El espíritu de la fuga

Fotografía de Pedro García
Olivo, 2004.
Presentamos las
primeras páginas de El espíritu de la fuga, obra en proceso de
re-elaboración:
0)
“Yo,
Antonin Artaud, que tengo cojones en el coño, os los puedo decir: con copular no basta”. He aquí una frase
condenada a perseguirme a través de los años, destinada a acompañarme (si es
verdad que la persecución no se conjura más que como compañía) de país en país,
de lenguaje en lenguaje, de costumbre en costumbre, como de misterio en
misterio e incluso de caída en caída, hasta el desmayo inconcebible de la
voluntad de saber. Y, junto a ella, el recuerdo de lo que un día llegó a
escribir el viejo, muy viejo, Van Gogh: “Queda siempre la sospecha de no
encontrarse en la verdadera vida, y el pensar que más valdría trabajar en la
carne misma que en el yeso o en el lienzo”.
Sensualidad y creación: las dos riberas de un único río, profundo como
el horror; las dos orillas de una poderosa corriente que apenas sabemos nombrar
y mucho menos describir. Y, de una costa a otra, como el abrazo impensable de
las playas, un puente precario desde el que siempre es posible arrojarse de
cabeza. Toda la vida corriendo de un extremo a otro, sintiendo en cada margen
la nostalgia de la opuesta y hasta su necesidad. Y, de vez en cuando, tentando
lo prohibido, detenerse en medio del puente, pensar que desde allí se participa
del auxilio de las dos riberas y que se está más cerca del enigma de las aguas.
Sentir entonces que la posesión de los dos extremos en nada se distingue de su
pérdida; y que cuando se apacigua la guerra de las pasiones queda en el aire no
sé qué extraño olor a muerte, una muy temible invitación a la renuncia y a la
asfixia... Volver a correr de nuevo, de orilla a orilla, sin descanso ni
esperanza, hasta la noche estrellada en que, bajo la paz de la luna, se
desplome el puente como se yergue un ciprés y, en la misma caída, se
reconcilien -de una vez y para nunca- todos los contrarios. Creación y
sensualidad.
*
NOTA N.º 1: ¿UN
LIBRO ESCRITO “A DOS MANOS”?
Quien toma en este momento la palabra
no es (circunstancia que debe quedar clara) el autor del libro: me llamo
Ernesto Figueroa, y redacto estas notas diría que “por encargo”. Como sabréis,
Víctor Araya, el hombre que concibió hace años El espíritu de la fuga,
dotándolo de ese curioso “capítulo 0” que acabáis de leer, mi muy recordado y
querido amigo, ha desaparecido. Lo había anunciado en más de una composición (“al final me iré, desapareceré entre
vosotros, como todos mis personajes”, señaló, verbi gratia, en El cuento del Peligro); pero, en
verdad, cuantos de un modo u otro configurábamos su círculo de afinidad y de
afecto -sus “compañeros”, cabría suponer- tendíamos a no tomárselo muy en
serio. Víctor era, o es, de esa clase de hombres que, si bien nunca bromean,
por alguna inefable razón apenas consiguen que demos crédito a sus palabras.
Todo lo suyo (los avatares de su existencia, sus opiniones, su carácter,...)
linda con el disparate; sabe, por así
expresarlo, a locura... Y él era plenamente consciente de ello, como corrobora
el siguiente pasaje de La carta extraviada:
“Entre
la razón y la locura hay un tabique muy fino. Nunca me importó estar de un lado
o de otro. A menudo, me he sentido exiliado de ambos mundos. Pertenezco al
reino de los que, sin estar locos, no pudieron ser cuerdos”.
Pero lo cierto es que ha desaparecido; y no
sabemos discernir muy bien el significado de esa terrible locución. ¿Se refiere
meramente a que, sin previo aviso, ha emprendido un viaje, un periplo dilatado
e insolente pero redimible por la penitencia del retorno? ¿Insinúa, a su
manera, que se ha ocultado, que se ha escondido del mundo o que nos ha escondido de su mundo? ¿O, por el
contrario, arrostra una sugerencia de muerte, una indicación de asesinato o
suicidio? Yo albergo la sospecha de que Víctor no se ha quitado la vida -el
suicidio se me antoja un acto demasiado inapelable, demasiado ‘cartesiano’,
para su gusto: el amaba (prefiero escribir “ama”) Lo Indeterminado. Casi me
temo que mi amigo ha decidido renacer
en el enigma de alguna tierra nueva, tentar lo impredecible una existencia
segunda. Y, para mudar desaforado la piel, para deshacerse y devenir “otro”, ha arrojado alegremente por la borda
-lo cual constituía para él casi un hábito- todo cuanto percibía como lastre,
todo lo que consideraba ‘secundario’, ‘superfluo’, ‘accesorio’: su mujer, su
hijo, su trabajo, sus amigos...
