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(Fotografía de José
Enrique Lingán, 2002)
1) Distribución no-económica de la
película documental Cuaderno chiapaneco 1. Solidaridad de
crepúsculo. Para recibir una copia de este reportaje, editado en
el otoño de 2007, basta con que se nos indique una dirección postal. Obsequiamos
los ejemplares, dando prioridad a los colectivos y asociaciones antagonistas
(para contactar: irresponsable@pedrogarciaolivoliteratura.com,
contactando@pedrogarciaolivoliteratura.com
o pgarciaolivo@hotmail.com ).
Si se quieren ver secuencias de la película, pínchese: http://www.youtube.com/watch?v=2GlKGS0834s http://www.youtube.com/watch?v=_0Jtg0OrQq8 http://www.youtube.com/watch?v=pctUyzmDRs8
2) Distribución no-económica del Volumen
1 de Cuaderno oaxaqueño 1. Juquila Vijanos, pueblo indio
de hombres libres. Este primer volumen (titulado “Comuneros I. El
eterno retorno del anhelo libertario”), actualmente en estado de “maqueta”,
contiene una introducción en torno a Juquila Vijanos, un capítulo con escenas
grabadas en la Nicaragua
de la
Revolución Sandinista (1985) y otro a propósito del
zapatismo contemporáneo, partiendo de una charla del Subcomandante Marcos
recogida en Oaxaca, en el contexto de la Otra Campaña (para
contactar: irresponsable@pedrogarciaolivoliteratura.com,
contactando@pedrogarciaolivoliteratura.com
o pgarciaolivo@hotmail.com ).
Para ver los componentes, en fase de “borrador”, de la primera parte de este
estudio, pínchese: http://www.youtube.com/watch?v=PHhJ0jzjiG8,
http://www.youtube.com/watch?v=qWluKt0kUGA,
http://www.youtube.com/watch?v=6gugj1bj4_0,
http://www.youtube.com/watch?v=FVn7iELv8KI,
http://www.youtube.com/watch?v=02UmCnImPl4
.
3) Reunimos, en la subcarpeta “Realismo
exasperado”, noticias sobre conflictos en los que, de alguna manera, estamos
involucrados y llamamientos de compañeros y colectivos amigos de
Latinoamérica en los que se ceba contemporáneamente la represión. Para
acceder a los textos, pínchese sobre los títulos: Realismo exasperado: Morir por reclamar un techo, Oaxaca padece y resiste, Lula contra la Amazonía, Represión de los Campamentos de Paz colombianos.
4) Comunicación de la reedición del
ensayo libre El irresponsable, a cargo
de la Editorial
Brulot, que inició con este proyecto su andadura (www.brulot.org);
y de la publicación de El educador mercenario, también por Brulot, y La bala y la escuela.
Holocausto indígena,a cargo de Virus Editorial. En 2009, Virus
reeditó asimismo El enigma de la docilidad.
5) Estamos incorporando una Biblioteca virtual
pretendidamente “incomodante”, con cerca de quinientos títulos y
aproximaciones a más de un centenar de autores. La hemos llamado “Itinerario
del extravío”... Puede ayudar a perder el norte, en el mejor de los
casos.
6) Liberamos cuatro obras, “El enigma de
la docilidad”, “La bala y la escuela”, “Desesperar” y “El husmo”, que se
pueden descargar en esta web, en formato PDF. Descargar
"Desesperar" PDF Descargar
"El husmo" PDF Descargar
"El enigma de la docilidad" PDF Descargar "La bala y la
escuela" PDF
7) Hemos subido a You Tube fragmentos de
las tres películas documentales que estamos elaborando. Para acceder a ellos,
escribir “discursospeligrosos” en el buscador. Este es el link: http://www.youtube.com/user/discursospeligrosos.
También se subió una “improvisación anti-pedagógica”, grabada en Bogotá
(pinchar aquí: http://www.youtube.com/watch?v=GxLWkMXAsi0)
A modo de “presentación” de El
irresponsable, vamos a recoger más abajo la entrevista que nos propuso en
su día una asociación cultural de Madrid y que, de un modo u otro
(extractada, resumida, re-elaborada,...), ha ido emergiendo en las páginas de
algunas revistas.
SOBRE LA INFAMIA DE
LA
DISPOSICIÓN PEDAGÓGICA
(En
torno a El irresponsable)
.-1) ¿Cómo concibió su
ideario antipedagógico?
En mi
caso, nunca ha habido una “primacía” de la ideología sobre la vida, un
“tutelaje” del pensamiento sobre la acción. Al contrario, lo poco que creo
haber descubierto, lo poco que tengo que decir, proviene de la experiencia.
Yo desemboqué en el paradigma de la
“irresponsabilidad” en la
Enseñanza ‘después’ de un desencanto, de una desilusión:
después de una práctica (bienintencionada, concienzuda) de la docencia
‘progresista’, ‘reformista’, ‘comprometida’, etc. Durante un par de años fui,
en efecto, lo que en El Irresponsable
más combato: fui un “ingeniero de los métodos alternativos”, un educador
“moderno”, “solidario”, “revolucionario”... Lo peor que puedo decir de esa
experiencia es que me salió bien:
conseguía lo que quería, influía sobre los alumnos, casi me idolatraban...
Pero, por dentro, algo en mí se rebelaba contra ese poder y esa influencia.
