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(Fotografía de José
Enrique Lingán, 2002) 1)
Distribución
no-económica de la película documental Cuaderno
chiapaneco 1. Solidaridad de crepúsculo. Para recibir una copia de
este reportaje, editado en el otoño de 2007, basta con que se nos indique una
dirección postal. Obsequiamos los ejemplares, dando prioridad a los
colectivos y asociaciones antagonistas (para contactar: irresponsable@pedrogarciaolivoliteratura.com,
contactando@pedrogarciaolivoliteratura.com
o pgarciaolivo@hotmail.com ).
Si se quiere ver una secuencia de la película, pínchese aquí. 2)
Distribución
no-económica del Volumen 1 de Cuaderno oaxaqueño 1.
Juquila Vijanos, pueblo indio de hombres libres. Este primer volumen
(titulado “Comuneros I. El eterno retorno del anhelo libertario”),
actualmente en estado de “maqueta”, contiene una introducción en torno a
Juquila Vijanos, un capítulo con escenas grabadas en la Nicaragua de la
Revolución Sandinista (1985) y otro a propósito del zapatismo contemporáneo,
partiendo de una charla del Subcomandante Marcos recogida en Oaxaca, en el
contexto de la Otra Campaña (para contactar: irresponsable@pedrogarciaolivoliteratura.com,
contactando@pedrogarciaolivoliteratura.com
o pgarciaolivo@hotmail.com ).
Para ver una secuencia del reportaje, pínchese aquí. 3)
Reunimos,
en la subcarpeta “Realismo exasperado”, noticias sobre conflictos en los que,
de alguna manera, estamos involucrados y llamamientos de compañeros y
colectivos amigos de Latinoamérica en los que se ceba contemporáneamente la
represión. Para acceder a los textos, pínchese sobre los títulos: Realismo exasperado: Morir por reclamar un techo, Oaxaca padece y resiste, Lula contra la Amazonía, Represión de los Campamentos de Paz colombianos. 4)
Comunicación
de la reedición del ensayo libre El
irresponsable, a cargo de la Editorial Brulot, que inicia con este
proyecto su andadura (www.brulot.org). 5)
Hemos
incorporado una Biblioteca
virtual pretendidamente “incomodante”, con cerca de quinientos títulos y aproximaciones
a más de un centenar de autores. La hemos llamado “Itinerario del extravío”...
Puede ayudar a perder el norte, en el mejor de los casos. A modo de “presentación” de El
irresponsable, vamos a recoger más abajo la entrevista que nos propuso en
su día una asociación cultural de Madrid y que, de un modo u otro
(extractada, resumida, re-elaborada,...), ha ido emergiendo en las páginas de
algunas revistas. Forma parte también de “El escritor mercenario”, proyecto
que ponemos a vuestra libre disposición -para descargar ese libro, pínchese AQUÍ SOBRE LA INFAMIA DE LA DISPOSICIÓN PEDAGÓGICA(En
torno a El irresponsable) .-1) ¿Cómo concibió su
ideario antipedagógico? En mi
caso, nunca ha habido una “primacía” de la ideología sobre la vida, un
“tutelaje” del pensamiento sobre la acción. Al contrario, lo poco que creo
haber descubierto, lo poco que tengo que decir, proviene de la experiencia.
Yo desemboqué en el paradigma de la
“irresponsabilidad” en la Enseñanza ‘después’ de un desencanto, de una
desilusión: después de una práctica (bienintencionada, concienzuda) de la
docencia ‘progresista’, ‘reformista’, ‘comprometida’, etc. Durante un par de
años fui, en efecto, lo que en El
Irresponsable más combato: fui un “ingeniero de los métodos
alternativos”, un educador “moderno”, “solidario”, “revolucionario”... Lo
peor que puedo decir de esa experiencia es que me salió bien: conseguía lo que quería, influía sobre los
alumnos, casi me idolatraban... Pero, por dentro, algo en mí se rebelaba
contra ese poder y esa influencia. Un par de alumnos (empollón ‘atípico’ el
primero, sombrío, callado, insociable, misterioso en medio de sus excelentes
calificaciones; y un delincuente juvenil el segundo, desequilibrado,
aficionado a las drogas) tuvieron el coraje de confirmar mis sospechas:
“Pedro, eres un predicador, pero
‘de otra clase’; haces lo mismo que los
demás, aunque ‘de otra manera’, más soportable, más simpática. ¿No te da vergüenza?”. Esto es, más o
menos, lo que me dijeron, cada uno por su lado... Empecé a
horrorizarme ante el ‘éxito’ de mi estrategia: alumnos que pensaban cada vez
más como yo, y ya se declaraban “anticapitalistas”, “libertarios”, etc.; que
se rebelaban cada vez más contra las autoridades del Instituto, sobre todo si yo les guiñaba un ojo;
que empezaban a vestir el ‘uniforme’ de la crítica y de la insumisión -el
‘uniforme’ que yo, de algún modo, les imponía...
Sentí, en efecto, vergüenza de mi práctica. Comencé a examinarme con ojos
críticos... La Enseñanza me resultaba relativamente “sencilla”. Cobraba un
sueldo muy estimable casi sin
sufrimiento, y, aparentemente, con la conciencia ‘tranquila’ -sin
menoscabo de la exigencia de la lucha, sin lesión de mis ideales... Caí, al
fin, en la cuenta de que yo era el peor
de todos, de que constituía el “éxito supremo de la Institución” -el tipo
de profesor que ésta requería para ‘reformarse’, ‘modernizarse’, embaucar
astutamente a los alumnos y adaptarse a la perversidad de los Nuevos Tiempos.
