
El husmo. Los filos reseguidos del dolor
Para la contraportada de esta
obra, uno de cuyos desarrollos fundamentales procede de un estudio de historia
oral sobre la lucha de los maquis antifranquistas en el Rincón de Ademuz, se ha
elegido el siguiente texto:
Husmo. (De husmar.) m. Olor que despiden de sí cosas como la carne, el
tocino, el carnero, la perdiz, etc., que ya empiezan a pasarse.
(Diccionario de la Real Academia)
Probablemente, existe en el horror un lado fatal, a un tiempo
irrevocable e ilegible, que nada tiene que ver con el mundo y la historia de
los hombres, un lado anegado en el misterio, en una oscuridad que ni siquiera
llega a ser densa (una oscuridad plana, lisa, acerada, irreducible al color e
inmune al tacto como la pesadilla de nuestra muerte); y un lado puramente
humano, en el que se refleja el monstruo que alimentamos en sociedad –la bestia
que somos ante el otro, y que nos devora como nos devora el otro-, todo el mal
del que nos tememos capaces, la Desgracia que quisiéramos contemplar o, al
menos, describir, aferrar con el garfio de las palabras.
Fragmentos de El husmo. Los filos reseguidos del dolor
Parágrafos finales:
6)
Rescoldo del coraje
En medio de un cierto abatimiento, sin fuerzas para perder las horas diseñando la arquitectura de una novela corta, de una historia convencional, bien trabada en torno a algún asunto, decido incluir sin más pretexto el relato de “El maquis” y abandonar este trabajo en su actual estado de inacabamiento, en la fase del taller. Incluso así, y a pesar de su esqueleto quebrado, ya da vueltas, sobrado de sentido y de inquietudes, en torno a un punto mayúsculo. O el husmo o el enigma de las luchas. La historia de Basiliso habla también de mi lucha, de la lucha de El Enlace, de la de Edgardo El Exiliado, de la de Juan y la de Cándido. Sabe, ese cuento, del “sopor de no hacer nada”: de la pasividad y de su husmo.
Rescoldo del coraje I: El maquis
Me
cuenta este anciano que al padre de Basiliso todavía se le recuerda en La
Pesquera por lo mucho que sabía de su oficio: “nació un burro sin culo, y él se
lo hizo”. Basiliso, más tarde apodado El Manco, se ganó también desde crío el
respeto de sus convecinos: “a trabajar, nadie le ganaba”. “En los bancales
siempre les sacaba a todos, en cualquier cosa que hiciera, más de una hilera de
ventaja”. Creció y se labró un cuerpo membrudo. “Como era buen mozo, las
mujeres lo festejaban a todas horas”. “Después se casó por lo legal, y quiso
montar una taberna con las pocas perras que le había arrancado a la tierra”.
Toda la muchachería le ayudó, pues parecía impulsarle un incontenible viento
del pueblo. Era como si la aldea se regalara a sí misma una cantina en la que
enjuagarse el sudor de cada día y ahogar sus penas de siglos. Un remolino de
mozos y mozas convirtió, en muy pocas semanas, la cambra de su padre, el médico
de cabecera, en un sencillo garito de labradores. El viejo que me relata esta
historia participó en los trabajos y amenizó la inauguración del local con su
guitarra y su cante. “A la postre aún iba los sábados por la noche a
entretenerle a la parroquia”.
Como casi todos los campesinos de la zona, El Manco quería la tierra
para el que la trabaja. Como algunos de ellos, los más audaces y los más
leídos, se decía de la CNT. Cuando, brincando el año 36, éstos y aquellos, los
que encarnaban las ideas y los que representaban el número, pudieron por fin
tocar la carne de su Sueño y el país se vistió de paraíso como una niña de
novia, Basiliso figuró al frente de la Colectividad de La Pesquera.
