El representante de la casa de piensos
compuestos
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síndrome de Viridiana en la política
El mito de la “sociedad civil” |
Este artículo, que forma
parte del libro “El enigma de la docilidad”, ha aparecido por separado en
diversos medios, impresos y digitales. Referimos ahora su reproducción en la revista
mejicana “Memoria”, publicación del
Centro de Estudios del Movimiento Obrero y Socialista. Para leer íntegro el
artículo, pínchese aquí
|

Mesoamérica en
Ciudad Real
De campesindios insumisos,
planes ominosos y días cabalísticos
Armando Bartra
Construir la
alternativa ¡ya!
Felipe Zermeño
Mucho más que
dos izquierdas
Franklin Ramírez Gallegos
Chávez y la
nueva etapa de Venezuela
Ernesto Carmona
Las piezas del
rompecabezas bolivariano
Juan Torres López
La guerra
contra los trabajadores
David Sirota
¿Qué tan
progresista es Stiglitz?
Eduardo Gudynas
Latinoamérica
subsidia a EU con talentos
Augusto
Pinochet: epitafio para un tirano
Mario Amorós
Disney y sus
últimas películas
Márgara Averbach
El mito de la "sociedad civil"
Pedro García Olivo
El fin del
engaño y la última frontera
(primera parte)
Ricardo Alarcón de Quesada
Acerca de la radio
y la sociedad mexicana
Pável Granados
Una inquietud
de amanecer
José Jaime Chavolla Mc Ewen
Obituario con
hurras
Mario Benedetti
EL MITO DE LA “SOCIEDAD CIVIL”
(Contribución
a la crítica de las formaciones culturales dominantes. Primera parte)
Seguro que
no basta con depositar todas las formaciones culturales dominantes en el
contenedor del Pensamiento Único. Creo que acabarían en el “vertedero
autorizado” y, de ese modo, casi les haríamos un favor. Tal vez convenga separar
la basura, distinguir los materiales y someterlos a crítica. Aunque sólo
sea para una cosa: para mostrar, habiéndonos detenido ante cada uno de sus
componentes, que ese supuesto Pensamiento Único, un pensamiento que se postula
“exclusivo” para ocultar su índole “excluyente”, deviene en realidad como una
forma de “pensamiento Cero”, la modalidad contemporánea del Pensamiento Ausente
–en términos rigurosos, el no-pensamiento demo-liberal.
... ...
...
La
literatura de la “sociedad civil” quizás constituya la última torsión, la
última pirueta, del liberalismo-ambiente; una temática que, según J. Keane,
está hegemonizando la producción de las ciencias sociales occidentales de los
últimos veinte años. Engendro del Norte, no cesa de surtir argumentos para
justificar la occidentalización del planeta, la primacía del Capitalismo a
nivel ‘global’. La “sociedad civil” como reino de la libertad posible, del
pluralismo, de la solidaridad, de la autonomía de los individuos, como bastión
anti-autoritario, freno y compensación del despotismo, etc., se pretende
propia, en exclusividad, de los regímenes democráticos liberales. Sólo bajo la
democracia de Occidente florece la “sociedad civil”, que es también una
condición para la salvaguarda y reforzamiento de esa democracia. El Islam, por
ejemplo, según Gellner, se halla estructuralmente incapacitado para alcanzar la
‘sociedad civil’. Y el socialismo del Este fue derrotado, ¿cómo no adivinarlo?,
por las fuerzas ‘emergentes’ de una “sociedad civil” que únicamente después de
la transición, y ya en un contexto
liberal, podrán desarrollarse plenamente...
