LA QUEJA AZUR

Fotografía
de José Enrique Lingán
Presentamos “Donde los árboles parecen más oscuros”,
composición que se incluirá en La queja azur, proyecto narrativo
inconcluso:
1.
Ella era lo más importante de su vida.
Con ella descubrió a la mujer, exploró el amor y se enfrentó a la belleza.
Comprobó que su mente podía nublarse al verla, que su cuerpo se estremecía si
ella estaba cerca y hasta las manos le temblaban entonces como gatos mojados.
Hasta que la conoció, sólo creía en los libros. Los libros lo habían sido todo
para él. Todo, menos un refugio: para refugiarse es preciso haber estado fuera alguna vez, y él jamás salió de
las páginas de miles de libros. Sólo ante un libro se sentía seguro. Eran
enigmas que se rendían a sus ojos como las flores al primer desperezarse del
verano. Por eso los entendía tan bien. Constituían el objeto único, excluyente,
de su comprensión. A excepción de los libros, todo se le antojaba feo y
extraño. Al menos, tan extraño como él -pensaba- debía ser considerado por los
demás.
Pero desde hacía unas semanas huía de los
libros. Había abjurado de ellos para creer en ella. Le bastaba con verla para
saber que pertenecía a una realidad aún más real que la de las páginas. Su
existencia vagueante había encontrado un sentido más allá del fuego interior y
de la escritura de los otros.
***
2.
Nunca había hablado con ella. Temía
hacerlo porque la voz le parecía demasiado vulgar como para sorprenderla en
aquel hermoso cuerpo. Sólo del silencio se nutre la gracia, tocada de misterio,
de un árbol, de una rosa o de una piedra. La belleza reside en cosas sin
pensamiento como el pensamiento habita en cosas sin belleza. Por eso la quería
silenciosa. Si por desventura, en la más triste mala hora, ella le dirigiera
algunas palabras, él se vería obligado a abandonarla. Ya no podría perseguirla.
Tampoco le cabría regresar a los libros: la
letra empieza a morir cuando la verdad se deja entrever desde otra rendija que la de las
palabras -eso creía.
Llevaba varias noches soñándola, varios
días siguiéndole los pasos. Nunca pensaba en ella. Tenía suficiente con
contemplarla. No quería pensar en ella, ni interpretar lo que hacía, para poder
estar así seguro de que jamás acabaría conociéndola. El siempre había dicho que
conocer a una persona era otra forma de pegarle un tiro. De ahí que no aspirase
más que a observarla. La miraba como quien ve un fantasma, como quien nada
entiende y por todo se emociona. Si la veía besarse con un chico, desistía de
buscar las razones en el amor o en el deseo, en la amistad o en el hastío.
Simplemente, se emocionaba porque era hermoso percibir cómo un rostro entre
sombras se acercaba a la sombra de otro rostro y terminaba recortando una
palpitante silueta en la malicia sin profundidad de la noche. Era hermoso
advertir el movimiento incierto de dos labios que se rozaban, oprimían y
separaban turbiamente, siguiendo ritmos imprevisibles.
***
3.
La crueldad de aquel cuerpo de mujer
radicaba en su terrible belleza, en su espantosa belleza. Contemplarlo sumía en
la angustia... En más de una ocasión alcanzó a ver cómo la chica empezaba a
desnudarse. En esos momentos se agitaba y retorcía tal un endemoniado; casi
siempre tenía que cerrar los ojos para no gritar o llorar. Sospechábase indigno
de aquello, puesto que no podía soportarlo. Si alguna vez acopiara el valor de
mantener abiertos los ojos, si alguna vez fuera capaz de resistir la visión de
aquel increible cuerpo desnudo, entonces se sentiría, en secreto, como un dios
o un poeta -como mucho más que un dios y poco menos que un poeta. Habría
conquistado por fin, con toda seguridad, lo que dios sólo consiguió dominar a
medias y lo que -para apoderarse de sí mismos- todos los poetas buscan y no
encuentran. Pero no podía sostener la mirada. Sus ojos se cerraban como cielos
de tormenta, y no volvían a abrirse hasta que el tiempo le confesaba que ya era
tarde -que ella ya no estaba allí. Dejaba entonces de temblar y respiraba
aliviado, aunque por dentro se le amotinaban los esbirros de la decepción y del
descontento.