Lo
mismo que el cura y el cabo de la Guardia Civil, tembló de pánico el terrateniente
local. Pero El Manco era más amigo de la
vida que de las ideas, y su sed de venganza no se calmaba tanto con sangre
y luto como con sudor y penitencia. Por eso, cuando las ruidosas camionetas de
los milicianos exaltados, orladas de banderas rojinegras, irrumpían en la plaza
del pueblo y los camaradas de hierro le preguntaban, con ese extraño aire de
rutina enfebrecida, “¿quién sobra aquí?”, él respondía, henchido de firmeza y
de coraje: “Aquí no sobra nadie. Falta pan y faltan brazos, compañeros”.
Salvó así de la muerte al terceto de la crueldad destronada, pero no lo
libró del trabajo. La Pesquera, asombrada y divertida, pudo ver cómo el
cacique, su párroco y su perro de presa conocían por primera vez la fatiga de
los pobres y caían rendidos, como alazanes reventados, al declinar lentísima la
tarde. Era ésa sin duda la mejor bandera que podía enarbolar Basiliso, el mejor
resumen de su pensamiento, sumario pero preciso. Y, aún así, agradeció el
terceto al campesino, manco más tarde y también bandolero, que lo hubiera
salvado del paredón o el paseíllo.
Como se podría anotar, con el estilo arrobado de aquellos días, “se
tiñeron los campos de rojo, de rojo justicia y de rojo igualdad. Un sol
distinto y obrero, risa de los cielos repartidos, casi conquistados, bañaba de
luz virginal las tierras de todos y de nadie”. Pero no pudo durar el sueño.
Pronto fue un cadáver lo que tocaron los dedos campesinos. La niña vestida de
novia fue abatida por la espalda, y se encharcó en sangre su blanquísimo atavío.
Cayó la noche eterna sobre el Paraíso. Y regresaron los soles de antaño, gozo
del señor y azote del labriego. El rojo igualdad se trocó rojo ira y se
entristecieron para siempre los cielos, de nuevo fugados de la tierra.
El
Manco no huyó. Debió pensar que tampoco ahora sobraba nadie. Que faltaba pan y
faltaban brazos. Pero ya no tenía compañeros. Los camaradas ululantes que
desembarcaban en la plaza, entre un aterrador ondear de banderas impuestas, y
rojas y gualdas, eran otros, de aspecto más sombrío, mirada torva de despecho y
corazón de alambrada. El cabo y el cura no salían a su paso con la
resplandeciente energía del campesino... Sin firmeza y sin coraje, saboreando
aún una especie pérfida de temor que les hacía sonreír como sonríe un moribundo,
daban nombres y daban señas. Mas no hablaron de Basiliso. El Manco se encerró
en su casa como la libertad en el pasado. Lo encubrió el sacerdote que, como
una espada de Dios y para el bien de la Patria, había delatado a los más
audaces y a los más leídos. Y nada dijo, por aquel entonces, el amo
restablecido de las tierras y de los hombres. Como la voz de sus dueños, el
guardia civil mantuvo el secreto.
La
tríada de la crueldad restituida no obró así movida por un sentimiento de
compasión y gratitud hacia el anarquista caído de su cielo; en lugar de
salvarle la vida, prolongaba su agonía y lo torturaba con la infamia de aceptar
un auxilio de tan nefando origen. “Si vives, vives gracias a la inmundicia que
dices que somos, al desecho de humanidad que no enviaste a la muerte para no
ensuciarte las manos y que ahora te ensucia hasta el corazón, te ensucia hasta
el recuerdo que dejarás en las familias de esos otros que no están teniendo tu
suerte...”. Sabiéndose protegido por las fuerzas del horror y de la mezquindad,
como un Fausto débil que no vende su alma pero se la deja robar, El Manco
sufrió su trato de favor como la más sutil de las vejaciones. Y si no se
entregó, fue porque era más amigo de su
vida que de sus ideas; y presintió de algún modo que todavía no había dicho
su última palabra. Buscado por todas partes, Basiliso descansaba bajo el cerezo
de su huerto.