Me había convertido en algo mucho más deplorable que un ‘profesor’: me había
convertido en un ‘profesor amado’.
A partir de ahí, empecé a cambiar de paradigma... Quise re-inventarme,
hacerme otro. Ignoro si la esquizofrenia, que tan importante papel ha jugado
en mi corazón y en mi cerebro, me ayudó en ese empeño... No me importa
reconocer que, por aquel entonces, yo caminaba de su brazo; ella era la dueña
secreta de mis días. Y, por
fin, en Orihuela, nació ese irresponsable
que nunca podré volver a encarnar, que se halla (en dignidad, en
inteligencia) mil veces por encima de mi ser actual, y que me sigue
mereciendo un inmenso respeto. Su terrible cordura estaba hecha de sinrazón
y, quizás no debería decir esto, de arte; su hermoso extravío sabía
demasiado de los lugares comunes en los
que nunca nos perdemos y donde todo está ya perdido. Algo debió quebrarse
en mí, de todas formas. Me instalé orgullosamente en el inmoralismo, en el
crimen, en el aborrecimiento máximo de la Escuela y de esos homúnculos que
llamamos “educadores”... Le perdí, primero, el miedo a la Expulsión; luego la
busqué con un ardor de loco. .-2) ¿Qué
papeles desempeñan en su obra las figuras del Desertor, del Esquizo, del
Libertino, del Comediante, del Fugitivo, del Apátrida,...? ¿Qué sentido
asumen, real o simbólico, ante una sociedad como la actual? Todos
estos “personajes” aparecen como especificaciones
de una figura central, en la que se funden conflictivamente: la figura del
Irresponsable, el hombre que ya no responde ante nadie de sus actos. El Irresponsable, desde el punto de
vista de su relación con las ideologías, es un desertor; atendiendo al veredicto ‘clínico’ de la Razón
psicológica (y psiquiátrica), deviene esquizo;
por su modo de detestar la Casa, la Nación, los Hogares,..., se revela apátrida; observando su forma de
actuar en el aula, ante los alumnos (y en la sala de profesores, ante sus
‘supuestos’ compañeros), se diría que practica la comedia; midiéndolo con la vara de la moral, aparece sin duda
como un libertino; por su manera de
reaccionar ante el poder, ante los mil escenarios dispersos de la dominación,
cabe definirlo “fugitivo”; etc. Lo que
fui construyendo de esa forma en mi libro, al presentar estas ‘figuras’ que
se remiten las unas a las otras, que se inscriben unas en otras, que se reclaman
y superponen, es el perfil de una Subjetividad
Rigurosamente Insumisa, un tanto “inhumana” por su carácter absoluto, por
el exceso de su ‘pureza’, por su aspecto ‘diamantino’. ¿Quién, de entre nosotros, no se ha sentido alguna vez
‘tocado’ por la esquizofrenia? ¿Quién no se ha sabido ‘fugitivo’, ‘desertor’,
‘apátrida’,...? ¿Quién no se ha permitido, por ejemplo., amar y amarse en el
‘libertinaje’? La forma de inhumanidad arrostrada por el irresponsable refleja la inhumanidad que me constituía por
aquellos años: inhumanidad de un hombre
devorado por su propia lucha, inhumanidad de un ser que vivía para la
Rebelión Integral, que vivía sólo de
esa rebelión. Como te decía, esa postura, que no he podido conservar todo el
tiempo, me merece un tremendo respeto; y no seré yo quien cargue ahora contra
ella... Al contrario, reconociéndome
hoy incapaz de asumirla con el valor y la verdad
de hace años, “creo” en ella. Admito
que, en la sociedad actual, esa disposición
infinita de combate, esa sed
insaciable de lucha, puede conducir a lugares sombríos (manicomios,
auto-destrucciones, suicidios, criminalidades,...) y corre el riesgo de no
ser comprendida. Pero me da lo mismo...
Continúo opinando que la ‘resistencia’, la sublevación contra los poderes
coactivos del Capitalismo global,
pasa por esas figuras inclementes y casi inhabitables de la deserción
temeraria, de la comedia espantosa, del crimen arrogante, de la guerrilla sin
desmayo, de la esquizofrenia inaplacada,... Y me dedico a denunciar -esto si
he podido seguir haciéndolo- la impostura
mezquina, la falsía radical, de todas aquellas otras modalidades ‘más
razonables’, ‘más sensatas’, ‘más eficaces’, ‘realistas’, ‘positivas’,
‘constructivas’, ‘posibilistas’, etc., de “lucha”
-el “reformismo pedagógico” y las “escuelas alternativas”, por ejemplo., o el
“sindicalismo de Estado” y las organizaciones “representativas”, o las
pequeñas travesuras “no-gubernamentalistas”, o las iniciativas parlamentarias
‘izquierdistas’, o... No sé
si, con esto, he respondido a tu pregunta... Pero ¡vaya pregunta! ¿Cómo
procurar decir algo en relación con
ella sin sentir la obligación de tener que decirlo todo? .-3) El
alumnado padece los efectos del autoritarismo escolar, de la familia
opresiva, del trabajo alienante, etc., y no siempre ‘reacciona’ ante ello.