***
4.
Sólo una vez estuvo a punto de
intervenir. Sólo una noche quiso salir del escondrijo y correr hasta ella. Si no
lo hizo fue porque cada uno de sus quejidos se le clavaba en el pecho como
puñalada de madre, y no tuvo fuerzas para incorporarse. Aquella jornada empezó
bella y acabó monstruosa. Sintió como si la noche se interrumpiera súbitamente
para dar paso al mediodía excesivo. En esa velada, entre la oscuridad de los
árboles y bajo la paz de la luna, ella empezó a desnudarse como otras veces,
pero con movimientos peligrosamente sensuales. Por un segundo, creyó que ella
lo había descubierto y se desvestía para él. Las prendas clarísimas se
deslizaban por su piel como a empetones del viento y saltaban al vacío para
caer suavemente sobre las hierbas del suelo. Su cuerpo, tan blanco como el
sueño de un niño, parecía irradiar luz hasta oscurecer a la luna. Ese instante
lo transportó a la cima de su vida. Sorprendentemente, estaba consiguiendo
mantener abiertos los ojos.
Pero, de repente, toda la belleza de la
escena se corrompió como el cadáver de una gaviota en un charco de agua negra.
Otro cuerpo desnudo, maldito y grotesco, se
acercó a ella y la abrazó como no se merecía. Era un cuerpo de hombre
-un cuerpo de hambre. Ella reía como si no fuera ella, toda estrujada, con la
seda de sus senos casi adherida a un pecho abisal de lija y mugre. Se lanzaron
al suelo con la rabia de los torturados..., y comenzaron entonces los gemidos y
los suspiros y las palabras salvajes. Y él se vió tentado de salir para golpear
al perro que devoraba su sustento. Pero cada gemido era una puñalada de madre
para su cuerpo, y no pudo incorporarse. Lo único que hizo fue cerrar los ojos.
No los cerró como de costumbre (inquieto pero resignado), sino con la
desesperación de quien contempla un crimen y no puede ni gritar para no ser
sorprendido.
Faltó poco para que pensara esa noche.
Casi pensó. El hombre que esa noche poseyó la luz de su vida era otro. No era
el joven frágil y dulce que por las mañanas la besaba delicadamente. El hombre
que esa noche poseyó la luz de su vida era más parecido a una bestia o a un
perro. Pronto abandonó sus pensamientos, porque de continuarlos podía acabar
mal. “Acabar mal”: he aquí un
presentimiento muy fuerte. Tan fuerte como el perro que esa noche salió de las
tinieblas para devorar su sustento.
A partir de entonces tuvo que aprender a
abandonar periódicamente su persecución. Como el enfermo que se priva de lo que
le daña, se habituó a arrancar de vez en cuando sus ojos de ella para
llevárselos a otra parte y dejarla sola. En realidad, no la dejaba sola... La
dejaba con otros perros malditos, siempre cambiantes, nunca los mismos, que la
arrastraban por los suelos y de nuevo la hacían gemir. Por eso, en tal que ella
se acercaba al bosquecillo donde, bajo la paz de la luna, los árboles parecen
más oscuros, él daba la vuelta y abandonaba por unas horas el norte de sus
pasos. Al dejarla, apenas no le cabía duda de que se dirigía hacia aquel lugar,
y lo hacía frecuentemente, sentíase como cuando, de niño, se sumergía bajo las
aguas del mar y contenía dolorosamente la respiración hasta casi desfallecer.
Nada más emerger de las aguas, irguiéndose con una brusquedad teñida de
urgencia absoluta, respiraba profundamente, ansioso y destemplado, como si
acabara de sortear un peligro inconcebible. Lo mismo sentía al verla regresar,
despacio y con andares de fatiga, quizás menos hermosa que otras veces, ya
vestida y casi siempre despeinada.
***
5.
Por las mañanas, ella volvía a
encontrarse con el muchacho atenazado por la ternura que la besaba casi con
miedo. Y entonces la imaginaba mucho más bella, más bella que la belleza misma.
