
El husmo. Los
filos reseguidos del dolor
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Para la contraportada de esta
obra, uno de cuyos desarrollos fundamentales procede de un estudio de historia oral
sobre la lucha de los maquis antifranquistas en el Rincón de Ademuz, se ha
elegido el siguiente texto:
Husmo. (De husmar.) m. Olor que despiden de sí cosas como la carne, el
tocino, el carnero, la perdiz, etc., que ya empiezan a pasarse.
(Diccionario de
Probablemente, existe en el horror un lado fatal, a un tiempo
irrevocable e ilegible, que nada tiene que ver con el mundo y la historia de
los hombres, un lado anegado en el misterio, en una oscuridad que ni siquiera
llega a ser densa (una oscuridad plana, lisa, acerada, irreducible al color e
inmune al tacto como la pesadilla de nuestra muerte); y un lado puramente
humano, en el que se refleja el monstruo que alimentamos en sociedad –la bestia
que somos ante el otro, y que nos devora como nos devora el otro-, todo el mal
del que nos tememos capaces,
Fragmentos de El husmo. Los filos reseguidos del dolor
Parágrafos finales:
6)
Rescoldo del coraje
En medio de un cierto abatimiento, sin fuerzas para perder las horas diseñando la arquitectura de una novela corta, de una historia convencional, bien trabada en torno a algún asunto, decido incluir sin más pretexto el relato de “El maquis” y abandonar este trabajo en su actual estado de inacabamiento, en la fase del taller. Incluso así, y a pesar de su esqueleto quebrado, ya da vueltas, sobrado de sentido y de inquietudes, en torno a un punto mayúsculo. O el husmo o el enigma de las luchas. La historia de Basiliso habla también de mi lucha, de la lucha de El Enlace, de la de Edgardo El Exiliado, de la de Juan y la de Cándido. Sabe, ese cuento, del “sopor de no hacer nada”: de la pasividad y de su husmo.
Rescoldo del coraje I: El maquis
Me
cuenta este anciano que al padre de Basiliso todavía se le recuerda en
Como
casi todos los campesinos de la zona, El Manco quería la tierra para el que la
trabaja. Como algunos de ellos, los más audaces y los más leídos, se decía de
Lo
mismo que el cura y el cabo de
Salvó así de la muerte al terceto de la crueldad destronada, pero no lo
libró del trabajo.
Como se podría anotar, con el estilo arrobado de aquellos días, “se
tiñeron los campos de rojo, de rojo justicia y de rojo igualdad. Un sol
distinto y obrero, risa de los cielos repartidos, casi conquistados, bañaba de
luz virginal las tierras de todos y de nadie”. Pero no pudo durar el sueño.
Pronto fue un cadáver lo que tocaron los dedos campesinos. La niña vestida de
novia fue abatida por la espalda, y se encharcó en sangre su blanquísimo
atavío. Cayó la noche eterna sobre el Paraíso. Y regresaron los soles de antaño,
gozo del señor y azote del labriego. El rojo igualdad se trocó rojo ira y se
entristecieron para siempre los cielos, de nuevo fugados de la tierra.
El
Manco no huyó. Debió pensar que tampoco ahora sobraba nadie. Que faltaba pan y
faltaban brazos. Pero ya no tenía compañeros. Los camaradas ululantes que
desembarcaban en la plaza, entre un aterrador ondear de banderas impuestas, y
rojas y gualdas, eran otros, de aspecto más sombrío, mirada torva de despecho y
corazón de alambrada. El cabo y el cura no salían a su paso con la
resplandeciente energía del campesino... Sin firmeza y sin coraje, saboreando
aún una especie pérfida de temor que les hacía sonreír como sonríe un
moribundo, daban nombres y daban señas. Mas no hablaron de Basiliso. El Manco
se encerró en su casa como la libertad en el pasado. Lo encubrió el sacerdote
que, como una espada de Dios y para el bien de
La
tríada de la crueldad restituida no obró así movida por un sentimiento de
compasión y gratitud hacia el anarquista caído de su cielo; en lugar de
salvarle la vida, prolongaba su agonía y lo torturaba con la infamia de aceptar
un auxilio de tan nefando origen. “Si vives, vives gracias a la inmundicia que
dices que somos, al desecho de humanidad que no enviaste a la muerte para no
ensuciarte las manos y que ahora te ensucia hasta el corazón, te ensucia hasta
el recuerdo que dejarás en las familias de esos otros que no están teniendo tu
suerte...”. Sabiéndose protegido por las fuerzas del horror y de la mezquindad,
como un Fausto débil que no vende su alma pero se la deja robar, El Manco
sufrió su trato de favor como la más sutil de las vejaciones. Y si no se
entregó, fue porque era más amigo de su
vida que de sus ideas; y presintió de algún modo que todavía no había dicho
su última palabra. Buscado por todas partes, Basiliso descansaba bajo el cerezo
de su huerto.