Para
Gellner, la sociedad civil está constituida por “aquella serie de instituciones
no-gubernamentales diversas con la suficiente fuerza para servir de contrapeso
al Estado y, aunque no impidan a éste cumplir con su papel de guardián del
orden y árbitro de los grandes intereses, evitar que domine y atomice al resto
de la sociedad”. “Allí donde aparece la sociedad civil, en su concepción típica
e ideal, constituye un emplazamiento de complejidad, opciones y dinamismo, y
por tanto es el enemigo del despotismo político”, un refugio potencial de
“tolerancia, no-violencia, solidaridad y justicia” (J. Keane, glosando a
Gellner)... Sobre los ‘límites’ de esta “sociedad civil” no hay acuerdo entre
los distintos autores interesados en la temática: para Adela Cortina, que
define la sociedad civil como “la dimensión de la sociedad no sometida
directamente a la coacción estatal”, ésta se hallaría compuesta por “mercados,
asociaciones voluntarias y mundo de la opinión pública”. Para Walzer,
‘inspirador’ de la mencionada autora, la sociedad civil moderna es “el espacio
de asociación humana sin coerción y el conjunto de la trama de relaciones que
llena este espacio”: mercados, asociaciones voluntarias (‘adscriptivas’ como la
familia, y de ingreso voluntario) y esfera de la opinión pública... Un “reino
de la fragmentación y la lucha, pero también de solidaridades concretas y
auténticas” (Walzer). Por su parte, Habermas excluye de la sociedad civil también al poder económico, de forma que
ésta se caracterizaría por la proscripción de la “racionalidad estratégica”
(propia del área política y económica) y la primacía de la “racionalidad
comunicativa”: “un espacio público creado comunicativamente desde el diálogo de
quienes defienden intereses universalizables, es decir, en el sentido del
principio de la ética discursiva”. En cualquier caso, se insiste siempre en el
lado ‘saludable’, ‘benéfico’, de esta sociedad
civil: Cortina habla de su “potencial transformador”; Habermas casi la
convierte en el sustituto y equivalente funcional del proletariado ‘liberador’;
Walzer la erige en la ‘medicina’ por excelencia para una democracia ‘enferma’,
para un mercado ‘enfermo’, para combatir la ‘enfermedad’ del Nacionalismo, para
‘prevenir’ los males del conflicto social y ‘sanarnos’ de la propensión al
disturbio (como “fármaco” multiusos, la sociedad civil, desde la perspectiva de
este autor, mejora el funcionamiento de
instancias que ‘no’ niega: la democracia, el mercado, el Estado,...).
Las
“bazas” de la sociedad civil radicarían en la ‘voluntariedad’, el ‘pluralismo’,
su actuación como ‘escuela de civilidad’, su papel revitalizador de la ‘cultura
social’, su protagonismo como bastión ‘defensivo’ frente a los riesgos de la
globalización (desprotección de los individuos, abandonados por el Estado a la
carencia de escrúpulos de las multinacionales y la banca mundial...), su
permanente disposición anti-autoritaria y anti-despótica, sus efectos
‘profundizadores’ de
La
crítica de estas formulaciones, que constituyen la base teórica de los nuevos liberalismos ‘progresistas’, o
‘de izquierdas’ (“comunitarismo”, “republicanismo”, “democratismo
deliberativo”,...), es sencilla, incluso demasiado
sencilla:
1º)
Exageran el grado de “alejamiento” del Estado en relación con la sociedad civil, y el grado de “autonomía”,
“independencia” y “ausencia de coerción” que caracteriza a las prácticas de los
individuos en dicho espacio: en realidad, el Estado ‘llega’ hasta las familias, y las vigila, las moldea
(Donzelot); regula en interviene en los mercados;
y absorbe y gobierna las asociaciones voluntarias -subvenciones,
normalización jurídica, publicidad, etc. Hay, aquí, un “idealismo” de ausencia o de preservación -ausencia de Estado, preservación del Estado. En
relación con las conocidas tesis de Gramsci o de Althusser, que abordaron esta
misma problemática hace décadas -instituciones
de la sociedad civil en el italiano, aparatos
ideológicos del Estado en el francés-, se ha dado un bochornoso ‘paso
atrás’, un desgajamiento arbitrario “sociedad civil”-“órbita del Estado” que
fetichiza e idealiza a la primera para, como mito, ponerla a trabajar al servicio de la apología de
2º) Se
fijan, únicamente, en el lado ‘positivo’, ‘benéfico’, ‘esperanzador’, de
la “sociedad civil”; y desconsideran su
lado ‘negativo’, ‘maléfico’, ‘desesperanzador’: como ha subrayado Keane, en la
“sociedad civil” anida también la crueldad,
la violencia, la intolerancia, la explotación
de unos hombres por otros, el racismo,
las desigualdades, las opresiones y coacciones cotidianas y más o menos ‘anónimas’, etc. Además, las
instituciones de la sociedad civil tienen asimismo un cometido ideológico, adoctrinador, generador de “sentido común” -ahora llamado “cultura
social”- como vulgarización/interiorización de esa ‘ideología dominante’ que se
cifra precisamente en el democratismo.