Un par de alumnos (empollón ‘atípico’ el primero, sombrío, callado,
insociable, misterioso en medio de sus excelentes calificaciones; y un
delincuente juvenil el segundo, desequilibrado, aficionado a las drogas)
tuvieron el coraje de confirmar mis sospechas: “Pedro, eres un predicador, pero ‘de otra clase’;
haces lo mismo que los demás,
aunque ‘de otra manera’, más soportable, más simpática. ¿No te da vergüenza?”. Esto es, más o menos, lo que me dijeron,
cada uno por su lado...
Empecé a
horrorizarme ante el ‘éxito’ de mi estrategia: alumnos que pensaban cada vez más
como yo, y ya se declaraban “anticapitalistas”, “libertarios”, etc.; que se
rebelaban cada vez más contra las autoridades del Instituto, sobre todo si yo les guiñaba un ojo;
que empezaban a vestir el ‘uniforme’ de la crítica y de la insumisión -el
‘uniforme’ que yo, de algún modo, les imponía...
Sentí, en efecto, vergüenza de mi práctica. Comencé a examinarme con ojos
críticos... La Enseñanza
me resultaba relativamente “sencilla”. Cobraba un sueldo muy estimable casi sin sufrimiento, y, aparentemente, con
la conciencia ‘tranquila’ -sin menoscabo de la exigencia de la lucha, sin
lesión de mis ideales... Caí, al fin, en la cuenta de que yo era el peor de todos, de que
constituía el “éxito supremo de la Institución” -el tipo de profesor que ésta
requería para ‘reformarse’, ‘modernizarse’, embaucar astutamente a los
alumnos y adaptarse a la perversidad de los Nuevos Tiempos. Me había
convertido en algo mucho más deplorable que un ‘profesor’: me había
convertido en un ‘profesor amado’.
A partir de ahí, empecé a cambiar de paradigma... Quise re-inventarme,
hacerme otro. Ignoro si la esquizofrenia, que tan importante papel ha jugado
en mi corazón y en mi cerebro, me ayudó en ese empeño... No me importa
reconocer que, por aquel entonces, yo caminaba de su brazo; ella era la dueña
secreta de mis días.
Y, por
fin, en Orihuela, nació ese irresponsable
que nunca podré volver a encarnar, que se halla (en dignidad, en
inteligencia) mil veces por encima de mi ser actual, y que me sigue
mereciendo un inmenso respeto. Su terrible cordura estaba hecha de sinrazón
y, quizás no debería decir esto, de arte; su hermoso extravío sabía
demasiado de los lugares comunes en los
que nunca nos perdemos y donde todo está ya perdido. Algo debió quebrarse
en mí, de todas formas. Me instalé orgullosamente en el inmoralismo, en el
crimen, en el aborrecimiento máximo de la Escuela y de esos homúnculos que llamamos
“educadores”... Le perdí, primero, el miedo a la Expulsión; luego la
busqué con un ardor de loco.
.-2) ¿Qué
papeles desempeñan en su obra las figuras del Desertor, del Esquizo, del
Libertino, del Comediante, del Fugitivo, del Apátrida,...? ¿Qué sentido
asumen, real o simbólico, ante una sociedad como la actual?
Todos
estos “personajes” aparecen como especificaciones
de una figura central, en la que se funden conflictivamente: la figura del
Irresponsable, el hombre que ya no responde ante nadie de sus actos. El Irresponsable, desde el punto de
vista de su relación con las ideologías, es un desertor; atendiendo al veredicto ‘clínico’ de la Razón psicológica (y
psiquiátrica), deviene esquizo; por
su modo de detestar la Casa,
la Nación,
los Hogares,..., se revela apátrida;
observando su forma de actuar en el aula, ante los alumnos (y en la sala de
profesores, ante sus ‘supuestos’ compañeros), se diría que practica la comedia; midiéndolo con la vara de la
moral, aparece sin duda como un libertino;
por su manera de reaccionar ante el poder, ante los mil escenarios dispersos
de la dominación, cabe definirlo “fugitivo”;
etc.
Lo que
fui construyendo de esa forma en mi libro, al presentar estas ‘figuras’ que
se remiten las unas a las otras, que se inscriben unas en otras, que se
reclaman y superponen, es el perfil de una Subjetividad Rigurosamente Insumisa, un tanto “inhumana” por su
carácter absoluto, por el exceso de su ‘pureza’, por su aspecto ‘diamantino’.
¿Quién, de entre nosotros, no se ha
sentido alguna vez ‘tocado’ por la esquizofrenia? ¿Quién no se ha sabido
‘fugitivo’, ‘desertor’, ‘apátrida’,...? ¿Quién no se ha permitido, por
ejemplo., amar y amarse en el ‘libertinaje’? La forma de inhumanidad
arrostrada por el irresponsable
refleja la inhumanidad que me constituía por aquellos años: inhumanidad de un hombre devorado por su
propia lucha, inhumanidad de un ser que vivía para la Rebelión Integral,
que vivía sólo de esa rebelión.
Como te decía, esa postura, que no he podido conservar todo el tiempo, me
merece un tremendo respeto; y no seré yo quien cargue ahora contra
ella... Al contrario, reconociéndome
hoy incapaz de asumirla con el valor y la verdad
de hace años, “creo” en ella. Admito
que, en la sociedad actual, esa disposición
infinita de combate, esa sed
insaciable de lucha, puede conducir a lugares sombríos (manicomios,
auto-destrucciones, suicidios, criminalidades,...) y corre el riesgo de no
ser comprendida. Pero me da lo mismo...
