el interés y el sentido del Instituto quemado en la revuelta estudiantil”), los anti-profesores desarrollan su tarea en un ambiente de ininterrumpida “represión administrativa” -amonestaciones, denuncias, expedientes, sanciones, etc.- y cifran su ‘victoria’ absoluta, su ‘éxito’ definitivo, en conquistar la Expulsión. La estrategia ‘corrosiva’ se concibe como un “recorrido”; tiene un principio y un final: el final que quiere es la Expulsión, única garantía del peligro de su lucha, de la verdad de su sublevación. Diría, por último, que el paradigma de la irresponsabilidad en la docencia, al que me sujeté durante dos años, linda con la experiencia de la creación artística (del teatro, si bien de la Crueldad; de la poesía, aunque ‘maldita’; de la literatura, pero escrita con sangre) y es inseparable de un inquietante proceso esquizofrénico. Halla, sin duda, en el Heliogábalo de Antonin Artaud lo más parecido a un “modelo”... Así como Heliogábalo es un “anti-emperador” que ejerce, aparentemente, de emperador; el Irresponsable es un “anti-profesor” que, según dicen, se dedica a la enseñanza. Así como aquél cuestiona todo el orden político-social, y moral, del Imperio Romano; éste atenta contra el Orden de la Escuela y la ‘ética’ educativa. Así como Heliogábalo no tiene “nada” que hacer por sus súbditos y, en el fondo, sólo los contempla como ‘público’; el Irresponsable “nada” hace por sus alumnos, en quienes a menudo no sorprende más que a unos ‘espectadores’. Así como aquél introduce el teatro y la poesía en el trono de Roma (contra el trono de Roma); éste concibe su práctica corrosiva como ejercicio de la creación artística. Así como se pudo decir de aquél que estaba “loco”, se podrá considerar que a éste la esquizofrenia lo constituye. Así como Heliogábalo, según Artaud, no fue “un loco”, sino un “libertario”, y un “libertario” irrespetuoso, en lucha contra el Sistema desde la cúpula del mismo; el Irresponsable, en mi opinión, es mucho más que “un esquizo”, y su trabajo responde exactamente a lo que cabría esperar de una práctica “antiautoritaria” de la docencia, vuelta contra el hecho mismo de la docencia. Y así como aquél “se hizo asesinar” para poner punto y final a su terrible odisea interior, éste pretende “hacerse expulsar” para que el aparato no encuentre nunca la forma de ‘integrarlo’. Me parece que, desde una perspectiva de “negación del Sistema”, de rechazo del Capitalismo, todo profesor franco consigo mismo en medio de su isumisión, insobornable, ha de reconocerse en posición de anarquista coronado. La figura del Educador, del Enseñante, del Profesor, es, en sí misma, una figura de poder, una figura autoritaria. Por ello, un profesor genuinamente “crítico”, capaz de una despejada “autopercepción”, debe negarse en primer lugar a sí mismo como engendro del poder y fuente de la autoridad; debe “auto-destruirse” al modo de Heliogábalo, ejercer contra lo que representa, de-sacralizarse, construirse como anti-profesor ‘magistral’, contra-educador inadmisible, ridículo. En cierto sentido, ha de convertirse en “víctima” de sus alumnos. De lo contrario, se adhiera a la ideología que se adhiera, continuará funcionando como propagandista psíquico del Sistema, agente dominado de la Dominación, modelo de autoridad y de jerarquía, lo mismo en el aula que en el bar, no menos en la calle que en el Centro. Todo esto lo sabe el Irresponsable, que aspira a que algún día se pueda decir de él lo que Antonin Artaud sostuvo a propósito de su maravilloso, y quizás soñado, “anti-emperador”: “Se ensaña sistemáticamente, ya lo he dicho, en la destrucción de todo valor y de todo orden(...). Y es aquí donde se le ve palidecer, donde se le ve temblar, en busca de un brillo, de una aspereza a la que aferrarse ante la horrorosa fuga de todo. Es aquí donde se manifiesta una especie de anarquía superior, en la que arde su profunda inquietud; y corre de piedra en piedra, de brillo en brillo, de forma en forma, de fuego en fuego, como si corriera de alma en alma, en una misteriosa odisea interior que nadie ha vuelto a emprender después de él.”

    Después del “recorrido” por la mansión del embrutecimiento (así definía Lautreamont la Escuela), queda aún la posibilidad de una implicación en los procesos no-institucionales de ‘educación’ y de transmisión cultural: involucrarse en la retícula cultural no-estatal (centros sociales, ateneos, colectivos, editoriales no mercantiles, asociaciones de un tipo o de otro, etc.), tener que ver con los modos y procedimientos de la auto-educación de la población, con las estrategias ‘informales’ de aprendizaje y socialización de la cultura. En mi opinión, la “educación libre” a la que te referías se da justamente allí donde acaba la Escuela, empieza sólo cuando acaba la Escuela...

 

(Para acceder a “Posible aún después de Auschwitz. Para una crítica radical de toda forma de Escuela”, contáctese con Ekintza Zuzena : Ediciones E. Z., Apdo. 235, Bilbao-48080; E-mail: ekintza@nodo50.org y también ekintza@sindominio.net; Http: www.nodo50.org/ekintza; Teléfono: 94 479 01 20, de martes a viernes desde las 5 hasta las 8)

 

                                                                                                                                                            Cuadro de Alfonso Santa-Olalla Lozano. Detalle

 

Esta página Web es auschwitz