¿Se debe, tal vez, a una auto-coerción, como a veces sugiere en su
texto? Creo que
en gran medida sí. Pero aclarando enseguida que se trata de una
“auto-coerción” inducida, una “auto-represión” trabajada, estudiada,
promovida desde fuera. Nietzsche lo
dijo: el estudiante es una víctima
culpable. Existen, hoy por hoy, la auto-coacción y la coacción externa,
la auto-domesticación y las estrategias ‘exteriores’ de sujetación, siempre
alimentándose unas de otras, sosteniéndose mutuamente: consentimos el horror
de lo de ‘afuera’ por la fortaleza de las mordazas interiores, de las
auto-vigilancias personales, y, al mismo tiempo, esa iniquidad de lo real,
esa infamia de lo existente, surte sin cesar ‘argumentos’, ‘razones’ (y
expedientes, y procedimientos, y tecnologías), para que nos apliquemos en la
docilidad y en la auto-coerción... Pero, a largo plazo, estimo que, en
efecto, lo decisivo va a ser la solidez del aparato de auto-represión, la
solvencia de los dispositivos de auto-control. En mi opinión, nos hayamos en
los albores de la post--democracia,
una formación político-social que habrá hecho de cada hombre un policía de sí mismo, y que, como
complemento, habrá reducido espectacularmente todo el aparato de represión
física estatal (policías, agentes, etc.). Avanzamos hacia la subrepción
-invisibilización, ocultamiento- de todas las tecnologías de poder y de
dominio, con una apuesta decidida por los mecanismos de control psíquico (simbólico)
y un paulatino desechamiento del recurso a la fuerza, a la violencia
explícita. El “policía de sí mismo” ya aparece por algunas de nuestras aulas
(en las Escuelas Alternativas, por ejemplo.), bajo la forma de ese estudiante
‘participativo’, ‘activo’, que interviene en la gestión de los Centros, en la
confección de los temarios, en la dinámica de las clases, etc., y que,
tentando la auto-calificación, a un paso estará de “suspenderse a sí mismo”
sin remordimientos... Con estudiantes así, ya casi no hacen falta los
profesores. Con ciudadanos así, ¿para qué se querrán los policías? Uno de
los rasgos más perceptibles de las sociedades democráticas contemporáneas
estriba, precisamente, en la misteriosa
e inquietante “docilidad” de las poblaciones, una ‘ausencia de
resistencia’ estulta y casi suicida, una conformidad con lo dado que nos
convierte, como anotó E.M. Cioran, en “aspirantes taimados a la dignidad de
monstruos”, cómplices y partícipes del horror del Planeta, consentidores y
beneficiarios de toda la desigualdad y de toda la violencia que nuestro
sistema siembra a diario sobre la Tierra, responsables morales de cuantos
Auschwitzs cosechemos a la vuelta de los años. Esta docilidad misteriosa y potencialmente homicida, que nos erige en
monstruos, vive hermanada, por así decirlo, a aquella “auto-coerción” que
señalabas en tu pregunta... .-4) El
Comediante se representa a sí mismo, pero a su vez desempeña un sinfín de
papeles. ¿Es de esta manera como pretende que los estudiantes adquieran un
pensamiento crítico, reconociéndose en el modelo de un “actor errático”? En toda
elaboración de una obra hay pasajes en los que el autor se siente
particularmente “seguro”, en los que aborda cuestiones que considera
prácticamente “cerradas”, de sobra meditadas, discutidas, revisadas. Y otros,
desasosegantes, en los que se manifiesta más la intención, o la inclinación,
que la conclusión en sí, casi más el proceso de búsqueda de una tesis que la
tesis misma; pasajes ‘abiertos’, ‘inacabados’ para siempre, ‘abocetados’, ‘movedizos’ -sobre todo, movedizos-, llenos de puntos de fuga,
de cláusulas interrumpidas, incluso de contradicciones latentes... Este es el
caso de mis páginas sobre el Comediante (páginas “definitivamente inconclusas”, por utilizar la expresión de
Marcel Duchamp). No las estimo menos por eso; pero me cuesta trabajo
responder a las interrogantes que suscitan... Me sentiría satisfecho si, para
atender a tu pregunta, lograra meramente explicitar con claridad, como te
decía, la inclinación, la intención a que obedecen... El
capítulo de El Irresponsable
titulado “Comediante. La Representación Errática” aborda, justamente, uno de
los aspectos más lacerantes, más dolorosos, de la práctica discursiva de este
‘anti-profesor’: aquel en el que, a pesar de todo, o a causa de todo, debe hablar en la Institución, tomar la
palabra en el aula. Es algo que no le gusta, pero tampoco se cierra en banda
a ello. Y hay ocasiones, ni siquiera pocas, en las que, por diversas razones
(un interés manifiesto de los alumnos por este o aquel asunto, que provoca
una demanda de ‘explicación’; la solicitud de un colectivo; un deseo feroz
del ‘irresponsable’, al que no puede resistirse y que le empuja a explayarse
ante los estudiantes; etc.), ha de
hablar, casi se diría que “ha de
dar clase” -pudiendo “dar clase” circunstancial y excepcionalmente, el
‘anti-profesor’ jamás “da escuela”...