Semanas antes de “desaparecer”, Víctor me
remitió este libro, El espíritu de la fuga, que yo ya había leído tiempo atrás y
que le había ‘comentado’ por carta, explicitando las razones por las que, en
conjunto, no me atraía. Mi amigo sabía, pues, que yo no le encontraba a su obra
el menor sentido y que no lograba hacerme con el criterio de su valor. Y esta
contingencia (mi dificultad para terminar de creer en él como escritor) motivó,
con toda probabilidad, que se decantara por mí, precisamente por mí, para el
papel de su albacea literario. Y es que a Víctor le desagradaba “gustar”:
manteniendo un concepto negativo de la mayor parte de las cosas de este siglo,
le parecía ‘intolerable’ que cupiera la felonía de hablar o pensar bien de él.
Se representaba a sí mismo como un aspirante a maestro en el arte difícil de no persuadir a nadie, de no convencer de nada, de no granjearse
simpatías instantáneas, de no suscitar admiración. No es banal que para su
primera publicación, un trabajo brutalmente autobiográfico, eligiera, en
referencia a su persona, el siguiente título: Un trozo de hueco.
Junto al libro, me envió unas cuartillas (de
esas que emborronaba por los montes, mientras conducía el ganado) con una
peculiar “petición”: que me hiciera cargo de esta novela; que la astillara con una serie de ‘notas’ en
las que habría de verter mis opiniones, a modo de comentarios, siempre siendo
sincero, sin escamotearle ninguna crítica; y que, finalmente, procurara
editarla en España, ya que él, por estar a punto de inaugurar “una
misteriosa odisea interior” (transcribo sus palabras), se vería por
siempre imposibilitado de hacerlo.
Y aquí me tenéis, componiendo
esta primera nota, un tanto ‘introductoria’, con toda la torpeza de un
individuo que nunca ha sentido la pasión de la escritura y sólo puede aspirar a
expresarse claramente, ojalá que con no muchas incorrecciones. Pido por ello
disculpas al lector, que deberá soportar estos molestos “paréntesis”,
redactados, para más inri, con un estilo no sé si rudimentario o abominable.
Pero así lo ha demandado Víctor Araya; y yo he estimado que, como viejo amigo
suyo, cómplice en tantas cosas, debía acceder sin más a sus deseos...
¿Cómo voy a organizar estas
“intervenciones”? ¿Sobre qué asuntos gravitará mi discurso? Por un lado,
pretendo atenerme escrupulosamente a la voluntad expresa de Víctor; y, en
efecto, le voy a astillar el texto
con un conjunto de observaciones en torno a la naturaleza, contenido,
implicaciones y estructura de su obra -un ramillete de “críticas”, de
“reconvenciones”, pues, como ya he dicho, siento una enorme desafección hacia El
espíritu... Pero, por otro, y acaso movido por una necesidad interior,
por una exigencia íntima, aprovecharé esta circunstancia de tener que escribir
para bucear un poco en la producción de Araya, para rastrear en su universo
narrativo, buscando alguna pista, algún indicio, de las razones y del sentido
de su “desaparición”. Quiero convencerme ante
vosotros de que no está muerto. Resulta que este escritor (igual que he
puesto “escritor” hubiera podido apuntar “ganadero”, o “profesor”, o
“delincuente”,...), estrafalario en mi opinión, harto despiadado como persona,
un tanto cruel, ha sido para mí, al mismo tiempo, durante un período complicado
de mi vida, y a pesar de todo, casi como
un hermano. Quienes hemos llegado a
apreciarle (cosa nada fácil, pues su compañía, pinchosa y desapacible, pocas
veces la preferíamos a su ausencia) nos negaremos siempre a contemplar la
hipótesis del suicidio. Estaba demasiado loco para matarse... Un hombre que
renuncia a la condición de funcionario, y abandona su plaza de profesor para
ganarse la vida como cabrero en una
aldea deshabitada de alta montaña; que, ya antes, había desertado de su país, afincándose por varios años en la Hungría del
socialismo tardío, donde reivindicó el delirante estatuto de “refugiado
existencial” (perseguido de manera difusa
pero implacable, alegaba, por los modos de vida y las disposiciones de
conciencia del Capitalismo); que, así como huyó muy joven de la morada de sus
padres, se fue después, siempre de forma sorpresiva, intempestivamente, de la
casa que compartía con esta o aquella mujer, su amiga, su compañera o su
esposa; un hombre tan habituado a las rupturas, a las separaciones que
desgarran, a los cambios expeditivos de rumbo, no tiene necesidad de quitarse la
vida para ‘escapar’ de nada - sabe escapar de