Es significativo el silencio de los “teóricos de la sociedad civil” ante este
aspecto, omisión basada en el olvido
estratégico de la perspectiva gramsciana y althusseriana (una perspectiva
que fue ‘retomada’ por Heller, por Maffesoli, por Girardin, entre otros,
autores, todos, deliberadamente ignorados
por la nueva literatura). Partiendo de esta “exclusión”, y mediante un peculiar
juego de malabarismo teórico, todas las instancias
sociales de dominación (familia, sindicatos, partidos, iglesias, etc.) se
convierten, por mor de la reciente narrativa teórica ‘progresista’, en instancias privilegiadas de liberación.
Michael Walzer: “Los individuos dominados y que experimentan privaciones suelen
estar desorganizados además de empobrecidos, mientras que personas pobres con
familias sólidas, iglesias, sindicatos, partidos políticos y alianzas étnicas
no suelen estar dominados o experimentar privaciones por mucho tiempo.”
3º)
Presuponen, tácitamente, que nuestras democracias son lo contrario del
despotismo y del autoritarismo (que, no registrándose el menor indicio de
autoritarismo en la dinámica política parlamentaria, tampoco lo hay en la trama
asociativa ‘civil’), por lo que deberían ser exportadas al resto del Planeta - “occidentalización”. Ignoran,
así, toda la microfísica del poder (Foucault),
toda la lógica de la dominación
(Mafessoli, Baudrillard), toda la estructuración
jerárquico-burocrática-autoritaria (Deleuze), detectables en cada una de las formas asociativas, de
las agrupaciones, de las organizaciones de la ‘sociedad civil’ -pensemos, por
ejemplo, en los sindicatos- y actuantes en todos los ámbitos de la vida
cotidiana (reparemos en las iglesias, o en las familias). Ciertamente, la
democracia liberal deviene sólo como una reformulación
del despotismo y del autoritarismo, fenómenos inseparables de todo modelo de
gestión política fundado en la ‘representación’. Esquivando taimadamente esta
problemática del autoritarismo
explícito o implícito en las formaciones demo-liberales, los teóricos de las
sociedad civil abogan por una “comunidad
liberal de grandes dimensiones” (Taylor).
4º)
Dibujan, en el seno de esta “sociedad civil”, un cuadro rigurosamente falso de pluralismo y diferencia en las ‘concepciones de vida’, en los ‘modelos de
felicidad’. “El pluralismo de concepciones de vida es uno de los haberes
irrenunciables de la sociedad civil desde sus orígenes... Significa que en una
sociedad distintos grupos proponen distintos modelos de felicidad”, ha escrito
Adela Cortina. En realidad, y como hemos intentado demostrar en otros trabajos,
la diferencia y el pluralismo, condenados a muerte en
nuestras sociedades, están dando paso a una irrelevante ‘diversidad’ que
enmascara el enquistamiento de Lo Mismo. La “sociedad civil”, que se revela
menos cívica de lo que sugiere su
nombre, aparece aquí y allá como el enclave del pensamiento único interiorizado, de la convención social endurecida e intolerante, de la conciencia anónima policial e
inquisitiva (Horkheimer), de los hombres
indistintos y unidimensionales que reconoció alarmado Marcuse, de la proteofobia y el terror a lo diferente (Bauman), de las necesidades dirigidas (Baudrillard) y de la felicidad estándar (Benn: “Ser tonto y tener dinero: eso es la
felicidad”. He aquí todo el modelo de felicidad ‘propuesto’).
