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El enigma de la docilidad (libro)

 El enigma de la docilidad fue publicado por Virus Editorial en febrero de 2005. Recogemos aquí la “Presentación” y el “Preámbulo” de dicho trabajo:

 

PRESENTACIÓN

 

    El enigma de la docilidad constituyó el “texto base” de un encadenamiento de conferencias, escrito-territorio que Pedro García Olivo recorrió en varias ocasiones, desde la primavera de 2001, permitiéndose los lujos de la improvisación apasionada y, ¿cómo no?, del extravío. En aquellas charlas, celebradas en las Universidades de Sevilla, Valencia, Albacete y Complutense de Madrid, y en algunos centros culturales de Zaragoza, Pamplona, Alicante, Bilbao, San Sebastián..., se insinuaba ya el “espesor” de un texto polimorfo, múltiple y multiplicador, un boceto que hoy transcribimos en su versión originaria, sin correcciones, afectando a tramos el apresuramiento y casi el desaliño de una escritura que se concibe como soporte de la voz, abono de la re-creación y la invención, contubernio de palabras convocadas para ser escuchadas desde el estupor más que para ser leídas con tranquilidad.

    Para los carteles en que se anunciaba la primera conferencia, celebrada en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla el 28 de marzo de 2001, García Olivo redactó unas líneas que sugieren muy bien el alcance de su trabajo. Nos serviremos de ellas para prologar un escrito que, en verdad, puede desorientar y hasta confundir a quien repare en él desprovisto de todo protocolo de lectura:

 

EL ENIGMA DE LA DOCILIDAD

Sobre la implicación de la Escuela en el exterminio global de la disensión y de la diferencia

 

    Auschwitz no fue un resbalón de la Civilización, un paso en falso de Occidente, un extravío incomprensible de la Razón Moderna, una enfermedad por fin superada del Capitalismo, lacra de unos hombres y de unos años felizmente borrados de la Historia; sino una referencia que atraviesa el espesor del tiempo y mira hacia el futuro, que nos acompaña y casi nos guía, llevándose sospechosamente bien con el corazón y la sangre de nuestros regímenes democráticos. Auschwitz fue un signo de lo que cabe esperar de nuestra Cultura: el exterminio global de la Diferencia. Sobrevendrán (y de hecho ya se están dando) otras Persecuciones de la Alteridad, otros Aniquilamientos de la Discrepancia, otros Holocaustos, mientras nosotros, cada día más instalados en la conformidad y en la indistinción, individuos misteriosamente dóciles, cerraremos impasibles los ojos...

   Considero que las democracias liberales avanzan, por caminos inéditos, hacia un modelo de sociedad y de gestión política que, a falta de un término mejor, denominaría neofascismo o fascismo de nuevo cuño. Esta formación socio-política venidera se caracterizaría, en lo exterior, por la beligerancia (afán de hegemonía universal); y, en lo interior, por una enigmática e inquietante docilidad de la población (letargo del criticismo y de la disidencia), circunstancia que haría casi innecesario el actual aparato de represión física al ejercer cada hombre, en suficiente medida, como un policía de sí mismo. Por compartir con los antiguos fascismos de Alemania e Italia estos dos rasgos -expansionismo exterior y ausencia de resistencia interna-, quizás esa sociedad de mañana, si no ya de hoy, confirme la incomodante intuición de P. Sloterdijk, para quien vivimos “en la eterna víspera de aquello que ya ha sucedido”. Víspera de un horror que recordamos y con el que probablemente acabaremos hermanándonos...

   Quisiera subrayar la responsabilidad de la Escuela en este adocenamiento planetario del carácter; su implicación en la forja de la Subjetividad Única, una forma global de Conciencia -sustancialmente igual a sí misma a lo largo de los cinco continentes- replegada sobre el asentimiento mecánico y el pánico a diferir. Quisiera apuntar, contra el cotidiano trabajo homogeneizador de las Escuelas, los Hogares, los Empleos y los Gobiernos, una intempestiva defensa de la no-colaboración y de la Fuga, de la Existencia Irregular y de la Vida Nómada. Me gustaría abogar por el Peligro, ya que pronto no habrá nada en sí mismo más temible que el hecho de vivir a salvo.  

 

EL ENIGMA DE LA DOCILIDAD

SOBRE LA IMPLICACIÓN DE LA ESCUELA EN EL EXTERMINIO GLOBAL DE LA DISENSIÓN Y DE LA DIFERENCIA

 

 

 

(Preámbulo)

 

     Buenas tardes... Cabe resumir en pocas palabras la tesis que quiero presentar hoy, ante vosotros, con la intención manifiesta de que no podáis suscribirla en muchos extremos y pasemos un rato agradable, discrepando y discutiendo:

 

1.      Los regímenes liberales de Occidente avanzan, por caminos inéditos, hacia un modelo de gestión política y de organización social que, a falta de un término mejor, denominaría neofascismo o fascismo de nuevo cuño. Esta formación socio-política venidera, que estoy tentado de llamar también posdemocracia, se caracterizaría, de una parte, por una pavorosa “docilidad” de las poblaciones; y, de otra, por una progresiva e inquietante ‘disolución’ de la “diferencia” (cultural, ideológica, existencial, subjetiva,...) en mera “diversidad” -distintas ‘versiones’ de Lo Mismo.