El
mismo día en que la prensa del Régimen le imputó sus primeras cinco muertes, “en
un encuentro con la Benemérita –decía la nota- cerca de su guarida en la Sierra
de Santerón”, El Manco fue visto por mi anciano confidente justamente debajo de
aquel cerezo, a más de tres jornadas del lugar de los hechos... “No le pude
decir nada porque no estaba solo y además él no quería comprometer a la gente
del pueblo, que ya había padecido bastante sólo por conocerlo y haber hablado
con él cuando lo de la Colectividad. Yo no supe que pensar ese día... Llevaba
mis ovejas por detrás de su casa, como otras veces. Oí ruidos y me empiné sobre
la tapia de su patio; y allí lo vi, tomando el sol, desnudo, en cueros, como
vino al mundo, junto al otro hombre, que no era de La Pesquera”.
Pero la policía del Nuevo Estado no tardó en columbrar la engañifa. Encerró
a medio pueblo. Arrestó asimismo, por unas horas, al cura y al cacique.
Trasladó o hizo desaparecer al cabo reo de negligencia y traición. La inocencia
maltratada apenas sí arrojó un vislumbre de la verdad. Fueron el amo del pueblo
y su abogado ante Dios quienes descubrieron el asunto.
Para entonces, Basiliso ya había sido alertado por un sobrino del
anciano que, entre pausa y pausa, también entre lágrima y lágrima, me desgrana
con toda meticulosidad esta historia. Medio ciego, no creo que perciba la tibia
fascinación que se enciende en mis ojos; pero me habla sin desconfianza, con el
aplomo de quien ya se sabe casi fuera de este mundo, justamente en la plaza del
pueblo, ante la casa del médico que le hizo un culo al burro y en cuya cambra
nuestro hombre montó su taberna. “Mi sobrino aún le llevó en carro a la
estación de Utiel, medio oculto, como había hecho con otros no tan marcados.
Allí Basiliso tomó un tren, y nunca más se le vio por aquí. De vuelta, mi
sobrino fue detenido por la Guardia. Murió en la cárcel... A mí no me hicieron
nada porque, aparte de lo del bar, no me encontraron ninguna relación con El
Manco”.
A
partir de ahí, mi informante enmudece. De las andanzas de El Manco entre los
guerrilleros se han ocupado los libros de historia y la publicística del
Franquismo. La literatura amarilla lo convirtió en un asesino desalmado, y la
ciencia de la historia en un maquis prototípico. De hacer caso a esta última,
Basiliso se habría erigido en un luchador contra la Dictadura –un insumiso que
de algún modo debería creer en las posibilidades de triunfo de su insurgencia,
o en su utilidad al menos, y que prolongaría así su largo batallar en favor de
los ideales libertarios... Esa es la versión de los historiadores, que anegan a
El Manco en un légamo de siglas y estrategias, directrices que vienen de fuera
y se siguen o no se siguen, agrupaciones guerrilleras, secesiones, disputas
doctrinales, etc.,... Pero nadie que esté en su sano juicio se tomará muy en
serio lo que esas gentes consumidas escriben para disimular su propio vacío y
justificar sus emolumentos. Por otro lado,
aún cuando hablan de Basiliso con sus medias palabras un tanto halagadoras, aún
cuando se diría que su adormecedor charloteo transfunde una simpatía tímida y
acobardada hacia el campesino, aún entonces, como saben desde siempre los más
audaces y los más leídos, trabajan en secreto para los enemigos de su antiguo,
bello, noble, olvidado Sueño –para el cura, el cabo y el terrateniente.
