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                     Fotografía de José Enrique Lingán, 2003

 

 SOBRE LA INFAMIA DE LA DISPOSICIÓN PEDAGÓGICA

(En torno a El irresponsable)

 

 

.-1) ¿Cómo concibió su ideario antipedagógico?

    

    En mi caso, nunca ha habido una “primacía” de la ideología sobre la vida, un “tutelaje” del pensamiento sobre la acción. Al contrario, lo poco que creo haber descubierto, lo poco que tengo que decir, proviene de la experiencia. Yo desemboqué en el paradigma de la “irresponsabilidad” en la Enseñanza ‘después’ de un desencanto, de una desilusión: después de una práctica (bienintencionada, concienzuda) de la docencia ‘progresista’, ‘reformista’, ‘comprometida’, etc. Durante un par de años fui, en efecto, lo que en El Irresponsable más combato: fui un “ingeniero de los métodos alternativos”, un educador “moderno”, “solidario”, “revolucionario”... Lo peor que puedo decir de esa experiencia es que me salió bien: conseguía lo que quería, influía sobre los alumnos, casi me idolatraban... Pero, por dentro, algo en mí se rebelaba contra ese poder y esa influencia. Un par de alumnos (empollón ‘atípico’ el primero, sombrío, callado, insociable, misterioso en medio de sus excelentes calificaciones; y un delincuente juvenil el segundo, desequilibrado, aficionado a las drogas) tuvieron el coraje de confirmar mis sospechas: “Pedro, eres un predicador, pero ‘de otra clase’; haces lo mismo que los demás, aunque ‘de otra manera’, más soportable, más simpática. ¿No te da vergüenza?”. Esto es, más o menos, lo que me dijeron, cada uno por su lado...

   Empecé a horrorizarme ante el ‘éxito’ de mi estrategia: alumnos que pensaban cada vez más como yo, y ya se declaraban “anticapitalistas”, “libertarios”, etc.; que se rebelaban cada vez más contra las autoridades del Instituto, sobre todo si yo les guiñaba un ojo; que empezaban a vestir el ‘uniforme’ de la crítica y de la insumisión -el ‘uniforme’ que yo, de algún modo, les imponía... Sentí, en efecto, vergüenza de mi práctica. Comencé a examinarme con ojos críticos... La Enseñanza me resultaba relativamente “sencilla”. Cobraba un sueldo muy estimable casi sin sufrimiento, y, aparentemente, con la conciencia ‘tranquila’ -sin menoscabo de la exigencia de la lucha, sin lesión de mis ideales... Caí, al fin, en la cuenta de que yo era el peor de todos, de que constituía el “éxito supremo de la Institución” -el tipo de profesor que ésta requería para ‘reformarse’, ‘modernizarse’, embaucar astutamente a los alumnos y adaptarse a la perversidad de los Nuevos Tiempos. Me había convertido en algo mucho más deplorable que un ‘profesor’: me había convertido en un ‘profesor amado’. A partir de ahí, empecé a cambiar de paradigma... Quise re-inventarme, hacerme otro. Ignoro si la esquizofrenia, que tan importante papel ha jugado en mi corazón y en mi cerebro, me ayudó en ese empeño... No me importa reconocer que, por aquel entonces, yo caminaba de su brazo; ella era la dueña secreta de mis días.

   Y, por fin, en Orihuela, nació ese irresponsable que nunca podré volver a encarnar, que se halla (en dignidad, en inteligencia) mil veces por encima de mi ser actual, y que me sigue mereciendo un inmenso respeto. Su terrible cordura estaba hecha de sinrazón y, quizás no debería  decir esto, de arte; su hermoso extravío sabía demasiado de los lugares comunes en los que nunca nos perdemos y donde todo está ya perdido. Algo debió quebrarse en mí, de todas formas. Me instalé orgullosamente en el inmoralismo, en el crimen, en el aborrecimiento máximo de la Escuela y de esos homúnculos que llamamos “educadores”... Le perdí, primero, el miedo a la Expulsión; luego la busqué con un ardor de loco.

 

.-2) ¿Qué papeles desempeñan en su obra las figuras del Desertor, del Esquizo, del Libertino, del Comediante, del Fugitivo, del Apátrida,...? ¿Qué sentido asumen, real o simbólico, ante una sociedad como la actual?