 

2.      Compartiendo con los fascismos del pasado dos rasgos decisivos (la ausencia de crítica interna, de oposición, de resistencia de los individuos, en primer lugar; y la beligerancia exterior, el afán expansionista -anhelo de globalización, en nuestros días-, en segundo), la sociedad posdemocrática, el neofascismo del mañana, acaso ya de hoy, se especifica por otros dos caracteres, que lo señalan y distinguen como una novedad histórica: la “despolitización” acelerada de la ciudadanía, que da la espalda a la democracia como fórmula política sin enfrentarse tampoco a ella, tolerándola descreída y resignadamente; y la subrepción de las dinámicas autoritarias, la invisibilización de los procedimientos actuantes de coacción y dominio, rutilante tecnología de control social que consigue hacer de cada individuo un policía de sí mismo, el cómplice declarado de su propia coerción, instancia de autovigilancia y autodomesticación.

 

3.      Considero, en fin, que la responsabilidad de la Escuela en este proceso de exterminio global de la disensión y de la diferencia es inmensa; que cabe entenderla como un agente privilegiado de neofascistización de la sociedad; y que, para desarrollar ese papel, para contribuir mejor a la hegemonía planetaria de un modelo socio-político terminal, ha desplegado una lógica de reforma, de reorganización, de re-adaptación, que, paradójicamente, se expresa hoy con nitidez en las experiencias supuestamente anticapitalistas de educación, en el vanguardismo metodológico de los profesores ‘contestatarios’ y en las iniciativas ‘renovadoras’ alentadas por la Administración.

 

4.      He dicho “modelo socio-político terminal” porque, en mi opinión (y éste es el contexto general, el telón de fondo, de mis observaciones), estamos asistiendo contemporáneamente a los estertores del Capitalismo liberal, al lentísimo y definitivo colapso de un Sistema que, después de globalizarse, de mundializarse, ya no tendrá en rigor nada que hacer y se entregará voluptuosamente a su propia autodestrucción, a su traumática autodemolición. “¿Qué hacía Dios mientras no hacía nada, antes de la Creación? ¿A qué dedicaba sus terribles ocios?”, se preguntaba Faure y ha recordado más tarde Ciorán. “¿Qué hará el Capitalismo cuando ya no tenga nada que hacer, después de la Globalización?”, podemos preguntarnos nosotros... Pues bien, sostengo que se entretendrá en la socavación de sus propias bases, en el aniquilamiento de sus propias condiciones de reproducción. Y que en esa hora temible de la agonía de un Sistema solipsista, un sistema sustancialmente fracasado a pesar de su mundialización, trance también de la zozobra de una Civilización, de su agotamiento (el ocaso de Occidente), no estará en absoluto descartada la posibilidad de la Catástrofe, de la Quiebra (ecológica o de otro tipo), de la Convulsión planetaria. Pero, ¿qué es, a fin de cuentas, lo que tanto tememos de la Catástrofe? ¿Qué tememos nosotros, los occidentales, de la Catástrofe, cuando la mayor parte del Planeta vive ya, desde hace tiempo, por así decirlo, en el corazón de la Convulsión, en las entrañas de la Quiebra?

 

    Con esta interrogante, visiblemente retórica, doy por concluido el esbozo de mi posicionamiento. Pretenderé, en adelante, desglosarlo y desarrollarlo punto por punto, pero siempre de un modo fragmentario, discontinuo, ojalá que impresionista, evitando deliberadamente los momentos de clausura, de cierre, de la argumentación, y feliz de suscitar vuestro desacuerdo, vuestra más acerada discrepancia...                          

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Esta obra puede adquirirse en las librerías, por internet o contactando con la Editorial (Virus Editorial, C/ Aurora, 23, baixos, 08001-Barcelona; Teléfono/fax: 934413814; C/e: virus@pangea.org; http: www.viruseditorial.net ).

 

El enigma de la docilidad (artículo)

                                                                 “El invitado”, dibujo de Pedro Víctor García Berná, 2004.  

 

      “El enigma de la docilidad” (artículo) puede leerse en el n.º 31 del periódico Pandora (Vitoria, enero de 2004). Constituye un pasaje del libro El enigma de la docilidad. Sobre la implicación de la Escuela en el exterminio global de la Disensión y de la Diferencia, publicado por Virus Editorial. Lo trascribimos en su integridad:

 

 

 

El enigma de la docilidad    

 

 