Me
sugiere mi anciano, casi como despedida, que tal vez Basiliso se hizo maquis
para salvar la piel, que era demasiado inteligente para no darse cuenta de que
todo estaba perdido; y que si luchó y mató, mató y luchó a la desesperada, más
como una alimaña acorralada que como un héroe o un fanático; que quizá se echó
al monte por no poder estar en otra parte ni con otra gente, y que una vez allí
haría lo que todos aunque sólo fuera para dedicarse a alguna empresa –la única
a su alcance- en lo que todavía le quedaba de vida condenada.
Antes que yo, otro recolector de historias de los maquis se detuvo en La
Pesquera. Y recogió este testimonio:
“En La Pesquera todo el mundo me habló bien del Manco. Y cuando les dije
que se habían escrito libros en los que se le acusa de ser responsable de
treinta y tantas muertes, sus paisanos se alzaron de hombros. A un campesino,
con el que estuve paseando largo rato por las afueras del pueblo, se les
escaparon estas palabras: ‘si es verdad eso, aún mató a pocos. Ustedes, los de
la ciudad, no saben la de perrerías que nos hicieron pasar algunos ricachos
después de la guerra. Son los amos hasta del aire que respiramos. Y eso, no se
le olvide, dura desde el año 1939’”
Si el más temido de los maquis hizo lo que se le supone, quizá aún hizo
poco. Aún hizo poco. Y ya no quedan médicos que abran un culo entre los cuartos
posteriores de los burros deformes, ya no quedan hombres capaces de amar por
encima del odio y de odiar de verdad aquello que merece ser odiado. Sólo quedamos nosotros, ni siquiera un
rescoldo del coraje.”
Parágrafos iniciales:
1)
La
sombra del frío
Mi desconfianza mira a su desconfianza y
se ruboriza. La suya, más vieja y más acre y más fuerte, ataja mi recelo y, tal
el tiempo contra la inocencia, lo extingue...
Un delicado misterio antiguo,
aristocrático como un beso en la mano o una reverencia entre el jambaje de la
puerta, emana de sus cabellos en orden, encanecidos y abundantes; de la
expresión de dureza y cansancio que titila en sus pequeños ojos de pájaro, agazapados
tras los gruesos cristales de unas lentes que lo alejan del mundo y lo
defienden también de los ojos del mundo; de la grietecilla de su boca y de sus
labios finísimos de piedra, que no parecen hechos para acariciar palabras sino
para aplastarlas; y, en general, del desabrimiento grave, adusto, hastiado del
existir y de los hombres, que relampaguea en su rostro de acíbar las pocas
veces en que sonríe, con una sonrisa cargada de seriedad y de tristeza.
La pesadumbre de este hombre, su
melancolía implacable, nada dulce, su hartura de vivir y de hablar, procede de
las relaciones que en la turbulencia de su pasado mantuvo con la Duda y la
Ambigüedad... Trató, durante demasiado tiempo, de evidenciar a los demás quién
era y quién no era, dónde hallaba su Cielo y dónde su Infierno. Y procuró
convencerlos, alternativamente, de identidades tan opuestas como la noche y el
día, el placer y el dolor, la amistad y el odio, porque en ello le iba la vida
-o así lo creía.
Late, sin duda, el corazón sosegado del
día en el pecho tumultuoso de la noche, dormita el dolor en la vigilia del
placer y aún crece una brizna de amistad en el erial inhóspito del odio... Pero
él, movido por su lealtad a la Causa o por el aguijón inconfesable del miedo,
nada quiso saber de esa inquietante presencia del mal en el bien, de la paz en
la guerra, y, exacerbando los antagonismos como un amante desquiciado del
absoluto y de la pureza, dijo ser, a unos, Día y Placer y Amistad, y, a otros,
a los enemigos de toda luz, corruptores de la esperanza, Noche y Dolor y Odio. Salvó así la piel, ocultándose de sí mismo
entre los suyos, y de los suyos entre las filas del adversario, disfrazándose
un día de lo que ya no era y al día siguiente de lo que quería ser, siéndose al
fingir y fingiéndose al ser, pero perdió en el trance la frescura y la
franqueza. Quedó para siempre en él un algo de flor, pero de flor cortada; y un
algo de cuchillo, aunque de cuchillo romo. Quedó algo en él de sombra y de
pozo, de frío y de muerte. Quedó él, como la flor de un cuchillo, la sombra del
frío, el pozo de la muerte.