Continúo opinando que la ‘resistencia’, la sublevación contra los poderes
coactivos del Capitalismo global,
pasa por esas figuras inclementes y casi inhabitables de la deserción
temeraria, de la comedia espantosa, del crimen arrogante, de la guerrilla sin
desmayo, de la esquizofrenia inaplacada,... Y me dedico a denunciar -esto si
he podido seguir haciéndolo- la impostura
mezquina, la falsía radical, de todas aquellas otras modalidades ‘más
razonables’, ‘más sensatas’, ‘más eficaces’, ‘realistas’, ‘positivas’,
‘constructivas’, ‘posibilistas’, etc., de “lucha”
-el “reformismo pedagógico” y las “escuelas alternativas”, por ejemplo., o el
“sindicalismo de Estado” y las organizaciones “representativas”, o las
pequeñas travesuras “no-gubernamentalistas”, o las iniciativas parlamentarias
‘izquierdistas’, o...
No sé
si, con esto, he respondido a tu pregunta... Pero ¡vaya pregunta! ¿Cómo
procurar decir algo en relación con
ella sin sentir la obligación de tener que decirlo todo?
.-3) El
alumnado padece los efectos del autoritarismo escolar, de la familia
opresiva, del trabajo alienante, etc., y no siempre ‘reacciona’ ante ello.
¿Se debe, tal vez, a una auto-coerción, como a veces sugiere en su
texto?
Creo que
en gran medida sí. Pero aclarando enseguida que se trata de una
“auto-coerción” inducida, una “auto-represión” trabajada, estudiada,
promovida desde fuera. Nietzsche lo
dijo: el estudiante es una víctima
culpable. Existen, hoy por hoy, la auto-coacción y la coacción externa,
la auto-domesticación y las estrategias ‘exteriores’ de sujetación, siempre
alimentándose unas de otras, sosteniéndose mutuamente: consentimos el horror
de lo de ‘afuera’ por la fortaleza de las mordazas interiores, de las
auto-vigilancias personales, y, al mismo tiempo, esa iniquidad de lo real,
esa infamia de lo existente, surte sin cesar ‘argumentos’, ‘razones’ (y
expedientes, y procedimientos, y tecnologías), para que nos apliquemos en la docilidad
y en la auto-coerción... Pero, a largo plazo, estimo que, en efecto, lo
decisivo va a ser la solidez del aparato de auto-represión, la solvencia de
los dispositivos de auto-control. En mi opinión, nos hayamos en los albores
de la post--democracia, una
formación político-social que habrá hecho de cada hombre un policía de sí mismo, y que, como
complemento, habrá reducido espectacularmente todo el aparato de represión
física estatal (policías, agentes, etc.). Avanzamos hacia la subrepción
-invisibilización, ocultamiento- de todas las tecnologías de poder y de
dominio, con una apuesta decidida por los mecanismos de control psíquico
(simbólico) y un paulatino desechamiento del recurso a la fuerza, a la
violencia explícita. El “policía de sí mismo” ya aparece por algunas de
nuestras aulas (en las Escuelas Alternativas, por ejemplo.), bajo la forma de
ese estudiante ‘participativo’, ‘activo’, que interviene en la gestión de los
Centros, en la confección de los temarios, en la dinámica de las clases,
etc., y que, tentando la auto-calificación, a un paso estará de “suspenderse
a sí mismo” sin remordimientos... Con estudiantes así, ya casi no hacen falta
los profesores. Con ciudadanos así, ¿para qué se querrán los policías?
Uno de
los rasgos más perceptibles de las sociedades democráticas contemporáneas
estriba, precisamente, en la misteriosa
e inquietante “docilidad” de las poblaciones, una ‘ausencia de
resistencia’ estulta y casi suicida, una conformidad con lo dado que nos
convierte, como anotó E.M. Cioran, en “aspirantes taimados a la dignidad de
monstruos”, cómplices y partícipes del horror del Planeta, consentidores y
beneficiarios de toda la desigualdad y de toda la violencia que nuestro
sistema siembra a diario sobre la
Tierra, responsables morales de cuantos Auschwitzs
cosechemos a la vuelta de los años. Esta docilidad
misteriosa y potencialmente homicida, que nos erige en monstruos, vive
hermanada, por así decirlo, a aquella “auto-coerción” que señalabas en tu
pregunta...
.-4) El
Comediante se representa a sí mismo, pero a su vez desempeña un sinfín de
papeles. ¿Es de esta manera como pretende que los estudiantes adquieran un
pensamiento crítico, reconociéndose en el modelo de un “actor errático”?
En toda
elaboración de una obra hay pasajes en los que el autor se siente
particularmente “seguro”, en los que aborda cuestiones que considera
prácticamente “cerradas”, de sobra meditadas, discutidas, revisadas. Y otros,
desasosegantes, en los que se manifiesta más la intención, o la inclinación,
que la conclusión en sí, casi más el proceso de búsqueda de una tesis que la
tesis misma; pasajes ‘abiertos’, ‘inacabados’ para siempre, ‘abocetados’, ‘movedizos’ -sobre todo, movedizos-, llenos de puntos de fuga,
de cláusulas interrumpidas, incluso de contradicciones latentes... Este es el
caso de mis páginas sobre el Comediante (páginas “definitivamente inconclusas”, por utilizar la expresión de
Marcel Duchamp). No las estimo menos por eso; pero me cuesta trabajo
responder a las interrogantes que suscitan... Me sentiría satisfecho si, para
atender a tu pregunta, lograra meramente explicitar con claridad, como te
decía, la inclinación, la intención a que obedecen...