5º) Dejan
muchas cuestiones en la penumbra, sin resolver y casi sin abordar: ¿Dónde
empieza y dónde acaba el Estado? ¿Pertenece
6º) Se
tiene la impresión de que esta “teoría de la sociedad civil” sólo ha
constituido la última operación de
cirugía del “liberalismo”, que, enredándose
en triquiñuelas y abusos del matiz
(Cioran), ha segregado su propia, si bien acobardada, conciencia crítica: el ‘comunitarismo’, o ‘republicanismo’, un
liberalismo más, pero que pretende partir de la crítica del ‘liberalismo a secas’ o ‘estándar’, ubicándose en el
espacio del progresismo liberal, de
la izquierda liberal. Como emanación
del escepticismo-conformismo en que ha desembocado la producción intelectual de
una Cultura en decadencia, este liberalismo estima “inviable”, “poco realista”,
“utópico”, etc., el proyecto de una ‘democracia participativa’ -así como todas
las fórmulas de organización ‘colectivistas’, ‘autogestionarias’, etc.- y,
capacitándose para asumir el abstencionismo de la población como un dato
irrelevante que no compromete ni cuestiona al Sistema (la ciudadanía es libre
de desentenderse de los asuntos del Estado, si le place; para ser un “buen
demócrata” basta con ‘organizarse’, con involucrarse en la ‘trama asociativa’,
con ‘activarse’ en la sociedad civil, se nos dice), racionaliza el deplorable
estado actual de las democracias y justifica su funcionamiento rutinarizado, su
desenvolvimiento abúlico en medio de la indiferencia de la población -la receta contra las deficiencias del
liberalismo clásico es sólo una y siempre la misma: el asociacionismo, a todos
los niveles, de la ciudadanía... Michael Walzer: “La política en el Estado
democrático contemporáneo no ofrece a muchas personas una oportunidad para la
autodeterminación rousseauniana. La ciudadanía, considerada en sí misma, tiene
hoy en día sobre todo un papel pasivo: los ciudadanos son espectadores que
votan. Entre unas elecciones y otras se les atiende, mejor o peor, mediante los
servicios públicos (...). No obstante, en las tramas asociativas de la sociedad
civil -en los sindicatos, partidos, movimientos, grupos de interés, etc.- estas
mismas personas toman muchas decisiones menos importantes y configuran de algún
modo las más distantes determinaciones del Estado y de
7º) Estos
autores “cosifican” la sociedad civil y la “des-historizan” (Cortina habla de
una “sociedad civil cívica” hoy
vigente, distinta ya de la “sociedad civil burguesa”¿?),
presentándola como algo que adviene,
que emerge, que aflora, casi como un premio,
un reconocimiento, a cierto tipo de sociedades
- ‘occidentales’, ‘liberales’, y, por supuesto, nunca ‘islámicas’ o
‘socialistas’... Pero lo cierto es que la “sociedad civil” existe en todas y
cada una de las formaciones político-sociales conocidas, y no puede
conceptuarse como algo maravilloso
que se cultiva hoy únicamente en Occidente (señal de su ‘superioridad’ moral y
cultural) y que mañana se cultivará también en el resto del mundo si y sólo si la “democracia” logra
universalizarse... En todas las sociedades hay “mercados” no absolutamente
regularizados por el Estado, familias, iglesias, asociaciones de un tipo o de
otro, opinión pública más o menos solapada... Hablar del advenimiento de la sociedad civil, atenderla como algo nuevo, distinto, que ha escapado hasta ayer a los analistas de lo social,
constituye sólo un modo de mixtificar la realidad, de hacerle trampas a la
historia y de propiciar un fenómeno económico-editorial, una labor de marketing
científico-comercial, aprovechable también desde el punto de vista
político-ideológico...
Así cabe caracterizar, en definitiva, el
entramado teórico-filosófico que ha diversificado
el liberalismo, desde la fidelidad a su raíz común, dando lugar a una nueva
toponimia política y reclutando, para el Pensamiento Único que es su suma y su
continente, a intelectuales de distintas filiaciones hoy consideradas en crisis (ex-marxistas, ex-socialistas,
ex-socialdemócratas, ex-radicales,...). Ha tomado cuerpo un “liberalismo
segundo” que se proclama a la izquierda
del “liberalismo primero” y que recibe diversos nombres: ‘comunitarismo’,
‘republicanismo’, ‘liberalismo social’,... Los autores que se adscriben a esta
corriente gustan de ‘especificarse’, de ‘corregirse’ o ‘enmendarse’ los unos a
los otros, pero dentro de una complicidad de fondo y de un consenso
inocultable. Se trata, sobre todo, de una camarilla de profesores
estadounidenses, canadienses y británicos, con un espolvoreo de acólitos y
glosadores en sus países y en el resto de área occidental (España, Italia,
Alemania, etc.). Cabe destacar a Michael Walzer, Alasdir Macintyre, Charles
Taylor, Michael Sandel, Frank Michelman,... Estos comunitaristas polemizan con otros liberales, que se dicen
igualmente “iconoclastas”, críticos del liberalismo clásico, y que se adhieren
a otras tendencias, prefiriendo otras etiquetas o ya ninguna: los liberales pragmatistas a lo Rorty, las individualidades como Bell, Giddens o
Gray, algunos laboristas,... Y al
encuentro de este liberalismo social
ha corrido una tradición alemana, que bebiera antaño en las fuentes del
marxismo: la constituida por aquel neofrankfürtianismo
que, tras la estela de Jürgen Habermas, ha ido renunciando poco a poco a sus
señas de identidad, diluyéndose a veces en la socialdemocracia, postulándose en
ocasiones como “socialismo liberal”, y dando todavía en la actualidad pasos y
más pasos hacia la convergencia con el Pensamiento Único, con el remozado
liberalismo contemporáneo. Como, acaso por orgullo, estos autores,
frecuentadores asimismo de la temática de la “sociedad civil”, no quieren ingresar
sin más en el comunitarismo, han
marcado algunas ‘diferencias’ mínimas, han redundado en la ‘triquiñuela’ y en
el ‘matiz’, para reivindicar otro nombre
-aunque sostengan prácticamente lo mismo que sus colegas anglófonos: son los
abogados de la democracia deliberativa:
Habermas, Apel, Kallscheuer,... Y queda, en fin, una nubecilla de teóricos
ex-contestatarios (o pseudo-contestatarios), con trayectorias diversas pero que
habían estado marcadas por una cierta ‘disidencia’, que no han podido resistir
la atracción del liberalismo, y producen hoy obras eclécticas, ya moteadas por
los nuevos tópicos ‘comunitaristas’, tocando a la puerta del ‘liberalismo
social’, si acaso distinguibles por un acento,
por un tono, casi por una música de criticismo amortiguado, de
desencanto intelectual y -he aquí lo más importante- de nostalgia de la barbarie (teórica). Algo de todo esto se percibe en
las últimas realizaciones de P. Bourdieu, J. Keane, E. W. Said, D. Held, H.