Cuando se sentaba sobre las rodillas de aquel muchacho y le mecía los cabellos
desplegando todos los gestos del cariño, nada en ella le recordaba ya el
bosquecillo de las bestias hambrientas. Se elevaba por encima de lo simplemente
hermoso, y ni siquiera la imagen de su rodar por los suelos más oscuros lograba
atenuar la magia de aquel cuerpo fascinador.
Cada vez que dejaba al muchacho, y se
despedía con un beso casi tan largo como el atardecer, él la notaba pensativa.
La seguía de nuevo, como siempre, un poco más tranquilo, un poco más contento.
Muy a menudo llegaba tras ella hasta unas empinadas rocas, escarpadas como
gritos de alienados, donde el silencio era más frío y la soledad devenía
tragedia. Cuando ella trepaba hasta allí, él tenía que esconderse bastante
lejos para no ser descubierto. Entonces ya casi no la veía, y empezaba a
imaginar. Imaginaba que la mujer de sus sueños levantaba la vista al cielo y se
llevaba las manos a la cara, atormentada. No le interesaba preguntarse por qué
hacía aquello: se deleitaba recreando lo que medio entreveía y medio imaginaba,
porque era hermoso. Era hermoso que aquel cuerpo de mujer se dibujara impreciso
sobre el azul del cielo, aliviando con sus lágrimas la sequedad del aire
estanco hasta que despertaba la furia de sus brazos y, como queriendo agredir
al universo entero, amenazaba con rasgar el espacio o reinventar el viento.
Cuando la dejaba en el bosquecillo, bajo
la paz de la luna y entre la oscuridad de los árboles, él se dirigía hacia aquel
desfiladero y gastaba las horas corriendo desde su escondite hasta el borde de
la tierra y desde el borde de la tierra hasta su escondite. Quería estar
preparado para cuando llegase el día de su felicidad completa.
***
6.
...... ...... ...... ...... ...... ...... ...... ...... ...... ...... ......
Transcurría enigmática, la noche. Ella no había pasado por donde los árboles
parecen más oscuros. Llevaba ya varias semanas sin perderse bajo sus frondas.
Por eso, él ya no la abandonaba intermitentemente. Acudía a su cita con el
muchacho de los besos largos y tiernos. Desde hacía varias semanas, se
encontraba con ese muchacho todas las noches. Hacía también varias semanas que
ella no lloraba sobre las rocas del precipicio. Ya iba muy poco por allí.
Estaba más hermosa que nunca.
Abrazó al muchacho y lo besó con una pasión desconocida. El chico se
dejó querer. Aquellas escenas se le revelaron, a él que todavía miraba,
ambiguas como lluvias de primavera. Entrelazados los cuerpos, cayeron sin
violencia sobre la tierra cómplice. Quedaron poco a poco desnudos.
Milagrosamente, él no había cerrado aún los ojos. Enseguida llegaron los
gemidos. Pudo soportarlos porque no se oían como bajo los negros árboles del
bosque. Aquellos gemidos no se abalanzaban sobre su pecho con el puñal de una
madre en la mano. Cuando por fin cesaron los suspiros, los espasmos, las
convulsiones..., y pese al extraño escalofrío que había recorrido su cuerpo
hasta ese instante, él pudo enorgullecerse como nunca de no haber bajado la
vista en ningún momento. Aunque normalmente le molestaba escuchar las palabras
de los demás, sobre todo si reclamaban la participación de ella, esta vez pudo
sobreponerse a su limitación porque era también muy delicado el objeto de la
charla. Hablaban de cosas azules y amarillas. Y reaparecían los besos al menor
encogimiento de la conversación... Sin embargo, él se extraviaba en una selva
de amargura.
Prefería verla sola, completamente sola. Quizás fuera demasiado egoísta,
y le doliera compartirla con otro. Reconocía que aquel muchacho la había
alcanzado como nadie. Pensaba que aquel chico debía sentirse en secreto como un
dios o un poeta -como mucho más que un dios y poco menos que un poeta. En
cambio, los hombres de los árboles oscuros sólo se sentirían como bestias o
alimañas: era absurdo esperar de ellos
el más insignificante gesto creativo. De ahí que ella le hubiera sido infiel con el muchacho de
la timidez sin motivo, y no con los brutos hambrientos de los árboles.