El
mismo día en que la prensa del Régimen le imputó sus primeras cinco muertes,
“en un encuentro con
Pero la policía del Nuevo Estado no tardó en columbrar la engañifa.
Encerró a medio pueblo. Arrestó asimismo, por unas horas, al cura y al cacique.
Trasladó o hizo desaparecer al cabo reo de negligencia y traición. La inocencia
maltratada apenas sí arrojó un vislumbre de la verdad. Fueron el amo del pueblo
y su abogado ante Dios quienes descubrieron el asunto.
Para entonces, Basiliso ya había sido alertado por un sobrino del anciano
que, entre pausa y pausa, también entre lágrima y lágrima, me desgrana con toda
meticulosidad esta historia. Medio ciego, no creo que perciba la tibia
fascinación que se enciende en mis ojos; pero me habla sin desconfianza, con el
aplomo de quien ya se sabe casi fuera de este mundo, justamente en la plaza del
pueblo, ante la casa del médico que le hizo un culo al burro y en cuya cambra
nuestro hombre montó su taberna. “Mi sobrino aún le llevó en carro a la
estación de Utiel, medio oculto, como había hecho con otros no tan marcados.
Allí Basiliso tomó un tren, y nunca más se le vio por aquí. De vuelta, mi
sobrino fue detenido por
A
partir de ahí, mi informante enmudece. De las andanzas de El Manco entre los
guerrilleros se han ocupado los libros de historia y la publicística del
Franquismo. La literatura amarilla lo convirtió en un asesino desalmado, y la
ciencia de la historia en un maquis prototípico. De hacer caso a esta última,
Basiliso se habría erigido en un luchador contra
Me
sugiere mi anciano, casi como despedida, que tal vez Basiliso se hizo maquis
para salvar la piel, que era demasiado inteligente para no darse cuenta de que
todo estaba perdido; y que si luchó y mató, mató y luchó a la desesperada, más
como una alimaña acorralada que como un héroe o un fanático; que quizá se echó
al monte por no poder estar en otra parte ni con otra gente, y que una vez allí
haría lo que todos aunque sólo fuera para dedicarse a alguna empresa –la única
a su alcance- en lo que todavía le quedaba de vida condenada.
Antes que yo, otro recolector de historias de los maquis se detuvo en
“En
Si
el más temido de los maquis hizo lo que se le supone, quizá aún hizo poco. Aún
hizo poco. Y ya no quedan médicos que abran un culo entre los cuartos
posteriores de los burros deformes, ya no quedan hombres capaces de amar por
encima del odio y de odiar de verdad aquello que merece ser odiado. Sólo quedamos nosotros, ni siquiera un
rescoldo del coraje.”
Parágrafos iniciales:
1)
La
sombra del frío
Mi desconfianza mira a su desconfianza y se
ruboriza. La suya, más vieja y más acre y más fuerte, ataja mi recelo y, tal el
tiempo contra la inocencia, lo extingue...
Un delicado misterio antiguo, aristocrático
como un beso en la mano o una reverencia entre el jambaje de la puerta, emana
de sus cabellos en orden, encanecidos y abundantes; de la expresión de dureza y
cansancio que titila en sus pequeños ojos de pájaro, agazapados tras los
gruesos cristales de unas lentes que lo alejan del mundo y lo defienden también
de los ojos del mundo; de la grietecilla de su boca y de sus labios finísimos
de piedra, que no parecen hechos para acariciar palabras sino para aplastarlas;
y, en general, del desabrimiento grave, adusto, hastiado del existir y de los
hombres, que relampaguea en su rostro de acíbar las pocas veces en que sonríe,
con una sonrisa cargada de seriedad y de tristeza.
La pesadumbre de este hombre, su melancolía
implacable, nada dulce, su hartura de vivir y de hablar, procede de las
relaciones que en la turbulencia de su pasado mantuvo con
Late, sin duda, el corazón sosegado del día
en el pecho tumultuoso de la noche, dormita el dolor en la vigilia del placer y
aún crece una brizna de amistad en el erial inhóspito del odio... Pero él,
movido por su lealtad a
La reserva que despertaba en unos y en
otros, de la que era terriblemente consciente, la sospecha que se cernió sobre
su lucha y sus ideales como la tempestad sobre un mar calmo, acabó agriándole
la risa y nublándole la mirada. Ahora se presenta ante mí sin razón para el
embozo, sin motivo ya para la máscara, pero con las muescas que aquella
prolongada ambigüedad le había dejado en el rostro -y hasta en el pensamiento.