 

   Todos estos “personajes” aparecen como especificaciones de una figura central, en la que se funden conflictivamente: la figura del Irresponsable, el hombre que ya no responde ante nadie de sus actos. El Irresponsable, desde el punto de vista de su relación con las ideologías, es un desertor; atendiendo al veredicto ‘clínico’ de la Razón psicológica (y psiquiátrica), deviene esquizo; por su modo de detestar la Casa, la Nación, los Hogares,..., se revela apátrida; observando su forma de actuar en el aula, ante los alumnos (y en la sala de profesores, ante sus ‘supuestos’ compañeros), se diría que practica la comedia; midiéndolo con la vara de la moral, aparece sin duda como un libertino; por su manera de reaccionar ante el poder, ante los mil escenarios dispersos de la dominación, cabe definirlo “fugitivo”; etc.

    Lo que fui construyendo de esa forma en mi libro, al presentar estas ‘figuras’ que se remiten las unas a las otras, que se inscriben unas en otras, que se reclaman y superponen, es el perfil de una Subjetividad Rigurosamente Insumisa, un tanto “inhumana” por su carácter absoluto, por el exceso de su ‘pureza’, por su aspecto ‘diamantino’. ¿Quién, de entre nosotros, no se ha sentido alguna vez ‘tocado’ por la esquizofrenia? ¿Quién no se ha sabido ‘fugitivo’, ‘desertor’, ‘apátrida’,...? ¿Quién no se ha permitido, por ejemplo., amar y amarse en el ‘libertinaje’? La forma de inhumanidad arrostrada por el irresponsable refleja la inhumanidad que me constituía por aquellos años: inhumanidad de un hombre devorado por su propia lucha, inhumanidad de un ser que vivía para la Rebelión Integral, que vivía sólo de esa rebelión. Como te decía, esa postura, que no he podido conservar todo el tiempo, me merece un tremendo respeto; y no seré yo quien cargue ahora contra ella...  Al contrario, reconociéndome hoy incapaz de asumirla con el valor y la verdad de hace años, “creo” en  ella. Admito que, en la sociedad actual, esa disposición infinita de combate, esa sed insaciable de lucha, puede conducir a lugares sombríos (manicomios, auto-destrucciones, suicidios, criminalidades,...) y corre el riesgo de no ser comprendida. Pero me da lo mismo... Continúo opinando que la ‘resistencia’, la sublevación contra los poderes coactivos del Capitalismo global, pasa por esas figuras inclementes y casi inhabitables de la deserción temeraria, de la comedia espantosa, del crimen arrogante, de la guerrilla sin desmayo, de la esquizofrenia inaplacada,... Y me dedico a denunciar -esto si he podido seguir haciéndolo- la impostura mezquina, la falsía radical, de todas aquellas otras modalidades ‘más razonables’, ‘más sensatas’, ‘más eficaces’, ‘realistas’, ‘positivas’, ‘constructivas’, ‘posibilistas’, etc., de “lucha” -el “reformismo pedagógico” y las “escuelas alternativas”, por ejemplo., o el “sindicalismo de Estado” y las organizaciones “representativas”, o las pequeñas travesuras “no-gubernamentalistas”, o las iniciativas parlamentarias ‘izquierdistas’, o...

    No sé si, con esto, he respondido a tu pregunta... Pero ¡vaya pregunta! ¿Cómo procurar decir algo en relación con ella sin sentir la obligación de tener que decirlo todo?

 

.-3) El alumnado padece los efectos del autoritarismo escolar, de la familia opresiva, del trabajo alienante, etc., y no siempre ‘reacciona’ ante ello. ¿Se debe, tal vez, a una auto-coerción, como a veces sugiere en su texto?

 

   Creo que en gran medida sí. Pero aclarando enseguida que se trata de una “auto-coerción” inducida, una “auto-represión” trabajada, estudiada, promovida desde fuera. Nietzsche lo dijo: el estudiante es una víctima culpable. Existen, hoy por hoy, la auto-coacción y la coacción externa, la auto-domesticación y las estrategias ‘exteriores’ de sujetación, siempre alimentándose unas de otras, sosteniéndose mutuamente: consentimos el horror de lo de ‘afuera’ por la fortaleza de las mordazas interiores, de las auto-vigilancias personales, y, al mismo tiempo, esa iniquidad de lo real, esa infamia de lo existente, surte sin cesar ‘argumentos’, ‘razones’ (y expedientes, y procedimientos, y tecnologías), para que nos apliquemos en la docilidad y en la auto-coerción... Pero, a largo plazo, estimo que, en efecto, lo decisivo va a ser la solidez del aparato de auto-represión, la solvencia de los dispositivos de auto-control. En mi opinión, nos hayamos en los albores de la post--democracia, una formación político-social que habrá hecho de cada hombre un policía de sí mismo, y que, como complemento, habrá reducido espectacularmente todo el aparato de represión física estatal (policías, agentes, etc.). Avanzamos hacia la subrepción -invisibilización, ocultamiento- de todas las tecnologías de poder y de dominio, con una apuesta decidida por los mecanismos de control psíquico (simbólico) y un paulatino desechamiento del recurso a la fuerza, a la violencia explícita. El “policía de sí mismo” ya aparece por algunas de nuestras aulas (en las Escuelas Alternativas, por ejemplo.), bajo la forma de ese estudiante ‘participativo’, ‘activo’, que interviene en la gestión de los Centros, en la confección de los temarios, en la dinámica de las clases, etc., y que, tentando la auto-calificación, a un paso estará de “suspenderse a sí mismo” sin remordimientos... Con estudiantes así, ya casi no hacen falta los profesores. Con ciudadanos así, ¿para qué se querrán los policías?