La reserva que despertaba en unos y en
otros, de la que era terriblemente consciente, la sospecha que se cernió sobre
su lucha y sus ideales como la tempestad sobre un mar calmo, acabó agriándole
la risa y nublándole la mirada. Ahora se presenta ante mí sin razón para el
embozo, sin motivo ya para la máscara, pero con las muescas que aquella
prolongada ambigüedad le había dejado en el rostro -y hasta en el pensamiento.
Se presenta ante mí como lo que dice que fue: un enlace de los maquis...
Por los informes que había recabado a
propósito de su desconcertante trayectoria (blasonada por su libertad
incomprensible bajo el Franquismo, hurtando del modo más oscuro su cuerpo a la
voracidad de la tortura), mi desconfianza de los prolegómenos resulta
justificada. Pero me basta con percibir su mirar maltrecho, buscando
desafiante, desde una lejanía de polvo en la sangre y óxido en el corazón, el
fondo zozobroso de mis ojos; me basta con escuchar su voz de cal muerta, ayer
ardiente, rezumante de soles y de eras, de verdades palmarias como el sol y
amigas como las eras, para sentir que ese recelo inicial se ruboriza y
extingue.
La firmeza, un tanto encallecida y ya casi
ritual, de su voz enjalbegada refleja una regularidad interior de pensamiento
que caracteriza al verdadero hombre de acción. La solidez de su gramática,
repiqueteante y cadenciosa, delata una ideología de ángulos bien perfilados,
que incluso cuando se corrige y moldea conserva la geometría de sus formas.
Aquel hombre había “encarnado” una doctrina, como hoy se dice y ya no ocurre.
Había asumido el riesgo de convertirla casi en su segunda piel. Y esa ideología
fundida con el cuerpo, que no lo arrastró a la prisión, lo hundió en cambio en el
estero de la maledicencia y la injuria. Como pensamiento “trágico”, el
anarquismo de la época se distinguía por maltratar de ese modo a sus adeptos: o
los empujaba a la muerte heroica e inútil, al encierro en cárceles de espanto e
ignominia, o los erigía en prendas de la más corroyente difamación. Félix,
enlace de los maquis, secretario comarcal de las Juventudes Libertarias,
simpatizante de todas las revoluciones obreras del mundo, pagó cara, aún está
pagando, la contingencia de no haber merecido la saña del fascismo. Vio cómo
las arenas movedizas de la suspicacia popular amenazaban con sepultar cual
vulgar troncón la efigie aguerrida que había pretendido hacer de sí mismo. Cayó
el entredicho sobre el pequeño tesoro íntimo que siempre había procurado resguardar
de esa especie de expolio que se denomina “calumnia”: la resuelta determinación
de su inconcuso compromiso político.
Sentado ante él, con sus ojos hincados en
los míos y sus palabras rebanando el silencio, aún noto cómo se desvanece el
halo de oprobioso misterio que hasta ahora lo envolvía cual niebla barranquera
en torno a un olivo olvidado -un olivo verde plata hecho de llanto y de gritos.
Y no acierto a columbrar qué pensara de mí, qué imagen se estará forjando de su
desconocido interlocutor. Poco debo importarle... Me verá como un enigma sin
mayor interés, sólo uno más. “Un extraño que, por algún motivo, a mí qué más me
da, me habla y me pregunta”. Un día antes de este, tan ansiado, encuentro
borrajeé, sombrío y maquinal, mi Diario. “Si
le saco a mi dolor una página, ya me duele menos”, debí pensar.
