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Fotografía de José
Enrique Lingán, 2003
“Carta
abierta a los inventores de la felicidad -los funcionarios indignantes y acabados,
y particularmente el profesorado más que mezquino y en todo caso
irrelevante”.
(Esta composición constituyó inicialmente un pasaje de Un trozo
de hueco -capítulo 71, pp. 103-108-. En el número 31 de la revista Al
Margen apareció como texto independiente, autónomo, adoptando sin
embargo el título de la obra de narrativa publicada por Iralka:
"Un trozo de hueco".)
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Porque sé que no estáis preparados
para soportar a Heliogábalo, porque sé que os falta la fragilidad necesaria
para entenderlo, os lo voy a presentar, os lo voy a arrojar –como se arroja
un cuchillo ávido de resistencia. Os conviene protegeros de su legado,
ignorarlo, olvidarlo, incomprenderlo..., si en algo apreciáis vuestro
lamentable bienestar, vuestro sucio disfrute. Os conviene pasar esta página
como si no pasara nada. Y leer otros textos para enterrar mi palabra entre
otras palabras, para sepultar mi discurso entre otros discursos. Pero,
aunque sólo sea por un momento, os voy a obligar a escucharme. Aunque sólo
sea por un segundo, no vais a tener más remedio que temblar - o reír, o
disimular, o fingir, o actuar - ante la encarnación desmesurada de la
anarquía amenazante: Heliogábalo, el anarquista coronado que Artaud soñó
para estremeceros y agrediros, para guardaros las distancias y ponerse a
salvo de vuestra imbecilidad.
“Como emperador, Heliogábalo se comporta como un niño y un
libertario irrespetuoso. En la primera reunión un poco solemne, les
pregunta brutalmente a los grandes del Estado, a los nobles, a los senadores
en disponibilidad, a los legisladores de todo tipo, si también ellos han
conocido la pederastia en su juventud, si han practicado la sodomía, el
vampirismo, el sucubato, la fornicación con animales, y lo hace en los
términos más crudos. Desde aquí vemos a Heliogábalo maquillado, escoltado
por sus queridos y sus mujeres,
pasando en medio de los vejestorios. Les palmotea el vientre y les pregunta
si también ellos se han hecho encular en su juventud; y éstos, pálidos de
vergüenza, agachan la cabeza bajo el ultraje, ahogando su humillación.
Mejor aún, simula en público, y con gestos, el acto de la
fornicación. En esto hay más que una simple niñería, por supuesto. Está el
deseo de manifestar con violencia su individualidad y su gusto por las
cosas primordiales: la naturaleza tal cual es. Por otra parte, es fácil
culpar a la locura y a la juventud por todo aquello que, en el caso de
Heliogábalo, no es más que el rebajamiento sistemático de un orden, y
responde a un deseo de desmoralización concertada. En Heliogábalo veo no a
un loco, sino a un insurrecto. Su insurrección es progresiva y sutil, y
primero la ejerce contra sí mismo.
Cuando Heliogábalo se viste de prostituta y se vende por cuarenta
céntimos en las puertas de las iglesias cristianas y de los templos de los
dioses romanos, no persigue sólo la satisfacción de un vicio, sino que
humilla a la figura del monarca romano – y atenta contra el principio mismo
de la monarquía. Continúa además su empresa de degradación de los valores,
de monstruosa desorganización moral, eligiendo a sus ministros por la
enormidad de su verga. Esto no le impide en absoluto aprovecharse él mismo
de ese desorden, de ese relajamiento desvergonzado de las costumbres, de
hacer un hábito de la obscenidad; y de mostrar, obstinadamente, y como un
obseso y un maníaco, aquello que por lo general se mantiene oculto. “Había
proyectado en fin – dice el historiador Lampridio – establecer en cada
ciudad, en calidad de prefectos, a gente cuyo oficio sería corromper a la
juventud. Roma habría tenido catorce; y lo habría hecho si hubiera vivido
más tiempo, decidido como estaba a enaltecer lo más abyecto, y hacer
honorables a los hombres de las profesiones más bajas”.
Transformando el trono romano en un tablado, Heliogábalo introduce
al mismo tiempo en el trono de Roma el teatro y, por medio del teatro, la
poesía. Su pasión por el teatro y la poesía en libertad se manifiesta
especialmente en ocasión de su primer casamiento. A su lado, y durante todo
el tiempo que duró el rito romano, colocó a una decena de energúmenos
borrachos, que no dejaban de gritar: “Perfora, introduce”, ante el gran
escándalo de los cronistas de la época, que omiten describirnos las
reacciones de su novia.