verdad, se atreve a huir, sueña con volver
a nacer en otra parte... Recuerdo, a propósito, un párrafo de su libro El
Irresponsable, en el que se condensa, además, toda esa mítica de la Fuga que Araya construyó y
demolió muy temprano, casi por un mismo movimiento reflexivo, y que pugnó
después, de vuelta ya de toda complacencia, por rehabilitar; idolatría de la Huida que cultivó
apasionadamente durante algunos lustros, mientras el romanticismo de su
juventud atizaba su voluntad de lucha, y que todavía restauró, aunque esta vez
desarmado de pasión -como por un mero dictado de la nostalgia-, en los años de
la madurez insuperable:
“El
Esquizo huye. Huye de cada figura para caer en todas las demás, para acabar con
todas las demás. Es lo que destruye
al destruirse, y evita los lugares de complicidad al instalarse en ellos sólo
por un momento y partir de nuevo hacia ninguna parte. Al borde siempre de
cualquier cosa, huye de sí mismo tanto como de los otros: por eso, no se tira
de los cabellos, no se queja, desconfía de los que sufren y se entretiene en
los desniveles de la risa. A los que
dicen que huir no es valeroso, responde: ¿Quién no es fuga? El valor radica más
bien en aceptar el huir antes que vivir quieta e hipócritamente en falsos
refugios. Es posible que yo huya, pero a lo largo de toda mi huída busco un
arma.”
Se trata, en realidad, de un fragmento
“robado” (de una cita clandestina),
práctica corriente en los trabajos de Víctor: solía decir que todos los libros
eran cadáveres a la intemperie, y que a él, como escritor desaprensivo, le
encantaba “carroñearlos”.
¿Hay que ser, ciertamente, capaz de la
crueldad, hay que tener un hueco en el lugar del corazón, para concluir que
también la mujer que te ama y el hijo que te necesita constituyen un falso refugio, el escenario de una
vida quieta e hipócrita, y, en
consecuencia, emprender la huida como quien busca
un arma? Si Araya vive -casi me lo temo-, se ha debido permitir esa
crueldad... Por abandonar sin explicaciones a sus seres queridos nos lleva a
pensar que es un desierto lo que ha estado progresando estos años bajo su
pecho, o que no son humanos los latidos de su corazón. ¿O le asiste una razón?
¿O ha tenido que sacrificarlo todo para salvarse? ¿O se consume hoy mismo en
una mazmorra del dolor? ¿O camina de nuevo del brazo de la locura? Quiero
husmear en las cosas de Araya para ver si estas preguntas hallan todavía
respuesta. Mis “notas” serán como una crónica de esa búsqueda... ¿Qué es lo que
he tenido por amigo, podría decir por hermano, durante tanto tiempo? ¿Un
monstruo? ¿Un enfermo? ¿Una víctima? ¿Un fugitivo?
Os dejo ya con la novela de
Víctor, ambientada en aquella Budapest del socialismo real que tanto amamos y
tanto odiamos. Dado su carácter “autobiográfico” (este es uno de los rasgos de
la escritura de mi amigo: el poco lugar que deja para la imaginación), y puesto
que en esta ciudad y en aquel tiempo nos conocimos, yo, Ernesto Figueroa,
profesor universitario, exiliado chileno, militante comunista, aparezco de vez
en cuando por sus páginas, si bien con un nombre falso -el de Juan Contreras.
Víctor se esconde también, como acostumbra, bajo un pseudónimo, el de Pedro
García Olivo, nombre y apellidos con los que firma todas sus obras. Extrañamente,
los demás personajes de la novela, seres de carne y hueso con los que me
codeaba frecuentemente por las calles y tugurios de esta ciudad, a uno y otro
lado del Danubio, conservan su verdadera identidad.
He aquí, en fin, la obra de un hombre
atormentado, de un espíritu anárquico -un evadido de la Razón que jamás supo
librarse de sus propios demonios, de sus propios fantasmas, y que, quizás por
eso, a nadie hizo más daño que a aquellos que de verdad aprendimos a estimarle.
¿He aquí, y en virtud de estas periódicas
intervenciones mías, “un libro escrito
a dos
manos”?
1)
Para la
tarde que daba término a mis primeros tres meses de estancia en Budapest,
abocándome a un corto período de trabajo en España, los latinos habían
preparado una Fiesta de Despedida. Se corrió la voz tal se extiende el pánico,
y los náufragos de la fuga impracticable se aferraron a la promesa del alcohol
como a los mástiles de sus navíos deshechos. Temía aquella reunión. Las escenas
de desesperación creciente que habían emponzoñado las últimas fiestas
universitarias sugerían un malestar indecible y casi una sed de tormenta en el
corazón de más de un latino...