El
capítulo de El Irresponsable
titulado “Comediante. La Representación Errática” aborda, justamente,
uno de los aspectos más lacerantes, más dolorosos, de la práctica discursiva
de este ‘anti-profesor’: aquel en el que, a pesar de todo, o a causa de todo,
debe hablar en la Institución, tomar
la palabra en el aula. Es algo que no le gusta, pero tampoco se cierra en
banda a ello. Y hay ocasiones, ni siquiera pocas, en las que, por diversas
razones (un interés manifiesto de los alumnos por este o aquel asunto, que
provoca una demanda de ‘explicación’; la solicitud de un colectivo; un deseo
feroz del ‘irresponsable’, al que no puede resistirse y que le empuja a
explayarse ante los estudiantes; etc.), ha
de hablar, casi se diría que “ha
de dar clase” -pudiendo “dar clase” circunstancial y excepcionalmente, el
‘anti-profesor’ jamás “da escuela”...
¿Como habría de hacerlo, entonces? ¿Cómo lo hace? ¿Cómo lo hice? Con esto me
adentro en un terreno fragoso, en un asunto que en modo alguno tengo
‘resuelto’, campo de intuiciones, de sospechas, de cielos afoscados y niebla
tornadiza sobre el menor apunte de idea...
Me
pareció en primer lugar -es decir, así
lo he sentido en el trance de “tener que hablar”- que era preciso
des-atarse, no ‘interpretar’ ningún papel definido, no dejarse atrapar por
ningún estereotipo (el estereotipo del profesor ‘contestatario’, ‘alumnista’,
‘reformista’, por ejemplo). No “interpretar” -no hacer, por tanto, de
‘educador’, de ‘profesor’, de ‘enseñante’-, sino “ser”. Ser, de una parte, uno mismo, jurando fidelidad profunda
a los deseos, caprichos, manías, ‘estilos’, etc., que constituyen nuestra
idiosincrasia; y ser, de otra, cualquier hombre imaginable, todo lo
demás (estar abierto al astillamiento de la personalidad, a la fractura del
carácter, a la multiplicación, desmembración, enriquecimiento del yo...). Lo
que emerge de esta forma en el aula, como soporte de la palabra, es lo más
opuesto a lo que cabría esperar de un “funcionario de Educación”: emerge un comediante, un ‘actor’ inaprehensible
e impredecible...
Sentí, en
segundo lugar, que la práctica ‘verbal’ del anti-profesor no debía caber en
ningún molde concebible, no debía
degenerar en una “fórmula”, un “esquema”, un “método” racionalizado... De
hacerlo así, de formalizarse,
perdería su ‘peligro’, que siempre procede de la imprevisibilidad, de la
sorpresa, del temor que suscita la ausencia de sistema. Se abría entonces,
por este doble movimiento -no “interpretar” y no “formalizar”-, una puerta al
arte, a la creatividad, a la poesía, al teatro (forzosamente, “de la Crueldad”)...
En tercer
lugar, creí comprender que lo más importante no era el ‘contenido’ de las
palabras -su relación con la
Verdad y la
Mentira postuladas, por ejemplo-, sino el ‘modo’ en que
éstas estallaban ante el público,
ante el auditorio, ante los alumnos. Deduje de ahí una vindicación de la
“intensidad” y de la búsqueda de la eficacia dolorosa: el “irresponsable”
hablaría sólo para azotar a
alguien; sus ‘charlas’ deberían ser realmente heridas, atentados, trastornos... Cuando, en medio del
terror de tener que hacerlo, un ‘antiprofesor’ toma la palabra en el aula, algo sucede... Denuncias, apertura de
expedientes, escándalos de prensa, un intento de homicidio,..., en mi caso; pero no sólo eso -algo sucede,
también, en la vida del ‘receptor’.
Conforme avanzo en estas ideas, noto que me
voy perdiendo. Pido disculpas por ello... Quiero añadir, en fin, y antes de
que me pierda del todo, que las ‘propuestas’ del Comediante no están
destinadas al alumnado, no le indican nada en su beneficio, en su provecho...
El irresponsable da la espalda respetuosa
y humildemente a los alumnos:
al no situarse ‘por encima’ de los estudiantes, no tiene nada que hacer ‘por’
ellos y ‘en’ ellos -ninguna operación ‘pedagógica’ sobre su conciencia. Los
deja en paz, simplemente. Lo suyo tiene que ver en exclusividad con la máquina
escolar, con los modos y las tretas de un combate a muerte contra el Orden de
la Escuela. La
pretensión de hacer algo “por el bien” de los alumnos se le antoja
sencillamente indigna. ¿En virtud
de qué un triste ‘docente’ está capacitado para una labor tan “honrosa”? Son
los estudiantes los que deben decidir cuál es su propio bien y luchar por él si lo consideran conveniente... El
comediante mira a otro lado; no pierde nunca de vista esa máquina escolar que
quisiera sabotear definitivamente, desguazar con el rigor de un mecánico
perverso, averiar para toda la
eternidad... Por decírtelo de una forma un poco provocativa: el
‘antiprofesor’ estima que no le compete en absoluto infundir un pensamiento crítico a sus alumnos.
Tiene ya bastante, casi demasiado, con salvaguardar el rescoldo de
‘criticismo’ que subsista en él y llevarlo allí donde todavía pudiera
originar un incendio. La ‘cabeza’ del
estudiante le importa un pito...
.-5) ¿Cómo
considera que se debería desarrollar una lucha, por parte de los alumnos y de
los profesores, desde dentro del
sistema educativo vigente y contra
ese mismo sistema? ¿Se encontraría intrínsecamente ligada al placer de la
destrucción-creación?