Se presenta ante mí como lo que dice que fue: un enlace de los maquis...
Por los informes que había recabado a
propósito de su desconcertante trayectoria (blasonada por su libertad
incomprensible bajo el Franquismo, hurtando del modo más oscuro su cuerpo a la
voracidad de la tortura), mi desconfianza de los prolegómenos resulta
justificada. Pero me basta con percibir su mirar maltrecho, buscando desafiante,
desde una lejanía de polvo en la sangre y óxido en el corazón, el fondo
zozobroso de mis ojos; me basta con escuchar su voz de cal muerta, ayer
ardiente, rezumante de soles y de eras, de verdades palmarias como el sol y
amigas como las eras, para sentir que ese recelo inicial se ruboriza y
extingue.
La firmeza, un tanto encallecida y ya casi
ritual, de su voz enjalbegada refleja una regularidad interior de pensamiento
que caracteriza al verdadero hombre de acción. La solidez de su gramática,
repiqueteante y cadenciosa, delata una ideología de ángulos bien perfilados,
que incluso cuando se corrige y moldea conserva la geometría de sus formas.
Aquel hombre había “encarnado” una doctrina, como hoy se dice y ya no ocurre.
Había asumido el riesgo de convertirla casi en su segunda piel. Y esa ideología
fundida con el cuerpo, que no lo arrastró a la prisión, lo hundió en cambio en
el estero de la maledicencia y la injuria. Como pensamiento “trágico”, el
anarquismo de la época se distinguía por maltratar de ese modo a sus adeptos: o
los empujaba a la muerte heroica e inútil, al encierro en cárceles de espanto e
ignominia, o los erigía en prendas de la más corroyente difamación. Félix,
enlace de los maquis, secretario comarcal de las Juventudes Libertarias, simpatizante
de todas las revoluciones obreras del mundo, pagó cara, aún está pagando, la
contingencia de no haber merecido la saña del fascismo. Vio cómo las arenas
movedizas de la suspicacia popular amenazaban con sepultar cual vulgar troncón
la efigie aguerrida que había pretendido hacer de sí mismo. Cayó el entredicho
sobre el pequeño tesoro íntimo que siempre había procurado resguardar de esa
especie de expolio que se denomina “calumnia”: la resuelta determinación de su
inconcuso compromiso político.
Sentado ante él, con sus ojos hincados en
los míos y sus palabras rebanando el silencio, aún noto cómo se desvanece el
halo de oprobioso misterio que hasta ahora lo envolvía cual niebla barranquera
en torno a un olivo olvidado -un olivo verde plata hecho de llanto y de gritos.
Y no acierto a columbrar qué pensara de mí, qué imagen se estará forjando de su
desconocido interlocutor. Poco debo importarle... Me verá como un enigma sin
mayor interés, sólo uno más. “Un extraño que, por algún motivo, a mí qué más me
da, me habla y me pregunta”. Un día antes de este, tan ansiado, encuentro
borrajeé, sombrío y maquinal, mi Diario. “Si
le saco a mi dolor una página, ya me duele menos”, debí pensar.
25 de Febrero de 1993
Miércoles. La semana, herida de muerte; yo, peor... Los próximos sábado
y domingo no confortan -les sigue un lunes, y un martes, y un... Las vacaciones
de Semana Santa están aún lejos. Tampoco ayudan: después de ellas, todo sigue.
El verano augura un nuevo curso. Presidiarios con licencia. Sólo pasan los
años. Los cabellos, más blancos. Los ojos, más hundidos. Las ilusiones, que
también envejecen, parecen aún más hartas de mí que yo de este gran cansancio.
No me siento triste. La tristeza se me antoja todavía un sentimiento dichoso.
No me asiste el privilegio de poder estar triste. La tristeza empieza y acaba,
se distingue del estado de ánimo que la antecede y del que la sustituye. Yo
vivo en un sentimiento que parece eterno, que no sé cuando empezó y que no
quiere tener fin. Más triste que la tristeza, sin color ni sabor, ni negro ni
amargo, hondo sí, áspero, recuerda el filo de una navaja resbalando sobre las
venas del cuello. Pero no corta. Ni se va. Resbala, resbala.