Miguel, el
mejicano, se me representaba como un polvorín andante, resuelto a buscar sin
tregua la liberación de la chispa y del incendio. En la madrugada del sábado
anterior, irrumpió borracho en un cuarto de húngaras y empezó a desnudarse
ofensivamente, hasta que, ante la sorpresa de las muchachas horrorizadas, se
desplomó como una ilusión endeble, no dejando de su propósito más rastro que
unos calzoncillos a medio bajar y unos pantalones enredados en los tobillos. Y
días después, quizás aún embriagado, insultó públicamente, en un partido de
futbol, al equipo palestino -que esperó, no obstante, a la conclusión del encuentro
para lanzarse sobre él y apalearlo brutalmente... Los latinos no reaccionaron
en aquella ocasión (y apenas hablaron de vengar
el ultraje), porque sabían que Miguel se había ‘ganado’ la paliza. Y el oscuro
mejicano, en sus momentos sobrios, se afanaba en esconderse de todo el mundo,
avergonzado y hasta desconcertado por su propio comportamiento. Creo que, como
no se reconocía, sentía terror de sí mismo y luchaba por reencontrar una serenidad,
no sabía cuándo ni por qué, peligrosamente extraviada. Pero era ésa una guerra
que tenía perdida de antemano, pues, siendo él, simultáneamente, los dos
antagonistas y el escenario mismo de la batalla, de ningún modo podía evitar
sufrir en su propia piel la devastación de un conflicto tan arrasador; y el
temible animal de los abismos que finalmente imponía, sobre los restos de su
espíritu escindido y los campos sembrados de sal de su cuerpo maltratado, la
más cruel de las tiranías, parecía nutrirse precisamente, como se alimentan las
ramblas del encarnizamiento del hielo en la roca, de los despojos de aquella
interminable contienda.
El
Panameño se prodigaba cada vez más en sus impúdicos asaltos (vaciaba, sin piedad, las neveras colectivas de los empobrecidos
estudiantes húngaros); y durante los últimos días se le había visto vomitar
varias veces, en diferentes aposentos, sin salir nunca de la misma -eterna-
borrachera. Víctima culpable, como tantos otros, diríase empeñado en demostrar,
a quien quisiera seguir de cerca su agonía, que, aún más que la pobreza, el
dolor corrompe, degrada, inmoraliza. Y, de igual modo que un célebre asesino
francés se permitió apuntar a su verdugo:
“hubiera querido ser rico para poder ser bueno”, Pana, nuestro amigo, con
el lenguaje atroz de sus asaltos y de sus vómitos no hacía más que repetir, una
y otra vez, algo todavía más simple: “mi
dolor mata”.
También
Bety, la húngaro-cubana, andaba nerviosa, harta de visitar La Vaca -como llamábamos a la bodega o sala de tertulias
turbulentas en que se había convertido mi habitación- en demanda de una
copulación que, sin duda por el exceso de sus grasas, los hombres de momento le
negaban. Y, al rehusar su insistente ofrecimiento, contrariaban (sólo
superficialmente) la opinión añeja de su propio refranero, que para estos casos
solía decir: “en tiempos de guerra,
cualquier hoyo es trinchera” o, incluso, “para limpiar la cuadra, no hay escoba que no valga”.
Y, como
después descubrí, peor era todavía el estado de otros latinos, desmoralizados
por el final desastroso del curso (que podía significar su expulsión del país
o, en otras palabras, el enclaustramiento indefinido en la lobreguez del Tercer
Mundo) y empujados a un callejón sin salida por el círculo vicioso de la
segregación y de la auto-marginación...
Por
aquellas fechas, en las que mi relación con Boglarka tendía a normalizarse, de
ninguna manera me interesaba revisitar dramas ajenos, complicándome la
existencia con problemas irresolubles. Tenía bastante con mantenerme permanentemente
alerta en ese mundo de la amistad instrumental -o del lenocinio inadvertido,
como se prefiera- y de la difícil comunicación. Conocía las historias de las
húngaras que se habían valido de la ingenuidad de los occidentales para, en
nombre del amor y hasta del matrimonio, con una frialdad de nieve en la
inteligencia, arrancarles un simple billete de avión, la esperanza de viajar al
extranjero o unas cuantas veladas en los restaurantes de lujo de la ciudad...
