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Fotografía
de José Enrique Lingán, 2003
"Entre la razón y la locura hay
un tabique muy fino. Nunca me importó estar de un lado o de otro. A menudo,
me he sentido exiliado de ambos mundos. Pertenezco al reino de los que, sin
estar locos, no pudieron ser cuerdos. Una fatalidad preside mi existencia:
brizna de hierbas entre adoquines, me agostaré en la soledad, donde
siempre, acuchillado de gentes, he inventado mi vida. No tengo nada que ver
con los hombres organizados. No labro mi sepulcro en ninguna institución. A
la sociedad le debo el pan y el odio; lo que ella me debe, se lo perdono.
Todo cuanto puede darme, está manchado de horror... Cuando era joven y
vivía sin consciencia, a salvo de los remordimientos y de la premeditación,
una consigna fortificaba mis días. Decía así: "Los Mundos Convulsos,
el Pensamiento Errante, la Vida Irregular; y Ahora Tú". Atravesando
hoy el umbral de mi primera vejez, de vuelta ya del candor de toda
consigna, me sujeto sin embargo a un texto que me acompaña como una esposa
-y que tú deberías haber sabido leer en mi forma de estimarte y rehuirte. Esto dice: "En relación conmigo, hay una
esperanza que cualquier persona tiene ya de antemano que dar por perdida:
la esperanza de poder dominarme. En segundo lugar, soy feliz". Hazte cargo.
Si hay algo terrible en mí, es mi franqueza. Y aunque en nada valoro la
bondad, no soy más que un hombre bueno. El hombre bueno hiere a derecha y a
izquierda. No desea dañar a nadie, pero tampoco puede remediarlo. Tiendo a
ser caótico -¿por qué habría de no serlo? ¿Qué es lo que tanto temes del
caos? Sé que te herí muchas veces. Tú jamás ofendes a nadie: ¿no habrás
nacido muerta, de padres que nunca han vivido? Lamento de corazón haberte
maltratado. Discúlpame. Los mundos que tú vives desde dentro y que forman
ya casi parte de tu piel; yo sólo los he vivido desde fuera, pero siempre
han formado parte de mi pesadilla. Estoy persuadido de una cosa: no vale la
pena perder el tiempo conmigo. No consentí que me enseñaran a ablandarme en
la amistad. A nadie hago la vida más fácil. No sabiendo mentir, mi compañía
molesta. Ni en sueños tengo un futuro que me quepa compartir con alguien;
ni en sueños una voluntad duradera con que tranquilizar al menos a los
demás. Vivo de paso; de paso por las tierras, por los hombres, por los
pensamientos... Dices que he perdido el rumbo, que no tengo adónde ir.
Quizás te equivoques. De todas formas, sí sé lo que llevo conmigo. Ebrio de
orgullo (recuerda a Baudelaire: "orgullo,
esa defensa frente a toda miseria"), suelo aludir a mis Cuadernos de
Notas, palpitantes en el fondo de una mochila siempre hambrienta de viaje,
con estas palabras:
"mis
alas son un hogar"
No me aflige pensar que nuestra
amistad (si eso fue lo que hubo) ha concluido. Mejor para ti. No te guardo rencor.
Un día te ganaste mi aprecio; y te sigo apreciando, aunque no vivamos la
misma realidad y sólo de incomprensión y miedo haya estado hecho nuestro
vínculo. Si hay caminos, desde el tuyo el mío no se ve.
Hasta
nunca".
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Pero, firmada por un hombre extraviado, la carta se perdió...
Pedro García Olivo
("La carta
extraviada", Revista Al Margen, n.º
30, Valencia, verano de 1999. Esta composición forma también parte de La
queja azur, proyecto narrativo inconcluso).
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