¿Como habría de hacerlo, entonces? ¿Cómo lo hace? ¿Cómo lo hice? Con esto me
adentro en un terreno fragoso, en un asunto que en modo alguno tengo
‘resuelto’, campo de intuiciones, de sospechas, de cielos afoscados y niebla
tornadiza sobre el menor apunte de idea... Me
pareció en primer lugar -es decir, así
lo he sentido en el trance de “tener que hablar”- que era preciso
des-atarse, no ‘interpretar’ ningún papel definido, no dejarse atrapar por
ningún estereotipo (el estereotipo del profesor ‘contestatario’, ‘alumnista’,
‘reformista’, por ejemplo). No “interpretar” -no hacer, por tanto, de
‘educador’, de ‘profesor’, de ‘enseñante’-, sino “ser”. Ser, de una parte, uno mismo, jurando fidelidad profunda
a los deseos, caprichos, manías, ‘estilos’, etc., que constituyen nuestra
idiosincrasia; y ser, de otra, cualquier hombre imaginable, todo lo demás
(estar abierto al astillamiento de la personalidad, a la fractura del
carácter, a la multiplicación, desmembración, enriquecimiento del yo...). Lo
que emerge de esta forma en el aula, como soporte de la palabra, es lo más
opuesto a lo que cabría esperar de un “funcionario de Educación”: emerge un comediante, un ‘actor’ inaprehensible
e impredecible... Sentí,
en segundo lugar, que la práctica ‘verbal’ del anti-profesor no debía caber
en ningún molde concebible, no
debía degenerar en una “fórmula”, un “esquema”, un “método” racionalizado...
De hacerlo así, de formalizarse,
perdería su ‘peligro’, que siempre procede de la imprevisibilidad, de la
sorpresa, del temor que suscita la ausencia de sistema. Se abría entonces,
por este doble movimiento -no “interpretar” y no “formalizar”-, una puerta al
arte, a la creatividad, a la poesía, al teatro (forzosamente, “de la Crueldad”)... En
tercer lugar, creí comprender que lo más importante no era el ‘contenido’ de
las palabras -su relación con la Verdad y la Mentira postuladas, por
ejemplo-, sino el ‘modo’ en que éstas estallaban
ante el público, ante el auditorio, ante los alumnos. Deduje de ahí una
vindicación de la “intensidad” y de la búsqueda de la eficacia dolorosa: el
“irresponsable” hablaría sólo para azotar
a alguien; sus ‘charlas’ deberían ser realmente heridas, atentados, trastornos... Cuando, en medio del
terror de tener que hacerlo, un ‘antiprofesor’ toma la palabra en el aula, algo sucede... Denuncias, apertura de
expedientes, escándalos de prensa, un intento de homicidio,..., en mi caso; pero no sólo eso -algo sucede,
también, en la vida del ‘receptor’. Conforme avanzo en estas ideas, noto que me voy perdiendo. Pido
disculpas por ello... Quiero añadir, en fin, y antes de que me pierda del
todo, que las ‘propuestas’ del Comediante no están destinadas al alumnado, no
le indican nada en su beneficio, en su provecho... El irresponsable da la
espalda respetuosa y humildemente a los alumnos: al no
situarse ‘por encima’ de los estudiantes, no tiene nada que hacer ‘por’ ellos
y ‘en’ ellos -ninguna operación ‘pedagógica’ sobre su conciencia. Los deja en
paz, simplemente. Lo suyo tiene que ver en exclusividad con la máquina
escolar, con los modos y las tretas de un combate a muerte contra el Orden de
la Escuela. La pretensión de hacer algo “por el bien” de los alumnos se le
antoja sencillamente indigna. ¿En
virtud de qué un triste ‘docente’ está capacitado para una labor tan
“honrosa”? Son los estudiantes los que deben decidir cuál es su propio bien y luchar por él si lo
consideran conveniente... El comediante mira a otro lado; no pierde nunca de
vista esa máquina escolar que quisiera sabotear definitivamente, desguazar
con el rigor de un mecánico perverso, averiar
para toda la eternidad... Por decírtelo de una forma un poco provocativa: el
‘antiprofesor’ estima que no le compete en absoluto infundir un pensamiento crítico a sus alumnos.
Tiene ya bastante, casi demasiado, con salvaguardar el rescoldo de
‘criticismo’ que subsista en él y llevarlo allí donde todavía pudiera
originar un incendio. La ‘cabeza’ del
estudiante le importa un pito... .-5) ¿Cómo
considera que se debería desarrollar una lucha, por parte de los alumnos y de
los profesores, desde dentro del
sistema educativo vigente y contra
ese mismo sistema? ¿Se encontraría intrínsecamente ligada al placer de la
destrucción-creación? Hay una
figura que me irrita tanto como la del “educador” clásico: la del
‘metodólogo’ de la insurgencia, la del ‘experto’ en subversión, el hombre que
se juzga facultado para decirnos cómo debemos y cómo no debemos
insubordinarnos. Me parece que nadie debería arrogarse la función de definir
“estrategias correctas”, “tipos eficaces de contestación”, “modalidades
adecuadas de resistencia”, etc. Todo eso desprende un insoportable tufo a estalinismo, a una curiosa “división
del trabajo” en el ámbito de la lucha (de una parte, los que piensan y se encargan de ‘establecer’ los objetivos y las
maneras del enfrentamiento, la ortodoxia de la rebelión; y, de otra, los que de verdad se sublevan, la
carne cotidiana de cañón, el blanco material de las policías y de los
jueces...). Por todo esto, no voy a
responder a tu pregunta. La lucha de los alumnos es un asunto de los
alumnos, y yo no voy a permitirme la infamia de pontificar sobre ella. La
lucha de los profesores, me temo que no existe -yo, al menos, no la
conozco... Sólo puedo hablar de lo que he sido y de lo que hecho, a veces
‘acompañado’ por otros hombres que tampoco se sentían ‘profesores’ y
respetaban demasiado a los alumnos como para intentar ‘reconducir’ su
insurrección. Sólo puedo hablar de la lucha de los “anti-profesores”; y ni
siquiera para ‘proponerla’ como un modelo.