Había tratado personalmente a una joven que no dudó en casarse con un francés,
después de representar toda la comedia del amor eterno y de la fidelidad, para
alcanzar de ese modo el litoral atlántico y embarcarse clandestinamente rumbo a
Sudamérica, abandonando en dicho instante al hombre que le sirviera de mero
medio de transporte. Y era amigo de un chileno exiliado que perdió a la húngara
madre de sus hijos el día en que aterrizó en el aeropuerto de Santiago: allí
mismo, un húngaro esperaba, ebrio de emoción, a la mujer que, para reunirse con
él, fue capaz de sostener, durante cinco años y con otro hombre, toda la
mascarada burguesa del amor conyugal y de la maternidad responsable.
Por otro
lado, sobraba con caminar por la Vaci u.
para cruzarse con un trío demasiado significativo: el árabe acomodado por el
poder de sus dólares, arrogante y repelente; su perro de raza, estúpidamente
majestuoso, como reflejo del porte de su amo; y, completando la “bella”
estampa, una húngara soberbia, provocativamente ataviada como corresponde a un
objeto sexual de lujo que se exhibe para suscitar admiración y envidia. Si el
árabe retumbante veía en ella, como solía confesar, una especie de prostituta
barata, en régimen de dedicación exclusiva, que se entregaba por completo y
cobraba únicamente, y casi con timidez, en invitaciones a cenar, paseos en
autos de importación o medias de marca (un bien de consumo, pues, fabricado en
serie y, por tanto, inmediatamente sustituible); para la húngara, su exótico
amante representaba la eventualidad de penetrar, aunque sólo fuera por una
temporada, en la magia de los mundos inalcanzables, rebosantes de caros
placeres y sofisticadas emociones. Sin embargo, por debajo de ese acuerdo tácito (a veces opaco,
innombrable siempre) corrían, como moneda común, devaluada pero imprescindible,
sancionando la transacción y enmascarando el intercambio, todos los discursos
del Amor, todas las poses de la Ternura, todos los gestos de la Pasión...
Por
supuesto, no me preocupaba la valoración ‘moral’ de tales comportamientos, que,
como es sabido, tenían mucho que ver con
las condiciones materiales de vida de la población húngara y con la
relajación progresiva de las inhibiciones sexuales; pero me obsesionaba la idea
de que también yo podía estar siendo
utilizado bajamente, de forma casi alimenticia.
Experimentaba, pues, una sensación que sólo consigo definir como “miedo
a la amistad”, bajo todos sus modos y, especialmente, en el caso sublimado del
amor. Un viejo profesor de la Facultad me lo advirtió: “no te eches muchos
amigos, porque, si lo haces, vas a tener que alquilar un ómnibus para
llevártelos a España”. Y este profesor me acompañó, en más de un viaje, hasta
mi ciudad natal, esa Murcia sureña, destartalada e incluso fea, ilustrando así
su propia -augural- advertencia...
El hecho,
aparentemente extravagante, de que me hubiera instalado en Budapest para no
tener que trabajar (es decir, para procurar escribir) determinaba que tanto la
comunidad latina como la húngara viera en mí algo parecido a un potentado. Y
ello no sólo me abría, de par en par, las puertas de la amistad: con mayor
facilidad, aún, despejaba las sendas, a menudo fragosas, del corazón y de la
sexualidad.
Por todo
esto, mi relación con Boglarka tomaba el aspecto de un experimento, como se me
antojaba un observatorio la habitación que con ella compartía -enfrente mismo
de La Vaca, mi cuarto asignado.
Deseaba descubrir en qué medida el componente ‘funcional’ de la relación con el
extranjero trastornaba la naturaleza de la amistad y la hundía en el légamo del
más descarnado parasitismo. Cabía la posibilidad de que la vinculación amical
no apareciera, en esta parte del globo, sólo como esa mentira piadosa que de ella ha hecho la pequeña burguesía de
Occidente, sino que revistiera además -por el juego de las carencias y de las
opresiones- la forma de una terrible y ambagiosa amenaza, de un peligro
inconmensurable, desconocido, inaudito. Mucho más que un legado histórico: una venganza...
