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El enigma de la docilidad (libro)
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El enigma de la docilidad (artículo) |
“El enigma de la docilidad” (artículo) puede leerse en el n.º 31 del periódico Pandora (Vitoria, enero de 2004). Constituye un pasaje del libro El enigma de la docilidad. Sobre la implicación de la Escuela en el exterminio global de la Disensión y de la Diferencia, publicado por Virus Editorial. Lo trascribimos en su integridad:
El enigma de la docilidad
Isaac Babel, corresponsal de guerra soviético, cronista de la
campaña polaca desplegada por el Ejército Rojo en torno a 1920, contempla
atónito las matanzas gratuitas llevadas a cabo en nombre de la Revolución.
Cuarenta soldados polacos han sido detenidos. Los reclutas cosacos preguntan a
Apanassenko, su general, qué hacen con los prisioneros, si pueden disparar
contra ellos de una vez. Apanassenko, educado en el internacionalismo
proletario y en la universalización de la Revolución, responde: “No malgastéis
los cartuchos, matad con arma blanca; degollad a la enfermera, degollad a los
polacos”. Babel se estremece y mira hacia otro lado. Esa noche escribirá en su
diario algo que no será ajeno a su posterior encarcelación y a su fusilamiento
acusado de actividades anti-soviéticas: “La
forma en que llevamos la libertad es horrible”. Días después se repite la
escena, pero ya sin necesidad de que los soldados cosacos pierdan el tiempo
preguntando qué deben hacer a su general: degüellan a una veintena de polacos,
mujeres y niños entre ellos, y les roban sus escasas pertenencias. A cierta
distancia, Apanassenko, que se ha ahorrado la orden, los premia con un gesto de
aprobación y de reconocimiento. Babel mira a los cosacos, sonrientes después de
la matanza; los mira como se mira algo extraño, indescifrable, algo misterioso
en su horror, algo terrible y, sobre todo, enigmático:
“¿Qué hay detrás de sus rostros; qué enigma
de la banalidad, de la insignificancia, de la docilidad?”, anota, al caer la
tarde, en su Diario de 1920. Yo me
pregunto lo mismo, me interrogo por este “enigma de la docilidad” que nos
aboca, todos los días, a la infamia de una obediencia insensata y culpable. He
mirado a mis ex-compañeros de trabajo, profesores, cosacos de la educación,
como se mira algo extraño, indescifrable, algo misterioso en su horror (horror,
por ejemplo, de haber suspendido al noventa por ciento de la clase; de haber
firmado un “acta de evaluación”, con todo lo que eso significa: ¿cómo se puede
firmar un “acta de evaluación”, aunque nos lo pida el Apanassenko de turno- “matad con arma blanca”?). Ante las
pequeñas ‘unidades’ de profesores, avezadas en ese degüelle simbólico del
“examen”, me he preguntado siempre lo mismo: “¿Qué hay detrás de sus rostros; qué enigma de la banalidad, de la
insignificancia, de la docilidad?”. “Docilidad” también del resto de los
funcionarios, de tantísimos estudiantes, de los trabajadores, de los pobres...
Recientemente, Daniel J. Goldhagen, en Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el
Holocausto, ha subrayado, de un modo intempestivo, la culpabilidad de la
sociedad alemana en su conjunto ante la persecución y el exterminio de los
judíos; ha remarcado la participación de los alemanes ‘corrientes’, afables
padres de familia y buenos vecinos por lo demás, gentes completamente normales (como reza el título de un libro de
Christopher R. Browning, que constata también la cooperación -de manera
voluntaria, desprendida, ‘generosa’-
de muchísimos alemanes “del montón” en la empresa nacional del Holocausto), en
todo lo que desbrozó el camino a Auschwitz. Estos alemanes corrientes, lo mismo que los cosacos de Apanassenko, torturaron y
mataron a sangre fría, sin que nadie los obligara a ello, sin necesitar ya el empujoncito
de una ‘orden’, deliberadamente, en un gesto supremo, y horroroso, de docilidad -seguían, sin más, la moda de los tiempos, se dejaban llevar
por las opiniones dominantes, calcaban los comportamientos en boga, se apegaban
blandamente a lo establecido... No es ya, como solía decirse para disculpar su
aquiescencia, que ‘cerraran los ojos’ o ‘miraran hacia otra parte’ -eso lo
hizo, mientras pudo, Babel-: abrían los
ojos de par en par, miraban fijamente a los judíos que tenían delante, y
los asesinaban. Es un hecho ya demostrado, por Goldhagen, Browning y otros, que
estos homicidas no simpatizaban necesariamente con la ideología nazi, no eran siempre funcionarios del
Estado (policías, militares,...), no ‘cumplían órdenes’, no alegaban
‘obediencia debida’: eran alemanes corrientes,
de todos los oficios, todas las edades y todas las categorías sociales, hombres
de lo más normal, tan ‘corrientes’ y
‘normales’ como nosotros; gentes, eso sí, que tenían un rasgo en común, un
rasgo que muchos de nosotros compartimos con ellos, que nos hermana a ellos en el consentimiento del horror e incluso en la
cooperación con el horror: eran personas “dóciles”, misteriosa y
espantosamente dóciles. Toda
“docilidad” es potencialmente homicida...
Aquellos
jóvenes que, en un movimiento incauto de su ‘obediencia’, se dejaron “reclutar”
y no se negaron a realizar el Servicio Militar, cuando la ‘objeción’ estaba a
su alcance, sabían, ya que no cabe
presuponerles un idiotismo absoluto, que, al dar ese paso, al erigirse en “soldados”,
en razón de su ‘docilidad’, podían verse en situación de disparar a matar (en cualquier ‘misión de paz’, por ejemplo),
podían matar de hecho, convertirse en
asesinos, qué importa si con la aprobación y el aplauso de un Estado. La
“docilidad” mata con la conciencia tranquila y el beneplácito de las
Instituciones. Goldhagen lo ha atestiguado para el caso del genocidio... En
general, puede concluirse, parafraseando a Ciorán, que la ‘docilidad’ hace de
los hombres unos “aspirantes taimados a
la dignidad de monstruos”.

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