Soy un cronista de mi propia lucha. Tuve la suerte de luchar un día, y hablo
de ello. Al mismo tiempo, procuro no dejarme engañar por las pseudo-luchas de
los educadores -particularmente de los “profesores reformistas”, de los
“enseñantes inquietos”, los más mentirosos de todos. No me atañe definir cómo se ha de combatir la Escuela; lo
mío es ‘mostrar’ una forma de insumisión y desenmascarar las falsas confrontaciones, las batallas
amañadas, del Reformismo Pedagógico, de los docentes ‘revolucionarios’, de
los enseñantes ‘comprometidos’, de todos aquellos que se instalan en el aparato educativo (vale decir, en el Prestigio y
en la Nómina) y, desde esa posición de poder, ‘soldados’ a los fines y a los
procedimientos del Estado, todavía se atreven a presentarse como luchadores anticapitalistas, o
“antiautoritarios”, o “anti-sistema”. ¡Terrible hipocresía, la de estos
funcionarios de la desigualdad y de la opresión que hablan de la necesidad de
‘transformar’ la sociedad y proclaman dedicarse a ello desde sus puestos
mercenarios de trabajo! ¡Terrible engañifa, la que arrastra el concepto mismo
de una “lucha de los profesores”!
Nadie lucha menos que los profesores: la esencia de su práctica consiste en
pasar a cuchillo hasta la menor raíz de una resistencia legítima... El
paradigma de la irresponsabilidad en la Enseñanza exige, más bien, la figura
del ‘antiprofesor’, del ‘des-educador’, del ‘contra-pedagogo’ inejemplar. Y
es cierto que, desde su radicalismo (violación de la Ley desde fuera de la
Moral, voluntad de Crimen), desde su explícita afición al luddismo, se halla
intrínsecamente ligado al placer de
una ‘destrucción’ que es al mismo tiempo ‘creación’... Por otra parte, se
concibe como un ‘recorrido’; y abomina del arraigo, del enquistamiento en el
aparato educativo: para su final
quiere la Expulsión. Durante todo el trayecto, tiende puentes hacia el arte, hacia
la imaginación crítica, hacia la poesía de la desestabilización. No ‘enseña’
a luchar; desengaña de las luchas aparentes... Hay días en los que me veo
tentado de añadir que este paradigma requiere, a la vez, el privilegio de la locura y la única nobleza verdadera, que ha sido siempre
la nobleza del dolor... .-6) ¿Puede
la pedagogía libertaria suministrar los fundamentos teórico-prácticos de una
Nueva Escuela deseable?
Llegados a este punto, me veo obligado a mostrar mi cara más antipática... Me parece que la Nueva
Escuela “oficial” del mañana, la Escuela Reformada de la “post-democracia”,
se va a nutrir precisamente de los fundamentos y las técnicas de las escuelas
libertarias contemporáneas -simulacro de ‘libertad’ en las aulas, ‘participación’
de los alumnos en el gobierno de los Centros y en la dinámica de las clases,
invisibilización del poder profesoral, etc. Y que, de ese modo sutil, blando, alumnista, se
capacitará para satisfacer “mejor” los requerimientos político-ideológicos y
psico-sociológicos del Sistema. Y, con esta idea, que contraviene los
presupuestos y las prácticas de las llamadas “Escuelas Libres” (tipo
‘Paideia’), no me sitúo, en absoluto, fuera del movimiento anarquista -en
todo caso, me distancio de una fracción del mismo, ‘constructivista’ en el
dominio pedagógico. En la
actualidad, las sensibilidades ácratas ante el problema de la Escuela se
bifurcan en dos grandes orientaciones: para unos, se trata de “inventar” una
Nueva Escuela, radicalmente distinta a la “oficial”, aprovechando el legado
de Ferrer Guardia, de los pedagogos libertarios de Hamburgo, de experiencias
como la de ‘Summerhill’, etc. Esta es la opción constructivista... Para otros, por el contrario, el mal radica en
la ‘forma’ misma, en la Escuela en sí, en el hecho de la escolarización
“obligatoria” (y en el prejuicio subyacente de que “para educar es necesario encerrar”).
Desde esta perspectiva, toda ‘reforma’ de la Escuela y toda ‘invención’ de
una Nueva Escuela (por muy “libre” que se predique) sirve a los intereses del
Estado y del Capital, y sólo propende una optimización del rendimiento
político e ideológico de la Institución. Esta es la opción desescolarizadora, avalada por autores
como Illich y Reimer, entre otros. Hombres y mujeres anarquistas se rompen
hoy la cabeza procurando diseñar una Escuela no-opresiva, no-autoritaria,
no-domesticadora; y, al mismo tiempo, otros hombres y mujeres no menos
anarquistas luchan por arrancar sus hijos de las garras de la Escuela y
proveerles de la educación que necesitan sin transigir por ello con el
“encierro” -educación por la familia, educación en la comuna, colectividad
educadora, auto-educación,... Durante estos últimos meses he tenido ocasión
de conversar con partidarios de una y otra corriente: compañeros libertarios
involucrados en experimentos pedagógicos anti-autoritarios (“Escuelas
Libres”, “Escuelas Convivenciales”, etc.); y compañeros anarquistas empeñados
en hacer viable, para sus hijos en primer lugar, aquella educación sin Escuela... Yo
trabajo en la línea de una crítica radical de la Escuela, de todo tipo de
Escuela; y no puedo simpatizar por ello con los afanes “constructivistas”.