25 de Febrero de 1993
Miércoles. La semana, herida de muerte; yo, peor... Los próximos sábado
y domingo no confortan -les sigue un lunes, y un martes, y un... Las vacaciones
de Semana Santa están aún lejos. Tampoco ayudan: después de ellas, todo sigue.
El verano augura un nuevo curso. Presidiarios con licencia. Sólo pasan los
años. Los cabellos, más blancos. Los ojos, más hundidos. Las ilusiones, que
también envejecen, parecen aún más hartas de mí que yo de este gran cansancio.
No me siento triste. La tristeza se me antoja todavía un sentimiento dichoso.
No me asiste el privilegio de poder estar triste. La tristeza empieza y acaba,
se distingue del estado de ánimo que la antecede y del que la sustituye. Yo
vivo en un sentimiento que parece eterno, que no sé cuando empezó y que no
quiere tener fin. Más triste que la tristeza, sin color ni sabor, ni negro ni
amargo, hondo sí, áspero, recuerda el filo de una navaja resbalando sobre las
venas del cuello. Pero no corta. Ni se va. Resbala, resbala.
Cada día me parece un secuestro, una ofensa.
Cada día de trabajo, de no-libertad, de horario y de obligaciones, lo sufro
como un ultraje. Mi dignidad disminuye, día a día. Yo disminuyo. De mi orgullo
antiguo no queda ni la sombra, ni el humo; tampoco me es grato su recuerdo. Ya
no quiero alimentar esperanzas. Me aflige la posibilidad misma de la esperanza.
No estoy desesperado; caí de la desesperación, me hundí bajo su suelo. Sólo
hallo un alivio en el relato de mi hundimiento -no mi caída, que ya es vieja,
sino mi hundimiento más abajo del fondo de toda caída.
Me niego a pensar. Los pensamientos me
asquean. Se parecen demasiado los unos a los otros. Siempre están celebrando
alguna muerte. Y me espanta el aire de familia que sorprendo en sus rostros de
barro y tedio. Aborrezco al sol cegador, al sol ciego, y solo y mudo y vano.
Las noches dejaron de antojárseme bellas: cierran un día de servidumbre y
anuncian la servidumbre del día siguiente. Si
la noche fuera eterna, me daría igual.
Me han robado los deseos; y ya no deseo ni
siquiera recuperarlos. Tampoco me abandono: no me esfuerzo en abandonarme, no
me empeño en dejarme llevar. Más que perderme, me entrego a un gran cansancio
-cansancio hasta del mismo reposo, el más desnudo de los cansancios.
Si
es un dolor lo que me acosa, ese dolor se ceba en la cabeza. Del corazón yo no
sé nada. Creo que huyó, o que nunca me avisó de su existencia. A lo mejor
todavía habita en mi pecho; pero es como si jamás hubiera latido.
Hay muros contra los que necesito
estrellarme una y otra vez... Quiero tropezar siempre, partirme en la piedra
las sienes. Si me despejan la vía, no sé para qué andar, no sé hacia dónde. Yo
voy, quiero ir, siempre hacia el muro. Pero ahora, sumiéndome en una postración
huérfana de razones, lo han abatido. No me he extraviado. Nadie puede desencaminarme.
Desbrujaron de una vez todos los muros, que aún es más cruel. Y ya no puedo
romperme el cráneo, no puedo tropezar; sólo hundirme, hundirme y ni siquiera
caer. Hundirme. Un gran cansancio. Harto de estar harto, agotado, derrotado,
amarrado, humillado, azotado, callado. Lúgubre hastío de desear. Gran
cansancio.
La compañía me mata. La soledad me entierra
vivo. Donde hay tres, ahí está
mi fosa. Donde hay dos, mi juez y mi verdugo. Donde uno, mi víctima. Y
cuando estoy solo, algo peor que morir. Aún peor que sufrir. Casi no estar.