Hay una
figura que me irrita tanto como la del “educador” clásico: la del ‘metodólogo’
de la insurgencia, la del ‘experto’ en subversión, el hombre que se juzga
facultado para decirnos cómo debemos y cómo no debemos insubordinarnos. Me
parece que nadie debería arrogarse la función de definir “estrategias
correctas”, “tipos eficaces de contestación”, “modalidades adecuadas de
resistencia”, etc. Todo eso desprende un insoportable tufo a estalinismo, a una curiosa “división
del trabajo” en el ámbito de la lucha (de una parte, los que piensan y se encargan de ‘establecer’ los objetivos y las
maneras del enfrentamiento, la ortodoxia de la rebelión; y, de otra, los que de verdad se sublevan, la
carne cotidiana de cañón, el blanco material de las policías y de los
jueces...). Por todo esto, no voy a
responder a tu pregunta. La lucha de los alumnos es un asunto de los
alumnos, y yo no voy a permitirme la infamia de pontificar sobre ella. La
lucha de los profesores, me temo que no existe -yo, al menos, no la
conozco... Sólo puedo hablar de lo que he sido y de lo que hecho, a veces
‘acompañado’ por otros hombres que tampoco se sentían ‘profesores’ y
respetaban demasiado a los alumnos como para intentar ‘reconducir’ su
insurrección. Sólo puedo hablar de la lucha de los “anti-profesores”; y ni
siquiera para ‘proponerla’ como un modelo.
Soy un cronista de mi propia lucha. Tuve la suerte de luchar un día, y hablo
de ello. Al mismo tiempo, procuro no dejarme engañar por las pseudo-luchas de
los educadores -particularmente de los “profesores reformistas”, de los
“enseñantes inquietos”, los más mentirosos de todos. No me atañe definir cómo se ha de combatir la Escuela; lo mío es
‘mostrar’ una forma de insumisión y desenmascarar las falsas confrontaciones, las batallas amañadas, del Reformismo
Pedagógico, de los docentes ‘revolucionarios’, de los enseñantes
‘comprometidos’, de todos aquellos que se instalan
en el aparato educativo (vale decir, en el Prestigio y en la Nómina) y, desde esa
posición de poder, ‘soldados’ a los fines y a los procedimientos del Estado,
todavía se atreven a presentarse como luchadores
anticapitalistas, o “antiautoritarios”, o “anti-sistema”. ¡Terrible
hipocresía, la de estos funcionarios de la desigualdad y de la opresión que
hablan de la necesidad de ‘transformar’ la sociedad y proclaman dedicarse a
ello desde sus puestos mercenarios de trabajo! ¡Terrible engañifa, la que
arrastra el concepto mismo de una “lucha de los profesores”! Nadie lucha menos que los profesores: la esencia
de su práctica consiste en pasar a cuchillo hasta la menor raíz de una
resistencia legítima...
El
paradigma de la irresponsabilidad en la Enseñanza exige, más bien, la figura del
‘antiprofesor’, del ‘des-educador’, del ‘contra-pedagogo’ inejemplar. Y es
cierto que, desde su radicalismo (violación de la Ley desde fuera de la Moral, voluntad de
Crimen), desde su explícita afición al luddismo, se halla intrínsecamente
ligado al placer de una
‘destrucción’ que es al mismo tiempo ‘creación’... Por otra parte, se concibe
como un ‘recorrido’; y abomina del arraigo, del enquistamiento en el aparato
educativo: para su final quiere la Expulsión. Durante
todo el trayecto, tiende puentes hacia el arte, hacia la imaginación crítica,
hacia la poesía de la desestabilización. No ‘enseña’ a luchar; desengaña de
las luchas aparentes... Hay días en los que me veo tentado de añadir que este
paradigma requiere, a la vez, el privilegio
de la locura y la única nobleza
verdadera, que ha sido siempre la
nobleza del dolor...
.-6) ¿Puede la
pedagogía libertaria suministrar los fundamentos teórico-prácticos de una
Nueva Escuela deseable?
Llegados
a este punto, me veo obligado a mostrar mi cara más antipática... Me parece que la Nueva Escuela
“oficial” del mañana, la
Escuela Reformada de la “post-democracia”, se va a nutrir
precisamente de los fundamentos y las técnicas de las escuelas libertarias
contemporáneas -simulacro de ‘libertad’ en las aulas, ‘participación’ de los
alumnos en el gobierno de los Centros y en la dinámica de las clases,
invisibilización del poder profesoral, etc. Y que, de ese modo sutil, blando, alumnista, se
capacitará para satisfacer “mejor” los requerimientos político-ideológicos y
psico-sociológicos del Sistema. Y, con esta idea, que contraviene los
presupuestos y las prácticas de las llamadas “Escuelas Libres” (tipo
‘Paideia’), no me sitúo, en absoluto, fuera del movimiento anarquista -en
todo caso, me distancio de una fracción del mismo, ‘constructivista’ en el
dominio pedagógico.
En la
actualidad, las sensibilidades ácratas ante el problema de la Escuela se bifurcan en
dos grandes orientaciones: para unos, se trata de “inventar” una Nueva
Escuela, radicalmente distinta a la “oficial”, aprovechando el legado de
Ferrer Guardia, de los pedagogos libertarios de Hamburgo, de experiencias
como la de ‘Summerhill’, etc. Esta es la opción constructivista... Para otros, por el contrario, el mal radica en
la ‘forma’ misma, en la
Escuela en sí, en el hecho de la escolarización
“obligatoria” (y en el prejuicio subyacente de que “para educar es necesario encerrar”).