Dubiel, F. Jarauta, A. Moncada y tantísimos otros... Estos autores se
inscriben, por decirlo así, en la “periferia” del Pensamiento Único, en
aquellos “arrabales” descontentadizos y hasta un poco salvajes donde aún se
tolera la ‘travesura’ (esporádicos toques anti-globalización, valga el
ejemplo), los ‘gestos’ de un izquierdismo residual extraviado de sí mismo e
incluso atemorizado de sí mismo, pero cada vez más en el sometimiento a una filosofía ambiente que no es otra que la
del Capitalismo occidental. En mi próxima colaboración me referiré a esta
variopinta literatura ex-contestataria...
Sostengo que, a la vista de sus
producciones, reiterativas y con muy escaso -o nulo- aporte teórico, fundadas
en lo ya intelectualmente establecido
e incapaces de saltar hacia la novedad reflexiva, demasiado ‘tuteladas’ por dos
o tres referencias sacralizadas, dos
o tres excelentes mediocridades a fin
de cuentas (Dewey, Tocqueville,...), apenas si levantadas sobre un andamiaje
filosófico mínimo, sumario, esquelético (el raquítico engendro de la “sociedad
civil”), casi más la exploración y el re-balizamiento de un campo ya señalado
por otros, y explotado con resultados superiores por otros, que un acto, ni
siquiera modesto, de invención teorética; a la vista de todo esto y de los
propósitos que abrigan -la justificación incansable de la democracia
representativa-, se debería hablar, en rigor, y ante las factorías culturales
del liberalismo contemporáneo, de la hegemonía indoblegada de un no-pensamiento, de un Pensamiento Cero o Pensamiento Ausente: el No-Pensamiento Único... Para Walzer, el
liberalismo es una “anti-ideología”; en mi opinión, ha acabado erigiéndose en
otra cosa, mucho más y mucho menos que una “ideología”: ha terminado
convirtiéndose en un “anti-pensamiento”.
Voy a recoger, por último, y como botón de muestra de lo que estoy queriendo
denunciar, un texto de Charles Taylor en el que se explicita el enclenque y
disminuido programa del
“comunitarismo”. He aquí la carta de presentación del Pesamiento Cero:
“El término comunitarismo es aplicable a pensadores muy diferentes, como
Sandel, Macintyre o yo mismo. Considero el comunitarismo como un tipo de
liberalismo entre otros. Se inserta en la tradición del pensamiento de
Tocqueville, que fue un pensador liberal. Lo que nos aúna es la crítica del
liberalismo estándar. Este factor hace que se considere el comunitarismo como
un bloque, aunque nuestra crítica se hace desde posiciones muy diferentes,
desde la izquierda y desde la derecha. Tenemos en común el hecho de que
compartimos en buena medida el pensamiento de Tocqueville. Mantenemos que las
condiciones reales para que exista una sociedad libre requieren una
participación activa en la vida pública, y por tanto la descentralización del
poder político. Por eso insistimos en la necesidad de ‘asociaciones’ a todos
los niveles. Unido a este planteamiento pensamos que esa clase de participación
exige un sentido fuerte de comunidad.”
Pedro García Olivo
www.pedrogarciaolivoliteratura.com