“Mientras
vivas en esta tierra, cuídate de nosotros, tus
compañeros, aún más que de tus enemigos -ya que mejor que nosotros nadie
conoce tus flaquezas, y de tus flaquezas destilamos, como amigos y ante tus
ojos, el licor que alivia nuestras penas. Y ponte a salvo del afecto de quienes frecuentamos tus
cosas, pues la vida nos ha enseñado a amar sólo aquello que todavía se presta
al saqueo y, en nuestra voracidad, somos capaces de exprimir hasta lo indecible
esa generosidad tuya tan imprecavida (arrojándote después, como juguete roto y
sin encanto, al basurero más próximo). Protégete de nuestra ternura, y hasta del buen corazón
que supones nos anima, si quieres guardar tus dones para compartirlos con
quienes nada esperan ya de ti; y huye de nosotros, los pobres y los
atormentados, pues, como alimenta el mendigo sus propios piojos, así encarroñamos
de pesadumbre nuestro espíritu vengativo, y, conservando el poder de
contagiarte, ni siquiera somos libres de evitar tu explotación”: este era el
mensaje que mi imaginación creía leer, día tras día, en los ojos de mis
compañeros, en sus silencios y hasta en sus sonrisas.
Por eso
“temía” aquella Fiesta, y procuraba buscar excusas para evadirme por alguna
rendija. Mas la comunidad latina parecía exigirme la presencia, no tanto en
nombre de la amistad como de la solidaridad con los desesperados. Mi “Despedida” sería sólo un pretexto para
el escape y la descarga, pero necesitaban que yo (consciente o no, esto no
importaba) sostuviera la Farsa. Y, de alguna manera, sabían que era mi
obligación esforzarme por estar a la altura de aquella mentira... Cuando se
entra profundamente en un mundo, y en él se arraiga, comienza a compartirse
también un código inarticulado, vago y concreto a la vez, que sería suicida
transgredir y de cuya inviolabilidad depende la seguridad del grupo. Ese código
me decía, con todo el patetismo y la visceralidad de su mandato, que, aquella
noche, debía aceptar, por mi bien y por el de los demás, la extraña condición
de recluso de mi propia Fiesta.
Pasé toda
la tarde con Boglarka, en mi puesto de anfitrión forzado y sustentador
reticente de “La Vaca”, abrigando la secreta esperanza de que la Fiesta,
iniciada muy temprano, casi al filo del mediodía, concluyera antes de la
madrugada. Pero no fueron muchos los que simplemente entraron y salieron,
bebiendo algún trago de vino y dejando pequeños obsequios como muestra de
afecto -en realidad, sólo un grupo de cuatro o cinco mujeres, tal vez asustadas
por el ambiente que se estaba creando, ambiguo e irrespirable: un ambiente
absurdamente duro de alcohol sin
límite, grávido de propósitos inconfesables y sugeridor de un final terrible,
como se percibía sobre todo en la hondura de los silencios y en la oblicuidad
de las miradas. La húngara me besaba sin cesar, ya que, no entendiendo nada de
las conversaciones entrecortadas, intuía que ése era su papel en la Reunión. Y
yo bebía nerviosamente, ni poco, para poder moverme entre aquellas gentes
inquietas con su misma “tensión” y sin ninguna cobardía, ni demasiado (porque
sabía que, para evitar la crisis total, debía retener un punto de lucidez, y me
convenía controlar de alguna forma la situación si deseaba asegurar un rato de
intimidad con Bogui).
Había
llegado esa mañana, procedente de Varsovia, según decía, un peruano de mediana
edad, sin más carta de presentación que un pequeño cargamento de vodka. Nadie
sabía, con exactitud, qué le había traído a Budapest; pero, como se mostraba
extraordinariamente generoso a la hora de compartir el licor, inmediatamente se
le abrieron las puertas de nuestro círculo. Conforme se embriagaba, repetía una
y otra vez, risueño tal un infeliz, que él, “porque no comía mierda”, viajaba
siempre en su propio automóvil; y hacía sonar, como si, cara al enemigo y en el
preámbulo de algún opaco combate, ondeara al viento su bandera, el triste
cascabel de un manojo de llaves. Y una griega calva, célebre en el Colegio por
llorar entre gritos desgarradores al hacer el amor, mujer ruidosa de todos y de
nadie, a la deriva lúbrica casi desde siempre, se presentó, puntual, con un par
de botellas de coñac yugoslavo. La acompañaba su novio de antes de la caída del
cabello, un anarquista enfermo de literatura política, recién llegado de Grecia
y, consecuentemente, todavía un tanto desconcertado por aquella carnavalesca
vida estudiantil, difícil y monótona en su vacía espectacularidad... Pana, que
se había encargado de anunciar la velada y de reunir el alcohol, correteaba
medio borracho por la habitación; y Miguel, en plena recuperación de su último
acceso de oscuridad, disponible por tanto para un nuevo estallido, descansaba a
mi lado, con toda la impenetrable seriedad de los ídolos aztecas reflejada en
su semblante, no sé si agónico o devastado. Con nosotros desde la hora del
almuerzo, Bety, melancólica, bebía en silencio. Y Roy, mi mejor amigo, también
andino, desertor del narcotráfico y, pese a todo, más íntegro que los demás,
abrazado por su compañera checa, completaba el núcleo básico de la Fiesta. De
su capacidad de apaciguar a los
latinos, sobre quienes ostentaba una indiscutible autoridad moral, dependía el
desenlace de la Despedida. Sin embargo, el diablo que, en sus palabras,
“llevaba dentro” parecía ese día haber tomado las riendas de su voluntad y
asomaba amenazante en el raro brillo de sus ojos, ávidos de exceso si no de
caos.