Gusto de presentarme como un “anti-profesor”, un “desescolarizador”. Apunto
hacia un nuevo ejercicio político de la corrosión
en la Enseñanza, hacia la culminación, como te decía, de un ‘recorrido’
subversivo, incordiante, empeñado en la conquista
de la Expulsión. Y soy partidario de un fomento consciente, sistemático,
infatigable, de los distintos medios e instrumentos de la auto-educación de la juventud -formas
de transmisión de la cultura, de socialización del saber, independientes de
la Escuela, desligadas del Estado, como los ateneos, las distribuidoras, los
colectivos, las bibliotecas alternativas, las revistas y las editoriales
no-capitalistas, etc. Hay, al margen de la Escuela, un vasto campo de
recursos para la auto-educación de la juventud, de la población, que
garantizan hoy la posibilidad de una transmisión no-vigilada de la cultura.
Procuro implicarme en ese proceso, apoyar en la medida de mis posibilidades
el nacimiento y la consolidación de estas entidades culturales hostiles al
aparato del Estado, y favorecer una expansión de los medios y las ocasiones
para el aprendizaje informal, para
la divulgación no-institucional de los conocimientos. No soy un iluso: no
espero milagros de esta pequeña
retícula cultural no-escolar. Pero, en mi opinión, nada cabe esperar de
las experiencias escolares alternativas, nada desde el punto de vista de la
‘resistencia’ anticapitalista... Mi corazón me dice que “lo libertario” en la
Escuela no es ‘reformarla’ y ‘preservarla’, sino ‘convulsionarla’ y
‘abandonarla’. Además de mi corazón, también me lo dice Antonin Artaud, con
su Heliogábalo o el anarquista coronado... .-7) ¿Cómo
cabe caracterizar el “arte de hacer pensar” de que habla en su libro? ¿Por
qué anota que esa práctica debería extender su influencia a todos los ámbitos
del espacio socio-institucional -fábricas, familias, hospitales,
cárceles,...? Aunque
el Irresponsable procura no intervenir en la conciencia del estudiante,
tampoco ignora que, por la mera lógica de la “exposición” circunstancial a su
discurso, de los “encuentros” que se producen entre él y el alumnado, siempre
quedará un ‘resto’ de influencia, un ‘poso’ de incidencia sobre la
subjetividad de los jóvenes. Como mal menor, reorienta ese inevitable residuo de poder a fin de que, por una
vez, no trabaje para la “divulgación de la cultura”, para la “transmisión del
saber” (eufemismos cínicos que ocultan, sin más, una labor de adoctrinamiento de la población, de ideologización del colectivo escolar,
de difusión de los mitos del
Sistema). Lo que busca el ‘antiprofesor’ es algo muy distinto, y que lo pone
a salvo de los desvelos proselitistas
todavía perceptibles en las “Escuelas Alternativas” -aún reconociendo el
mérito y el valor de la obra de Ferrer Guardia, ¿podemos negar que desde el
principio se vio tiznada de un decepcionante anhelo ‘proselitista’?-: busca
la provocación intelectual, la conmoción crítica del receptor, ese
“hacer pensar” a que te refieres... No se presenta como el portador
privilegiado de un conjunto de ‘verdades’ desenmascaradoras,
desmitificadoras, explosivas -de hacerlo así no podría sustraerse a la lógica
adoctrinadora-, sino como un artista de la descomposición de las
certidumbres, un gran suscitador de la “expectación reflexiva”. He dicho
“artista” porque esta meta difícil del hacer
pensar no está al alcance de una determinada ‘metodología científica’, no
puede ser garantizada por ningún sistema pedagógico, por ninguna propuesta
didáctica. La Didáctica, lo Pedagógico y el Cientificismo, a pesar de sus
declaraciones auto-justificativas, han perseguido siempre la impregnación ideológica de la
sociedad, la conversión de la “ideología dominante” en sentido común, en conciencia
anónima, en verosímil popular.
Gramsci, Horkheimer, Barthes y Althusser han aludido convincentemente a este
efecto ‘ideologizador’ de las prácticas científicas y culturales... “Hacer
pensar” no es un objetivo que de verdad interese a tales prácticas; ni
siquiera estaría en sus manos, en el caso insólito de que un día se
sublevaran contra sus señores, el Estado y el Capital. Sólo al arte le ha sido concedido ese poder
fascinante de sembrar la desconfianza y movilizar las energías intelectuales
del receptor. Sólo el arte puede llevarnos a aquel “adiestramiento en el
olvido de lo ajeno y en el placer de la opinión personal, regreso a las
primeras preguntas y a las respuestas que no se han dado, reconquista de la
afirmación huérfana y del primitivo
orgullo de hablar por uno mismo” a que aludía en mi ensayo. La mejor
literatura, la pintura y la escultura no-complacientes, el teatro más cruel, incluso el cine consciente
de su especificidad , han conseguido manifiestamente ese efecto... Por ello
hablaba de un “arte del hacer
pensar”; y por ello el Irresponsable se aleja de la docencia y atenta contra
la Escuela por los caminos de la
creación artística.