Desde esta perspectiva, toda ‘reforma’ de la Escuela y toda
‘invención’ de una Nueva Escuela (por muy “libre” que se predique) sirve a
los intereses del Estado y del Capital, y sólo propende una optimización del
rendimiento político e ideológico de la Institución. Esta
es la opción desescolarizadora,
avalada por autores como Illich y Reimer, entre otros. Hombres y mujeres
anarquistas se rompen hoy la cabeza procurando diseñar una Escuela
no-opresiva, no-autoritaria, no-domesticadora; y, al mismo tiempo, otros
hombres y mujeres no menos anarquistas luchan por arrancar sus hijos de las
garras de la Escuela
y proveerles de la educación que necesitan sin transigir por ello con el
“encierro” -educación por la familia, educación en la comuna, colectividad
educadora, auto-educación,... Durante estos últimos meses he tenido ocasión
de conversar con partidarios de una y otra corriente: compañeros libertarios
involucrados en experimentos pedagógicos anti-autoritarios (“Escuelas
Libres”, “Escuelas Convivenciales”, etc.); y compañeros anarquistas empeñados
en hacer viable, para sus hijos en primer lugar, aquella educación sin Escuela...
Yo
trabajo en la línea de una crítica radical de la Escuela, de todo tipo de
Escuela; y no puedo simpatizar por ello con los afanes “constructivistas”.
Gusto de presentarme como un “anti-profesor”, un “desescolarizador”. Apunto
hacia un nuevo ejercicio político de la corrosión
en la Enseñanza,
hacia la culminación, como te decía, de un ‘recorrido’ subversivo,
incordiante, empeñado en la conquista
de la Expulsión. Y soy partidario de un fomento consciente, sistemático, infatigable,
de los distintos medios e instrumentos de la auto-educación de la
juventud -formas de transmisión de la cultura, de socialización del saber,
independientes de la Escuela,
desligadas del Estado, como los ateneos, las distribuidoras, los colectivos,
las bibliotecas alternativas, las revistas y las editoriales no-capitalistas,
etc. Hay, al margen de la
Escuela, un vasto campo de recursos para la auto-educación
de la juventud, de la población, que garantizan hoy la posibilidad de una
transmisión no-vigilada de la cultura. Procuro implicarme en ese proceso,
apoyar en la medida de mis posibilidades el nacimiento y la consolidación de
estas entidades culturales hostiles al aparato del Estado, y favorecer una
expansión de los medios y las ocasiones para el aprendizaje informal, para la divulgación
no-institucional de los conocimientos. No soy un iluso: no espero milagros de
esta pequeña retícula cultural
no-escolar. Pero, en mi opinión, nada cabe esperar de las experiencias
escolares alternativas, nada desde el punto de vista de la ‘resistencia’
anticapitalista... Mi corazón me dice que “lo libertario” en la Escuela no es ‘reformarla’
y ‘preservarla’, sino ‘convulsionarla’ y ‘abandonarla’. Además de mi corazón,
también me lo dice Antonin Artaud, con su Heliogábalo
o el anarquista coronado...
.-7) ¿Cómo
cabe caracterizar el “arte de hacer pensar” de que habla en su libro? ¿Por qué
anota que esa práctica debería extender su influencia a todos los ámbitos del
espacio socio-institucional -fábricas, familias, hospitales, cárceles,...?
Aunque
el Irresponsable procura no intervenir en la conciencia del estudiante,
tampoco ignora que, por la mera lógica de la “exposición” circunstancial a su
discurso, de los “encuentros” que se producen entre él y el alumnado, siempre
quedará un ‘resto’ de influencia, un ‘poso’ de incidencia sobre la
subjetividad de los jóvenes. Como mal menor, reorienta ese inevitable residuo de poder a fin de que, por una
vez, no trabaje para la “divulgación de la cultura”, para la “transmisión del
saber” (eufemismos cínicos que ocultan, sin más, una labor de adoctrinamiento de la población, de ideologización del colectivo escolar,
de difusión de los mitos del
Sistema). Lo que busca el ‘antiprofesor’ es algo muy distinto, y que lo pone
a salvo de los desvelos proselitistas
todavía perceptibles en las “Escuelas Alternativas” -aún reconociendo el
mérito y el valor de la obra de Ferrer Guardia, ¿podemos negar que desde el
principio se vio tiznada de un decepcionante anhelo ‘proselitista’?-: busca
la provocación intelectual, la conmoción crítica del receptor, ese
“hacer pensar” a que te refieres... No se presenta como el portador
privilegiado de un conjunto de ‘verdades’ desenmascaradoras,
desmitificadoras, explosivas -de hacerlo así no podría sustraerse a la lógica
adoctrinadora-, sino como un artista de la descomposición de las
certidumbres, un gran suscitador de la “expectación reflexiva”.
He dicho
“artista” porque esta meta difícil del hacer
pensar no está al alcance de una determinada ‘metodología científica’, no
puede ser garantizada por ningún sistema pedagógico, por ninguna propuesta
didáctica. La Didáctica,
lo Pedagógico y el Cientificismo, a pesar de sus declaraciones
auto-justificativas, han perseguido siempre la impregnación ideológica de la sociedad, la conversión de la
“ideología dominante” en sentido común,
en conciencia anónima, en verosímil popular. Gramsci,
Horkheimer, Barthes y Althusser han aludido convincentemente a este efecto
‘ideologizador’ de las prácticas científicas y culturales... “Hacer pensar”
no es un objetivo que de verdad interese a tales prácticas; ni siquiera
estaría en sus manos, en el caso insólito de que un día se sublevaran contra
sus señores, el Estado y el Capital. Sólo al arte le ha sido concedido ese poder fascinante de sembrar la
desconfianza y movilizar las energías intelectuales del receptor. Sólo el
arte puede llevarnos a aquel “adiestramiento en el olvido de lo ajeno y en el
placer de la opinión personal, regreso a las primeras preguntas y a las
respuestas que no se han dado, reconquista de la afirmación huérfana y del primitivo orgullo de
hablar por uno mismo” a que aludía en mi ensayo. La mejor literatura, la
pintura y la escultura no-complacientes, el teatro más cruel, incluso el cine consciente de su especificidad , han
conseguido manifiestamente ese efecto... Por ello hablaba de un “arte del hacer pensar”; y por ello el
Irresponsable se aleja de la docencia y atenta contra la Escuela por los caminos de la creación artística.