En torno a
estos personajes pronto se congregó un espolvoreamiento de pequeños bebedores,
charlatanes y bailarines, que, acomodándose animadamente por los rincones,
hicieron subir la temperatura de la reunión. No hacía falta que yo los
conociera: el simple dato de su condición
latina les daba pleno derecho a invadir mi habitación. No estaban allí
contra mi voluntad, pero sí al margen de ella. Obedecían a la lógica de las
Fiestas Latinas, y al código del gueto que constituían, más que a la formalidad
de una invitación o al accidente de una previa presentación. Y esa lógica de sus fiestas me obligaba a embriagarlos
primero, como agradeciendo su visita, y a ponerme después a cubierto de su
peculiar desatino, conocedor de los riesgos que corría... Monstruos en potencia
(la mayor parte de ellos), acampaban en mi cuarto con toda la desfachatez de
las aves de rapiña, y daba la impresión de que se contemplaban los unos a los
otros con el mórbido interés de los buitres vigilándose ante un cadáver inmenso
y apenas putrefacto. La necesidad los hacía despiadados; y, porque habían
sufrido, no sentían más que desprecio por las víctimas de sus desmanes...
Enseguida
se inundó la sala de esos ritmos latinos que, a un tiempo, tanto me interesaban
y repelían: compases mecánicos bajo cuya sensualidad, más bien obscena y casi
nunca envolvente, la música se traicionaba como arte y devenía componenda
propiciatoria de un moderno ritual de apareamiento. Y así como, según algunas
interpretaciones, el hombre primitivo se representaba, en sus pinturas, dando
muerte mil veces al animal que, tal vez al día siguiente, esperaba cazar, así
los latinos escenificaban en sus bailes, ignoro si excitantes, las innumerables
variantes del acto de la fornicación, con la cavernosa esperanza de hechizar, o
cautivar, al acompañante y, ocluidas sus mentes en el encantamiento de la
danza, ingrávidas y hasta irresponsables, hacer posible, a continuación, el
apareamiento que tanto ansiaban. Pero fallaba la magia...
Apagadas
las luces, yo tenía que proteger a Boglarka del asedio de mis mejores amigos,
que, al primer embate del alcohol -revolcándose en las arenas infectas de una
procacidad orgullosa, satisfecha de sí misma, y haciendo de esa desvergüenza
soberana casi una segunda piel, una coraza de perfidia-, tendían a desear sobre
todo a las mujeres de sus conocidos. Un peruano chiquito, de enervantes ojos
negros (ojos cargados de tragedia), intentó besar repentinamente a mi
compañera. Y creo que, ante su sorpresa y la mía, lo consiguió. Roy, mi
camarada, la sacó varias veces a bailar, con el firme propósito de -como solía
decir- “pedirle el culo”, desatando
sobre su cuerpo la inclemente pasión táctil de sus manos y ofendiéndola,
además, con el descaro de su grosera gesticulación. Bogui escapaba como podía
de la enredadera de sus brazos y buscaba, azorada, mi auxilio. Y yo me veía
forzado a contemporizar, estudiando la manera de no dejarme impresionar por
tanta deslealtad y despedirme de aquella desatraillada jauría, agredido pero no
retado, a la primera oportunidad. No me quedaba más opción: si me sofocaba,
caería sobre mí, fría como un fusilamiento, la befa de mis invitados, y si,
indignado, me enfrentaba a mis amigos, perdería entonces su apoyo y me
expondría sin aliados al eventual deterioro de la situación. Sabía que, en
estos casos, se accedía primero a la apariencia del infierno y sólo más tarde
al infierno verdadero; o, en otras palabras, que más allá de aquel infierno
aguardaba aún un horror de orden superior, insospechado, más temible que lo
temible, un horror que era casi parte de aquellas fiestas y de su inconcebible
subsuelo. Por eso me convenía mantener la calma, fingir cierta invulnerabilidad
en aquel universo crapuloso de marionetas decadentes y tragicómicas.