Cada día me parece un secuestro, una ofensa.
Cada día de trabajo, de no-libertad, de horario y de obligaciones, lo sufro
como un ultraje. Mi dignidad disminuye, día a día. Yo disminuyo. De mi orgullo
antiguo no queda ni la sombra, ni el humo; tampoco me es grato su recuerdo. Ya
no quiero alimentar esperanzas. Me aflige la posibilidad misma de la esperanza.
No estoy desesperado; caí de la desesperación, me hundí bajo su suelo. Sólo
hallo un alivio en el relato de mi hundimiento -no mi caída, que ya es vieja,
sino mi hundimiento más abajo del fondo de toda caída.
Me niego a pensar. Los pensamientos me
asquean. Se parecen demasiado los unos a los otros. Siempre están celebrando alguna
muerte. Y me espanta el aire de familia que sorprendo en sus rostros de barro y
tedio. Aborrezco al sol cegador, al sol ciego, y solo y mudo y vano. Las noches
dejaron de antojárseme bellas: cierran un día de servidumbre y anuncian la
servidumbre del día siguiente. Si la noche
fuera eterna, me daría igual.
Me han robado los deseos; y ya no deseo ni
siquiera recuperarlos. Tampoco me abandono: no me esfuerzo en abandonarme, no
me empeño en dejarme llevar. Más que perderme, me entrego a un gran cansancio
-cansancio hasta del mismo reposo, el más desnudo de los cansancios.
Si es
un dolor lo que me acosa, ese dolor se ceba en la cabeza. Del corazón yo no sé
nada. Creo que huyó, o que nunca me avisó de su existencia. A lo mejor todavía
habita en mi pecho; pero es como si jamás hubiera latido.
Hay muros contra los que necesito estrellarme
una y otra vez... Quiero tropezar siempre, partirme en la piedra las sienes. Si
me despejan la vía, no sé para qué andar, no sé hacia dónde. Yo voy, quiero ir,
siempre hacia el muro. Pero ahora, sumiéndome en una postración huérfana de
razones, lo han abatido. No me he extraviado. Nadie puede desencaminarme.
Desbrujaron de una vez todos los muros, que aún es más cruel. Y ya no puedo
romperme el cráneo, no puedo tropezar; sólo hundirme, hundirme y ni siquiera
caer. Hundirme. Un gran cansancio. Harto de estar harto, agotado, derrotado,
amarrado, humillado, azotado, callado. Lúgubre hastío de desear. Gran
cansancio.
La compañía me mata. La soledad me entierra
vivo. Donde hay tres, ahí está
mi fosa. Donde hay dos, mi juez y mi verdugo. Donde uno, mi víctima. Y
cuando estoy solo, algo peor que morir. Aún peor que sufrir. Casi no estar.
2)
La
verdad prostituta
Extinto mi recelo, Félix inicia su relato
con un tono de confidencia añeja, de denuncia rancia e intempestiva. Herido por
la duda acerca de su integridad con que le castigaron los suyos, empieza
vengándose del pensamiento que los encandilaba. “Nosotros nos creíamos que
íbamos a arreglar el mundo. Que para eso bastaba con que cada uno hiciera lo
que su consciencia le dictaba. Pero de ese modo, sin organización, no se pudo
ni ganar la guerra”. Como reculando ante un enemigo antiguo e invencible (el
enigma de su ambigüedad), se apresura a detallarme su filiación revolucionaria.
“Yo siempre actué por un convencimiento, por una idea, por una simpatía...
Nunca nadie me obligó a nada. Siempre fui demasiado voluntario para esas
cosas... Tuve un hermano socialista y otro comunista. Yo era afín a ellos. Pero
tenía otras lecturas:
El naufragio inducido de
(El husmo. Los filos reseguidos
del dolor, Las Siete Entidades, Sevilla, 2003, 141 pp. Este libro puede
adquirirse en las librerías, o contactando con la editorial: Asociación
cultural Las Siete Entidades, Apdo. de correos 3148, Sevilla-41080;
E-mail: 7entidades@hesperides.org.
También se puede pedir al propio autor: Pedro García Olivo, Apdo. de correos
n.º 7, Ademuz-46140, Valencia; E-mail preferente: contactando@pedrogarciaolivoliteratura.com
E-mail secundario: pgarciaolivo@hotmail.com http: www.pedrogarciaolivoliteratura.com)

Cuadro
de Alfonso Santa-Olalla. Detalle
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