2)
La
verdad prostituta
Extinto mi recelo, Félix inicia su relato
con un tono de confidencia añeja, de denuncia rancia e intempestiva. Herido por
la duda acerca de su integridad con que le castigaron los suyos, empieza
vengándose del pensamiento que los encandilaba. “Nosotros nos creíamos que
íbamos a arreglar el mundo. Que para eso bastaba con que cada uno hiciera lo
que su consciencia le dictaba. Pero de ese modo, sin organización, no se pudo
ni ganar la guerra”. Como reculando ante un enemigo antiguo e invencible (el
enigma de su ambigüedad), se apresura a detallarme su filiación revolucionaria.
“Yo siempre actué por un convencimiento, por una idea, por una simpatía...
Nunca nadie me obligó a nada. Siempre fui demasiado voluntario para esas
cosas... Tuve un hermano socialista y otro comunista. Yo era afín a ellos. Pero
tenía otras lecturas: La Revista Blanca, Tiempos Nuevos, números atrasados de Tierra y Libertad,... que traían
al pueblo personas de Valencia. Y recuerdo que, aunque no entendía mucho, y,
por ejemplo, confundía ‘antipolítico’ con ‘apolítico’ y ‘antirreligioso’ con
‘irreligioso’, yo ya me decía, siendo muy joven, partidario del Comunismo Libertario.
También me influyó bastante, para esa toma de postura, una clase que nos dio el
maestro de la Escuela Popular de Adultos, pues yo sólo podía instruirme por las
noches -y siempre tuve ese anhelo de aprender. Aquel hombre nos habló de unas
aves que vivían en las costas de Chile, y que se organizaban de esa forma, y
allí no había autoridad, y era como una comunidad, en la que todo era de
todos... Aquellas palabras se me quedaron grabadas para siempre... Cuando la
guerra, yo ya era Secretario Comarcal de las Juventudes Libertarias. Se puso
entonces en marcha la Colectividad de Ademuz, que fue un ejemplo. Y de la que
se habla en algunos libros de historia como eso que fue, como un ejemplo.”
El naufragio inducido de la República
constituyó para Félix la aurora de su desgracia. Disipadas las brumas del
alborear, nada pudo esconderse a la luz cruda de la mañana fascista. El país se pobló de carniceros como de
perros y buitres un cadáver a la intemperie. Lo infernante de la represión
no halla palabras en que reconocerse; y, sin embargo, a él no se le detuvo.
“Las represalias fueron terribles. Mataron a mucha gente. Yo he visto matar a
hombres sin ningún motivo. Se llevaron a muchos sin que se sepa la razón, y ya
no aparecieron.” Y él, un hombre marcado, miembro de la cúpula local cenetista,
conocido por todos, impulsor de la colectivización..., continuaba a salvo en el
pueblo, en su casa inviolable, paseando por las calles que el miedo vaciaba,
sin explicarse por qué le era perdonada su militancia y sin poder explicar a
nadie aquel bochornoso trato de favor. Transcurrieron los años y se quedó casi
solo. Sus camaradas libertarios conocieron, uno tras otro, como en un pase de
lista, la prisión, el exilio o la muerte... En torno a él, aún gozaban de una
extraña amarga libertad los cuatro últimos “afines” de Ademuz: Juan, Silverio,
Vidal y Ricardo.
(El husmo. Los filos reseguidos
del dolor, Las Siete Entidades, Sevilla, 2003, 141 pp. Este libro puede
adquirirse en las librerías, o contactando con la editorial: Asociación
cultural Las Siete Entidades, Apdo. de correos 3148, Sevilla-41080;
E-mail: 7entidades@hesperides.org.
También se puede pedir al propio autor: Pedro García Olivo, Apdo. de correos
n.º 7, Ademuz-46140, Valencia; E-mail preferente: contactando@pedrogarciaolivoliteratura.com
E-mail secundario: pgarciaolivo@hotmail.com http: www.pedrogarciaolivoliteratura.com)

Cuadro
de Alfonso Santa-Olalla. Detalle
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