      Isaac Babel, corresponsal de guerra soviético, cronista de la campaña polaca desplegada por el Ejército Rojo en torno a 1920, contempla atónito las matanzas gratuitas llevadas a cabo en nombre de la Revolución. Cuarenta soldados polacos han sido detenidos. Los reclutas cosacos preguntan a Apanassenko, su general, qué hacen con los prisioneros, si pueden disparar contra ellos de una vez. Apanassenko, educado en el internacionalismo proletario y en la universalización de la Revolución, responde: “No malgastéis los cartuchos, matad con arma blanca; degollad a la enfermera, degollad a los polacos”. Babel se estremece y mira hacia otro lado. Esa noche escribirá en su diario algo que no será ajeno a su posterior encarcelación y a su fusilamiento acusado de actividades anti-soviéticas: “La forma en que llevamos la libertad es horrible”. Días después se repite la escena, pero ya sin necesidad de que los soldados cosacos pierdan el tiempo preguntando qué deben hacer a su general: degüellan a una veintena de polacos, mujeres y niños entre ellos, y les roban sus escasas pertenencias. A cierta distancia, Apanassenko, que se ha ahorrado la orden, los premia con un gesto de aprobación y de reconocimiento. Babel mira a los cosacos, sonrientes después de la matanza; los mira como se mira algo extraño, indescifrable, algo misterioso en su horror, algo terrible y, sobre todo, enigmático: “¿Qué hay detrás de sus rostros; qué enigma de la banalidad, de la insignificancia, de la docilidad?”, anota, al caer la tarde, en su Diario de 1920. Yo me pregunto lo mismo, me interrogo por este “enigma de la docilidad” que nos aboca, todos los días, a la infamia de una obediencia insensata y culpable. He mirado a mis ex-compañeros de trabajo, profesores, cosacos de la educación, como se mira algo extraño, indescifrable, algo misterioso en su horror (horror, por ejemplo, de haber suspendido al noventa por ciento de la clase; de haber firmado un “acta de evaluación”, con todo lo que eso significa: ¿cómo se puede firmar un “acta de evaluación”, aunque nos lo pida el Apanassenko de turno- “matad con arma blanca”?). Ante las pequeñas ‘unidades’ de profesores, avezadas en ese degüelle simbólico del “examen”, me he preguntado siempre lo mismo: “¿Qué hay detrás de sus rostros; qué enigma de la banalidad, de la insignificancia, de la docilidad?”. “Docilidad” también del resto de los funcionarios, de tantísimos estudiantes, de los trabajadores, de los pobres...

 

     Recientemente, Daniel J. Goldhagen, en Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto, ha subrayado, de un modo intempestivo, la culpabilidad de la sociedad alemana en su conjunto ante la persecución y el exterminio de los judíos; ha remarcado la participación de los alemanes ‘corrientes’, afables padres de familia y buenos vecinos por lo demás, gentes completamente normales (como reza el título de un libro de Christopher R. Browning, que constata también la cooperación -de manera voluntaria, desprendida, ‘generosa’- de muchísimos alemanes “del montón” en la empresa nacional del Holocausto), en todo lo que desbrozó el camino a Auschwitz. Estos alemanes corrientes, lo mismo que los cosacos de Apanassenko, torturaron y mataron a sangre fría, sin que nadie los obligara a ello, sin necesitar ya el empujoncito de una ‘orden’, deliberadamente, en un gesto supremo, y horroroso, de docilidad -seguían, sin más, la moda de los tiempos, se dejaban llevar por las opiniones dominantes, calcaban los comportamientos en boga, se apegaban blandamente a lo establecido... No es ya, como solía decirse para disculpar su aquiescencia, que ‘cerraran los ojos’ o ‘miraran hacia otra parte’ -eso lo hizo, mientras pudo, Babel-: abrían los ojos de par en par, miraban fijamente a los judíos que tenían delante, y los asesinaban. Es un hecho ya demostrado, por Goldhagen, Browning y otros, que estos homicidas no simpatizaban necesariamente con la ideología nazi, no eran siempre funcionarios del Estado (policías, militares,...), no ‘cumplían órdenes’, no alegaban ‘obediencia debida’: eran alemanes corrientes, de todos los oficios, todas las edades y todas las categorías sociales, hombres de lo más normal, tan ‘corrientes’ y ‘normales’ como nosotros; gentes, eso sí, que tenían un rasgo en común, un rasgo que muchos de nosotros compartimos con ellos, que nos hermana a ellos en el consentimiento del horror e incluso en la cooperación con el horror: eran personas “dóciles”, misteriosa y espantosamente dóciles. Toda “docilidad” es potencialmente homicida...

 

     Aquellos jóvenes que, en un movimiento incauto de su ‘obediencia’, se dejaron “reclutar” y no se negaron a realizar el Servicio Militar, cuando la ‘objeción’ estaba a su alcance, sabían, ya que no cabe presuponerles un idiotismo absoluto, que, al dar ese paso, al erigirse en “soldados”, en razón de su ‘docilidad’, podían verse en situación de disparar a matar (en cualquier ‘misión de paz’, por ejemplo), podían matar de hecho, convertirse en asesinos, qué importa si con la aprobación y el aplauso de un Estado. La “docilidad” mata con la conciencia tranquila y el beneplácito de las Instituciones. Goldhagen lo ha atestiguado para el caso del genocidio... En general, puede concluirse, parafraseando a Ciorán, que la ‘docilidad’ hace de los hombres unos “aspirantes taimados a la dignidad de monstruos”.

 

 

 

          

 

 

 

 

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