Un extraño ritmo interviene en la crueldad de Heliogábalo; este
iniciado todo lo hace con arte y en forma doble. Quiero decir, en dos
planos. Cada uno de sus gestos tiene dos filos: orden-desorden,
unidad-multiplicidad, poesía-disonancia, grandeza-puerilidad,
generosidad-crueldad. Desde lo alto de las torres erigidas en su templo al
dios pítico, arroja trigo y miembros de hombres. Nutre a un pueblo
castrado. Indudablemente, no hay tiorbas, ni tubas, ni orquestas de
asesores, en medio de las castraciones que impone... Desde lo alto de las
torres se arrojan bolsas de sexos con la más cruel abundancia, en el día de
las fiestas del dios Pitio.
Da al pueblo todo lo que le interesa: PAN, y CIRCO. Incluso cuando
alimenta al pueblo, lo alimenta con lirismo, le suministra ese fermento de
exaltación que está en la base de toda verdadera magnificencia. Y su
tiranía sanguinaria, que jamás se equivocó de objeto, nunca afectó ni atacó
al pueblo. Todos aquellos a quienes Heliogábalo envía a galeras, castra o
flagela, los extrae de entre los aristócratas, los nobles, los pederastas
de su corte personal, los parásitos de palacio.
Se ensaña sistemáticamente, ya lo he dicho, en la perversión y la
destrucción de todo valor y de todo orden; pero lo que es admirable y prueba
la decadencia irremediable del mundo latino, es ver cómo, durante más de
cuatro años consecutivos y a la vista de todo el mundo, pudo continuar ese
trabajo de destrucción sistemática sin que nadie protestara; y su caída no
va más allá de una simple revolución palaciega.
Al poco tiempo de llegar a Roma, Heliogábalo echa a los hombres del
Senado y pone mujeres en su lugar. Nombra a un bailarín a la cabeza de su
guardia pretoriana, y sitúa en puestos de alta responsabilidad a un muletero,
a un vagabundo, a un cocinero, a un cerrajero. Trastorna el orden
establecido, las ideas recibidas, las nociones comunes de las cosas.
Realiza una anarquía minuciosa y muy arriesgada, puesto que se descubre a
la vista de todos. Se juega la piel, para decirlo en pocas palabras. Y esto
es cosa de un anarquista valeroso.
Si Heliogábalo pasa de mujer en mujer como pasa de cochero en
cochero, también pasa de piedra en piedra, de vestido en vestido, de fiesta
en fiesta y de adorno en adorno. A través del color y el sentido de las
piedras, de la forma de los vestidos, del orden de las fiestas, de las
joyas que se incrustan en su misma piel, su espíritu realiza extraños
viajes. Es aquí donde se le ve palidecer, donde se le ve temblar, en busca
de un brillo, de una aspereza a la que aferrarse ante la horrorosa fuga de
todo.
Es aquí donde se manifiesta una especie de anarquía superior, en la
que arde su profunda inquietud; y corre de piedra en piedra, de brillo en
brillo, de forma en forma, de fuego en fuego, como si corriera de alma en
alma, en una misteriosa odisea interior que nadie ha vuelto a emprender
después de él.”
Si todavía fueseis capaces del menor
movimiento creativo, os reconoceríais en posición de anarquistas coronados
-no como una opción, sino como una fatalidad se ha presentado siempre la
anarquía ante el creador. Y, como heliogábalos desplazados, abandonaríais
el espectáculo amañado de la lucha política moderna para convertir el aula
(o el cargo) en el teatro inquietante de vuestra propia disgregación. Pero
no se puede esperar tanto de quienes inventaron la felicidad para excusarse
del pensamiento -y, para no arriesgarse a crear, se entregan cada día a la
lógica indoblegada de la repetición.
Porque nada cabe esperar ya de vosotros
-no imagináis hasta qué punto el mérito de mi escritura se alimenta de
vuestra incapacidad para comprenderla-, puedo concluir hoy esta página con
el ánimo templado de quien se sabe "inútil, gratuito,
intempestivo". Un consejo, como despedida: más vale que retornéis al estrépito
vacío de vuestras ocupaciones cotidianas, y busquéis el alivio de esa
literatura claudicante que se os administra expresamente para cerraros los
ojos como se trepana un cráneo.
Pedro García Olivo
("Un trozo de hueco. Carta abierta a los inventores de la
felicidad -los funcionarios indignantes y acabados, y particularmente el
profesorado más que mezquino y en todo caso irrelevante", Revista Al
Margen, n.º 31, p. 13, otoño de 1999, Valencia. Esta composición puede
leerse asimismo en Un trozo de hueco, Iralka Editorial, Colección
Rara Avis, capítulo 71, San Sebastián, 1999. Para obtener "Carta
abierta...", contáctese con Al Margen (C/ Palma, 3.
Valencia-46003), con Iralka Editorial (C/Ametsagaña, 21, local 10. San
Sebastián 20012), o con el propio autor -véase página principal.)
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