Se
habían sentado sobre las piedras de costumbre. El chico recostaba su cabeza
sobre los pechos desnudos de la mujer imposible. Y ella, un poco más seria, empezaba
a hablar de cosas no tan azules y menos amarillas. El muchacho se incorporó con
alarma y entornó los ojos. La escuchaba aterrado, como si despertara de su
único sueño. Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de la mujer mientras
señalaba con el brazo el lugar donde los árboles parecen más oscuros. El joven
miró hacia el bosquecillo y ocultó su cara tras las manos del desasosiego. Giró
el cuerpo y volcó su rostro sobre las hierbas de la tierra enemiga, para llorar
en soledad y despedirse abatido de su última esperanza.
Y
él, harto de presagiar el fin, abandonó a la pareja. Volvió a caminar por
senderos que ya le resultaban trágicamente familiares. Pero lo hacía con un
propósito nuevo, bajo una determinación diferente. Reflexionaba sobre lo que había
sido su vida. Buscaba por alguna parte, en el rellano de sus recuerdos, un gran
error, una equivocación trascendental, que pudiera explicar el encierro de sus
últimos años. Desde muy joven había querido forjarse el alma de un poeta.
Pensaba ahora que en último término jamás había dejado de ser ese deseo y nada
más que ese deseo. Para forjarse el alma de un
creador no le bastaba con frecuentar -quizás no le era posible-
el bosquecillo lóbrego de los
escritores del mercado, concertar más de una cita
con la belleza fácil bajo la oscuridad de sus árboles, y actuar como un
perro hambriento de éxito o una bestia en celo de prestigio.
Por otro lado, reconocía dolorosamente que no tenía
nada de tentador impremeditado, casi involuntario, de lo
Sublime -conquistador ingenuo y fatal
de la Belleza Intempestiva.
Por
eso, nada más llegar al precipicio se permitió por una vez pensar en la mujer
que lo había emancipado de la servidumbre de la lectura. También por una vez, se
imaginó capaz de adivinar su futuro, prever sus intenciones. Y la esperó,
convencido de que acudiría a las escarpadas rocas del límite de la tierra.
Así
fue. Desde el borde del acantilado, la mujer de su tortura se encaró al cielo
como a su destino, desgarrada tal vez, desolada por el curso de las cosas, pero
asistida en profundidad por una serenidad más honda que la raíz de todo dolor.
Y él, persuadido de que por fin sentiría el calor de aquel cuerpo inverosímil,
salió de su escondrijo y corrió hacia ella para arrojarla al vacío y dar
término a sus tormentos de mujer incomprendida.
Le
sonrió al verlo acercarse, tan impaciente y desencajado, la mujer de todos y de
nadie. Pero no se dejó ayudar en su suicidio. Se precipitó al abismo por sí
misma, sosteniéndole la mirada y agradeciéndole hasta el final el sacrificio
que, sin embargo, no le permitió ofrendar. Y él, devorado hasta el subsuelo por
un dolor más hondo que la raíz de toda calma, de todo temple, regresó a lo que
había sido su prisión para recuperar el consuelo inútill de los libros -esos
libros que nunca podría escribir pero que tan meridianamente comprendía.
Su
alma no será nunca la del poeta: el gesto de la creación absoluta se ha hecho
impracticable en nuestros días, y con ello ha sucumbido también la posibilidad
misma de una Belleza Desconocida. Su espíritu será siempre el de la rata que
halla sustento entre los desperdicios de los demás. Por ello, retornará
cabizbajo a la lectura, para no desaprovechar el absurdo privilegio que lo
constituye: el raro privilegio de disfrutar de la belleza antigua, ajena y
extemporánea, como un observador perpetuo de lo innecesario -un observador
ignorado e impotente, como el más oscuro de los árboles.
***
7.
Así piensa hoy, sentado ante docenas de viejos libros y montañas de
folios en blanco. Eso cree ahora, agobiado por una mesa de trabajo que es
también la mesa del silencio íntimo y del vacío inexplicable. El amante no correspondido de una belleza
tan muerta como su esperanza: así se ve, así se teme. Bajo la paz de la
luna, un observador ignorado e impotente como el más oscuro de los árboles.
***
Fuente-Alamo, 1975 - Ademuz, 2002.

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