Considero que este propósito de no ‘infundir’ un determinado
pensamiento, de no ‘inculcar’ un sistema ideológico dado, y, a la vez,
sembrar el principio de desconfianza, la vocación
de disentir, es el único que merecería la pena generalizar por el resto
de las instituciones sociales y de los espacios de dominación, familias,
hospitales, manicomios, cárceles, fábricas, cuarteles, etc. En todos estos
recintos, la lógica implacable de la repetición
del saber (saber psicológico, saber
médico, saber sindical, saber penal, etc.), habiendo forjado ya una ideología profesional -ese discurso
empobrecido y empobrecedor de los médicos, los psiquiatras, los
sindicalistas, el funcionariado de prisiones,...-, un endurecido sentido común laboral, sólo puede
combatirse desde aquella invitación, artísticamente inducida, a una “búsqueda
del discurso virginal y de la interpretación salvaje, del relato que no se
moverá más al abrigo de la cita
porque querrá retornar a la indefensión de la piel desnuda y sabrá agradecer
el estímulo del frío verdadero” - y no mediante el simple enfrentamiento con
un conjunto ‘adverso’ de postulados ideológicos y de aseveraciones
doctrinales supuestamente ‘críticas’. “Hacer pensar”: parece sencillo, pero
es hoy lo más difícil del mundo... .- 8) A
menudo se alega que la resistencia anticapitalista debe “apoderarse” del
Lenguaje. Pero ¿de qué forma? ¿Elaborando uno propio? ¿O arrebatándoselo, de
un modo o de otro, no acierto a ver la manera, a sus poseedores? En este asunto yo soy bastante más pesimista. Me
parece que hace mucho tiempo que el Lenguaje se apoderó de nosotros, hasta el punto de que hoy ya no somos más
que las palabras que nos hablan.
Somos hablados por el Lenguaje; y lo peor de todo es que ese lenguaje encarnado en nosotros es un lenguaje
discriminador y segregador, que arrastra la mácula de la dominación, del
sexismo, de la xenofobia, del exterminio de la diferencia,... Nietzsche fue
uno de los primeros en advertirlo, con una observación certera, fulminante: “Me temo que nunca nos desembarazaremos de
Dios, pues todavía creemos en la Gramática”. También le pertenece una
frase inequívoca, que señala el origen de todos estos males del lenguaje: “Desde siempre ha estado, entre las
prerrogativas del Señor, la de poner
nombres a las cosas”. De alguna forma, con estas dos referencias del
“viejo martillo filosófico”, ya está casi todo dicho acerca de la perversidad
del Lenguaje: teniendo su origen en la desigualdad y en la dominación de unos
hombres por otros, en la violencia y en el ejercicio del poder, es ya todo su
cuerpo el que se halla infectado, corrompido, y no sólo la semántica. La
responsabilidad del Lenguaje en la reproducción de la dominación no deriva
sólo del “significado” de las palabras que proferimos cotidianamente, de sus
connotaciones ‘belicistas’ o ‘racistas’, de las implicaciones ‘sexistas’ de
ésta o aquélla terminación; es también -y sobre todo- un asunto de orden sintáctico, de orden gramatical. Desde su misma raíz, el
Lenguaje está investido de odiosos efectos de poder y de segregación. Es tan
profundo su mal, que ya no admite reforma.
Por añadidura, las condiciones sociales y políticas en que se desenvuelve
nuestra existencia contemporánea aseguran que todo otro lenguaje que podamos inventar acusará semejantes
deficiencias, la misma sustancial malevolencia.
No está en nuestro poder elaborar, de un día para otro, un lenguaje libre de culpa. Nuestra
sociedad está enferma, nuestro corazón podrido, de las relaciones de poder y
de explotación no escapa ya ni el más olvidado de nuestros órganos,...
Cualquier lenguaje que seamos capaces de concebir se verá afectado
(constituido) por este poso de la barbarie y de la explotación que no
logramos sacudirnos. Más aún: será un arma,
un instrumento, de esa barbarie y de esa explotación... ¿Qué
hacer, entonces? Prefiero que cada cual responda a esta cuestión a su manera. Unos se dedicarán a
‘marcar’ el lenguaje con signos que constantemente delaten la iniquidad de
sus intenciones y la bajeza de sus orígenes (corregirán las terminaciones,
invariablemente ‘masculinas’, o las complementarán con las femeninas
correspondientes; borrarán determinados vocablos de su léxico y los
sustituirán por ‘otros’ menos nocivos;
etc.). Y es ésa una empresa loable, con la que resulta imposible no
simpatizar. Pero es una empresa insuficiente...