Considero que este propósito de no ‘infundir’ un determinado
pensamiento, de no ‘inculcar’ un sistema ideológico dado, y, a la vez,
sembrar el principio de desconfianza, la vocación
de disentir, es el único que merecería la pena generalizar por el resto
de las instituciones sociales y de los espacios de dominación, familias,
hospitales, manicomios, cárceles, fábricas, cuarteles, etc. En todos estos
recintos, la lógica implacable de la repetición
del saber (saber psicológico, saber
médico, saber sindical, saber penal, etc.), habiendo forjado ya una ideología profesional -ese discurso
empobrecido y empobrecedor de los médicos, los psiquiatras, los
sindicalistas, el funcionariado de prisiones,...-, un endurecido sentido común laboral, sólo puede
combatirse desde aquella invitación, artísticamente inducida, a una “búsqueda
del discurso virginal y de la interpretación salvaje, del relato que no se
moverá más al abrigo de la cita
porque querrá retornar a la indefensión de la piel desnuda y sabrá agradecer
el estímulo del frío verdadero” - y no mediante el simple enfrentamiento con
un conjunto ‘adverso’ de postulados ideológicos y de aseveraciones
doctrinales supuestamente ‘críticas’. “Hacer pensar”: parece sencillo, pero
es hoy lo más difícil del mundo...
.- 8) A
menudo se alega que la resistencia anticapitalista debe “apoderarse” del
Lenguaje. Pero ¿de qué forma? ¿Elaborando uno propio? ¿O arrebatándoselo, de
un modo o de otro, no acierto a ver la manera, a sus poseedores?
En este asunto yo soy bastante más pesimista. Me
parece que hace mucho tiempo que el Lenguaje se apoderó de nosotros, hasta el punto de que hoy ya no somos más
que las palabras que nos hablan.
Somos hablados por el Lenguaje; y lo peor de todo es que ese lenguaje encarnado en nosotros es un lenguaje
discriminador y segregador, que arrastra la mácula de la dominación, del
sexismo, de la xenofobia, del exterminio de la diferencia,... Nietzsche fue
uno de los primeros en advertirlo, con una observación certera, fulminante: “Me temo que nunca nos desembarazaremos de
Dios, pues todavía creemos en la
Gramática”. También le pertenece una frase inequívoca,
que señala el origen de todos estos males
del lenguaje: “Desde siempre ha estado, entre las prerrogativas del
Señor, la de poner nombres a las cosas”.
De alguna forma, con estas dos referencias del “viejo martillo filosófico”,
ya está casi todo dicho acerca de la perversidad del Lenguaje: teniendo su
origen en la desigualdad y en la dominación de unos hombres por otros, en la
violencia y en el ejercicio del poder, es ya todo su cuerpo el que se halla
infectado, corrompido, y no sólo la semántica. La responsabilidad del
Lenguaje en la reproducción de la dominación no deriva sólo del “significado”
de las palabras que proferimos cotidianamente, de sus connotaciones
‘belicistas’ o ‘racistas’, de las implicaciones ‘sexistas’ de ésta o aquélla
terminación; es también -y sobre todo- un asunto de orden sintáctico, de orden gramatical. Desde su misma raíz, el
Lenguaje está investido de odiosos efectos de poder y de segregación. Es tan
profundo su mal, que ya no admite reforma.
Por añadidura, las condiciones sociales y políticas en que se desenvuelve
nuestra existencia contemporánea aseguran que todo otro lenguaje que podamos inventar acusará semejantes
deficiencias, la misma sustancial malevolencia.
No está en nuestro poder elaborar, de un día para otro, un lenguaje libre de culpa. Nuestra
sociedad está enferma, nuestro corazón podrido, de las relaciones de poder y
de explotación no escapa ya ni el más olvidado de nuestros órganos,...
Cualquier lenguaje que seamos capaces de concebir se verá afectado
(constituido) por este poso de la barbarie y de la explotación que no
logramos sacudirnos. Más aún: será un arma,
un instrumento, de esa barbarie y de esa explotación...
¿Qué
hacer, entonces? Prefiero que cada cual responda a esta cuestión a su manera. Unos se dedicarán a
‘marcar’ el lenguaje con signos que constantemente delaten la iniquidad de
sus intenciones y la bajeza de sus orígenes (corregirán las terminaciones,
invariablemente ‘masculinas’, o las complementarán con las femeninas
correspondientes; borrarán determinados vocablos de su léxico y los
sustituirán por ‘otros’ menos nocivos;
etc.). Y es ésa una empresa loable, con la que resulta imposible no
simpatizar. Pero es una empresa insuficiente...