El peruano
chico atacó después a la griega; y, como ésta, presa de algún anhelo enfermizo,
no se le resistió, empezó a besarla devoradoramente, a un metro escaso de su
novio (quien, clavando en mí sus ensombrecidos ojos, y para disimular su dolor,
quiso y no pudo contarme algo acerca de su país). Un anarquista como él, que
tanto hablaba de no confundir el amor con la propiedad, no podía permitir que
los celos, infamantes como una boda por la Iglesia, conspirando con su
substrato irracional aún no dominado, coartaran la libertad de su compañera.
Sin embargo, sufría visiblemente -ante la indiferencia de todos y, en especial,
de su mujer...
El hombre
de las llaves y del vodka yacía en el suelo, cara a la pared, retorciéndose
entre espantosas convulsiones, como un toro en trance de descabello. Se diría
que vomitaba cieno... A borbotones fluía de su boca una sustancia oscura, densa
y maloliente, que, al esparcirse por la habitación, reunía en un mismo charco
los pies, cada vez menos ligeros, de los extasiados bailarines. Víctimas de
algún abandono radical, aquellos imperturbables danzantes parecían vivir
colgados de su música repetitiva, como penden, sin sentido, de un olvidado
tendedero, las ropas secas desde siempre, abrasadas por el sol enloquecido de
las siestas y hechas jirones por la furia de los vientos nocturnos:
“Cosecha de mujeres, nunca
se acaba;
cosecha de mujeres...”
No fue
fácil recostar (y mantener) en la cama a la primera baja de la Fiesta, que, como si escondiera un pantano en su
abultado vientre, amenazaba ya con encenagar por completo la sala. Al menor
descuido de sus vigilantes, recuperaba la verticalidad, alcanzaba a dar unos
pocos pasos en cualquier dirección, y zozobraba nuevamente... Entre caída y
caída, se comportaba como si el alcohol, simplificándole la realidad y proporcionándole
una percepción más profunda de los móviles y de las situaciones (verdadera en
su atrocidad), le hiciera no ver, a su alrededor, más que agujeros, cuerpos
horadados a consciencia para el placer de su miembro, extrañamente empinado
como un capitán de novela erguido sobre la proa de su nave, escrutando no se
sabe qué en el horizonte mientras la tripulación delira y la popa se hunde; por
eso se aferraba a cualquier cavidad, orificio de mujer, de hombre o incluso de
objeto, persuadido de que aquella Reunión no tenía otro fin que la descarga
seminal. Y antes de quedarse dormido, como todos ansiábamos, se atrevió aún a
pedir, con gestos ostensibles y en primer lugar a sus compatriotas, que se
apiadaran de él y lo socorrieran con una felación.
Cuando el
alcohol cegó por completo a Roy, volvió a dar rienda suelta a su propensión
orgiástica y, con los pantalones por las rodillas, se entretuvo en buscar el
culo de los bailarines, simulando aparatosas penetraciones. Renata, la checa
que lo mantenía a flote en aquella laguna insalubre de la eterna vida
estudiantil (siempre sucias, las aguas; y, además, desesperantemente quietas),
tuvo que movilizarse, sonriendo tristemente, para -con una expresión de
ingenuidad sin límite, o secreta y honda astucia- separarlo de los cuerpos a
los que se enroscaba y sacarlo del cuarto antes de que perdiera
irremisiblemente la cabeza. Algo habló con él, en el pasillo. Y en seguida
reapareció mi amigo, con otro gesto, devuelto al mundo de lo razonable,
anunciando, como un criminal arrepentido, que estaba muy cansado y se retiraba
a dormir. Era mi oportunidad... Sin Roy, la comunidad latina apenas me
importaba -y mi marcha ya no sería considerada tan ofensiva. En medio del
desquiciamiento colectivo, casi a hurtadillas, conseguí salir con Bogui de la
habitación y, tras recibir los inconsistentes reproches de Miguel y de Pana,
atravesar apresuradamente el corredor para encerrarme, como quien salva de
milagro la vida, en el cuarto de enfrente.
Eran mis
últimas horas en Budapest y, aunque pensaba regresar al cabo de un par de
meses, Boglarka quería que le aclarase si nuestra relación terminaba esa noche
o, por ser de otra naturaleza, entraba sólo en un paréntesis forzoso y debía
conocer ahora la supuesta angustia de la espera amorosa y el juego clásico de
la correspondencia apasionada. Yo tampoco sabía con precisión qué significaba
para ella; así que, como peculiar forma de despedida, y antes de hacer el amor
por última vez, agarramos un par de lápices y procuramos dibujar, de algún modo,
el sentido de nuestra relación -pues, como ni ella hablaba español ni yo
húngaro, sólo nos entendíamos a través de aquellos dibujos, a los que
agregábamos algunas pocas palabras en inglés.
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