Otros procurarán ‘destruir’ en sus obras este Lenguaje sucio que nos asfixia, desmembrándolo, invirtiéndolo,
pervirtiéndolo,... Y es éste un “gesto” que no carece de interés, sin duda
saludable. Pero sólo un gesto, una
metedura de dedos en el ojo del Lenguaje, acción tan atrevida como insuficiente. Algunos no harán nada, y seguirán utilizando
resignadamente un Lenguaje contra el que, a fin de cuentas, acumulan los
mismos cargos que contra el Trabajo, la Familia o la Casa. Y ¿quién va a
lanzar contra ellos la primera piedra de la desaprobación, si todos bajamos
cotidianamente la cabeza ante algo o alguien y por desgracia sabemos de
‘resignaciones’ varias? Yo he optado por recorrer el Lenguaje armado de
intenciones insumisas, desangrándolo de metáforas y enfrentándolo sin
descanso a las miserias de su
condición servil. Y es el mío un proceder también insuficiente, en alguna medida resignado, probablemente poco más que un gesto... Pero ‘creo’ en esta lucha contra el lenguaje y en
el lenguaje, con el lenguaje y por el lenguaje; ‘creo’ aún -no sé
hasta cuándo- en la necesidad de una escritura
sublevada... .-9) A la
vista de su posicionamiento teórico y de la práctica que llevó a cabo, hay
quien lo considera un “terrorista pedagógico”. ¿Se estima usted como tal? Si he de serte sincero, te diré que prefiero
sembrar el terror entre los
profesores y los pedagogos antes que el reconocimiento o la discrepancia
amable. Soy un gran odiador de la
Escuela. Las palabras que encuentro y reúno para combatirla no están a la
altura de ese odio, y siempre me dejan insatisfecho. El daño que quisiera infligir a la institución escolar es infinito,
y me atormenta percibir que apenas logro hacerle
cosquillas. Experimento, sin duda, el resentimiento y la frustración de
todos los terroristas; y debe haber
algún inmenso amor a no sé qué otra
cosa detrás del odio que albergo en mi corazón, como a ellos les sucede...
Pero no me gusta la comparación: es
injusta con ellos. A su lado, yo soy un niño jugando a dar miedo. Mi modestia
me lleva a verme, sin más, como un anti-pedagogo.
Eso es lo que soy, un “anti-pedagogo” visceral. Como
“anti-pedagogo”, impugno un supuesto que está en los cimientos de esa
disciplina, en el surtidor de todas las críticas ‘progresistas’ a la Enseñanza
tradicional y de todas las ‘alternativas’ disponibles: la idea de que compete
a una selecta aristocracia del saber
(los educadores, los profesores) realizar una importantísima tarea en
beneficio de la juventud, una operación calificada sobre la conciencia de los
estudiantes de la que se seguiría la mejora o transformación de la sociedad.
Arrogándose una facultad demiúrgica
(‘creadora’ de hombres), y como miembro de una “élite”, erigido en autoconciencia crítica de la Humanidad,
el ‘educador’ se entregaría a una delicada corrección del carácter de los jóvenes, a una muy ‘ilustrada’
labor de forja de la personalidad,
siempre con la mirada puesta en el ‘bien’ del estudiante y en lo que conviene
a la sociedad -se aplicaría a la modelación
de sujetos ‘críticos’, ‘autónomos’, ‘creativos’, ‘independientes’, ‘libres’,
‘solidarios’, ‘tolerantes’, ‘pacifistas’, etc. Bochornoso, este elitismo, aderezado de filantropía, pone de nuevo sobre la
mesa aquella moral de la doma y de la
cría que tanto irritaba a Nietzsche e incurre una y mil veces en lo que
Foucault, pensando no sólo en los educadores, denominó “la indignidad de hablar por otro” (indignidad, en nuestro caso,
de suplantar la voz del estudiante; de ‘reformar’ la Institución en su nombre; de intervenir policialmente
en su subjetividad alegando que se hace por
el propio bien del afectado;
etc.). A la manera de un déspota
ilustrado, pertrechado de conocimientos ‘especializados’ y pautas
‘científicas’, el educador moderno, sucedáneo de la divinidad, se entregaría
a una empresa ‘redentora’, ‘salvífica’, casi estrictamente
‘religiosa’... Pero, en realidad,
nada, absolutamente nada, ni los estudios, ni las lecturas, ni la formación
‘científica’, ni los títulos ‘académicos’, autorizan a un hombre (lamentable funcionario, muchas veces) a elevarse
tan ‘por encima’ de los demás y decretar,
desde esas alturas, qué tipo de “sujeto” necesita la Humanidad para
‘progresar’ o curar sus heridas; nada hay en su preparación o en su carácter
que lo capacite para tentar aquella infamante operación pedagógica sobre la conciencia estudiantil; nada
justifica que se arrogue un papel ‘divino’, remedo de la Creación, y mire a
la sociedad toda con ojos de águila... Oscar Wilde estimó que los
‘educadores’ constituían “el azote de
la esfera intelectual”. Y La Polla Records nos sugirió qué podemos hacer
con ellos: “¡Gurú! Una patada en los
huevos es lo que te pueden dar”. Estoy de acuerdo. Sin
embargo, todo esto no es “terrorismo”, no se ha ganado todavía esa
calificación: se trata, meramente, de “anti-pedagogía”... .- 10)
¿Desea decir algo más?
Agradeceros sinceramente que os hayáis acordado de mí en este trance
apasionante de la elaboración de un nuevo número de vuestra revista, y
desearos toda la fortuna del mundo en la empresa imprescindible de asegurar su continuidad. Ponerme además a
vuestra disposición para cuanto necesitéis y esté en mi mano. Como dicen los compañeros
de un ateneo libertario de Valencia: “Salud, Suerte e
Imaginación”
Un abrazo:
Pedro García Olivo |
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Cuadro de Alfonso
Santa-Olalla Lozano. Detalle
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