Otros procurarán ‘destruir’ en sus obras este Lenguaje sucio que nos asfixia, desmembrándolo, invirtiéndolo,
pervirtiéndolo,... Y es éste un “gesto” que no carece de interés, sin duda
saludable. Pero sólo un gesto, una
metedura de dedos en el ojo del Lenguaje, acción tan atrevida como insuficiente. Algunos no harán nada, y seguirán utilizando
resignadamente un Lenguaje contra el que, a fin de cuentas, acumulan los
mismos cargos que contra el Trabajo, la Familia o la Casa. Y ¿quién va a lanzar contra ellos la
primera piedra de la desaprobación, si todos bajamos cotidianamente la cabeza
ante algo o alguien y por desgracia sabemos de ‘resignaciones’ varias? Yo he
optado por recorrer el Lenguaje armado de intenciones insumisas,
desangrándolo de metáforas y enfrentándolo sin descanso a las miserias de su condición servil. Y es
el mío un proceder también insuficiente,
en alguna medida resignado,
probablemente poco más que un gesto...
Pero ‘creo’ en esta lucha contra el
lenguaje y en el lenguaje, con el lenguaje y por el lenguaje; ‘creo’ aún -no sé hasta cuándo- en la necesidad
de una escritura sublevada...
.-9) A la
vista de su posicionamiento teórico y de la práctica que llevó a cabo, hay
quien lo considera un “terrorista pedagógico”. ¿Se estima usted como tal?
Si he de serte sincero, te diré que prefiero
sembrar el terror entre los
profesores y los pedagogos antes que el reconocimiento o la discrepancia
amable. Soy un gran odiador de la Escuela. Las
palabras que encuentro y reúno para combatirla no están a la altura de ese
odio, y siempre me dejan insatisfecho. El daño
que quisiera infligir a la institución escolar es infinito, y me atormenta
percibir que apenas logro hacerle
cosquillas. Experimento, sin duda, el resentimiento y la frustración de
todos los terroristas; y debe haber
algún inmenso amor a no sé qué otra
cosa detrás del odio que albergo en mi corazón, como a ellos les sucede...
Pero no me gusta la comparación: es
injusta con ellos. A su lado, yo soy un niño jugando a dar miedo. Mi
modestia me lleva a verme, sin más, como un anti-pedagogo. Eso es lo que soy, un “anti-pedagogo” visceral.
Como
“anti-pedagogo”, impugno un supuesto que está en los cimientos de esa
disciplina, en el surtidor de todas las críticas ‘progresistas’ a la Enseñanza tradicional
y de todas las ‘alternativas’ disponibles: la idea de que compete a una selecta aristocracia del saber (los
educadores, los profesores) realizar una importantísima tarea en beneficio de
la juventud, una operación calificada sobre la conciencia de los estudiantes
de la que se seguiría la mejora o transformación de la sociedad. Arrogándose
una facultad demiúrgica (‘creadora’
de hombres), y como miembro de una “élite”, erigido en autoconciencia crítica de la Humanidad, el ‘educador’ se entregaría a
una delicada corrección del
carácter de los jóvenes, a una muy ‘ilustrada’ labor de forja de la personalidad, siempre con la mirada puesta en el
‘bien’ del estudiante y en lo que conviene a la sociedad -se aplicaría a la modelación de sujetos ‘críticos’,
‘autónomos’, ‘creativos’, ‘independientes’, ‘libres’, ‘solidarios’,
‘tolerantes’, ‘pacifistas’, etc. Bochornoso, este elitismo, aderezado de filantropía,
pone de nuevo sobre la mesa aquella moral
de la doma y de la cría que tanto irritaba a Nietzsche e incurre una y
mil veces en lo que Foucault, pensando no sólo en los educadores, denominó “la indignidad de hablar por otro”
(indignidad, en nuestro caso, de suplantar la voz del estudiante; de
‘reformar’ la
Institución en su
nombre; de intervenir policialmente en su subjetividad alegando que se
hace por el propio bien del afectado; etc.). A la manera de un déspota ilustrado, pertrechado de
conocimientos ‘especializados’ y pautas ‘científicas’, el educador moderno,
sucedáneo de la divinidad, se entregaría a una empresa ‘redentora’,
‘salvífica’, casi estrictamente ‘religiosa’... Pero, en realidad, nada, absolutamente
nada, ni los estudios, ni las lecturas, ni la formación ‘científica’, ni los
títulos ‘académicos’, autorizan a un hombre (lamentable funcionario, muchas veces) a elevarse tan ‘por encima’ de los
demás y decretar, desde esas alturas,
qué tipo de “sujeto” necesita la
Humanidad para ‘progresar’ o curar sus heridas; nada hay en
su preparación o en su carácter que lo capacite para tentar aquella infamante
operación pedagógica sobre la
conciencia estudiantil; nada justifica que se arrogue un papel ‘divino’,
remedo de la Creación,
y mire a la sociedad toda con ojos de águila... Oscar Wilde estimó que los
‘educadores’ constituían “el azote de
la esfera intelectual”. Y La Polla Records nos sugirió qué podemos hacer con
ellos: “¡Gurú! Una patada en los huevos
es lo que te pueden dar”. Estoy de acuerdo.
Sin
embargo, todo esto no es “terrorismo”, no se ha ganado todavía esa
calificación: se trata, meramente, de “anti-pedagogía”...
.- 10)
¿Desea decir algo más?
Agradeceros sinceramente que os hayáis acordado de mí en este trance
apasionante de la elaboración de un nuevo número de vuestra revista, y
desearos toda la fortuna del mundo en la empresa imprescindible de asegurar su continuidad. Ponerme además a
vuestra disposición para cuanto necesitéis y esté en mi mano.
Como
dicen los compañeros de un ateneo libertario de Valencia:
“Salud, Suerte e Imaginación”
Un abrazo:
Pedro
García Olivo
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