   Uno de los rasgos más perceptibles de las sociedades democráticas contemporáneas estriba, precisamente, en la misteriosa e inquietante “docilidad” de las poblaciones, una ‘ausencia de resistencia’ estulta y casi suicida, una conformidad con lo dado que nos convierte, como anotó E.M. Cioran, en “aspirantes taimados a la dignidad de monstruos”, cómplices y partícipes del horror del Planeta, consentidores y beneficiarios de toda la desigualdad y de toda la violencia que nuestro sistema siembra a diario sobre la Tierra, responsables morales de cuantos Auschwitzs cosechemos a la vuelta de los años. Esta docilidad misteriosa y potencialmente homicida, que nos erige en monstruos, vive hermanada, por así decirlo, a aquella “auto-coerción” que señalabas en tu pregunta...

 

.-4) El Comediante se representa a sí mismo, pero a su vez desempeña un sinfín de papeles. ¿Es de esta manera como pretende que los estudiantes adquieran un pensamiento crítico, reconociéndose en el modelo de un “actor errático”?

 

   En toda elaboración de una obra hay pasajes en los que el autor se siente particularmente “seguro”, en los que aborda cuestiones que considera prácticamente “cerradas”, de sobra meditadas, discutidas, revisadas. Y otros, desasosegantes, en los que se manifiesta más la intención, o la inclinación, que la conclusión en sí, casi más el proceso de búsqueda de una tesis que la tesis misma; pasajes ‘abiertos’, ‘inacabados’ para siempre, ‘abocetados’, ‘movedizos’ -sobre todo, movedizos-, llenos de puntos de fuga, de cláusulas interrumpidas, incluso de contradicciones latentes... Este es el caso de mis páginas sobre el Comediante (páginas “definitivamente inconclusas”, por utilizar la expresión de Marcel Duchamp). No las estimo menos por eso; pero me cuesta trabajo responder a las interrogantes que suscitan... Me sentiría satisfecho si, para atender a tu pregunta, lograra meramente explicitar con claridad, como te decía, la inclinación, la intención a que obedecen...

   El capítulo de El Irresponsable titulado “Comediante. La Representación Errática” aborda, justamente, uno de los aspectos más lacerantes, más dolorosos, de la práctica discursiva de este ‘anti-profesor’: aquel en el que, a pesar de todo, o a causa de todo, debe hablar en la Institución, tomar la palabra en el aula. Es algo que no le gusta, pero tampoco se cierra en banda a ello. Y hay ocasiones, ni siquiera pocas, en las que, por diversas razones (un interés manifiesto de los alumnos por este o aquel asunto, que provoca una demanda de ‘explicación’; la solicitud de un colectivo; un deseo feroz del ‘irresponsable’, al que no puede resistirse y que le empuja a explayarse ante los estudiantes; etc.), ha de hablar,  casi se diría que “ha de dar clase” -pudiendo “dar clase” circunstancial y excepcionalmente, el ‘anti-profesor’ jamás “da escuela”... ¿Como habría de hacerlo, entonces? ¿Cómo lo hace? ¿Cómo lo hice? Con esto me adentro en un terreno fragoso, en un asunto que en modo alguno tengo ‘resuelto’, campo de intuiciones, de sospechas, de cielos afoscados y niebla tornadiza sobre el menor apunte de idea...

    Me pareció en primer lugar -es decir, así lo he sentido en el trance de “tener que hablar”- que era preciso des-atarse, no ‘interpretar’ ningún papel definido, no dejarse atrapar por ningún estereotipo (el estereotipo del profesor ‘contestatario’, ‘alumnista’, ‘reformista’, por ejemplo). No “interpretar” -no hacer, por tanto, de ‘educador’, de ‘profesor’, de ‘enseñante’-, sino “ser”. Ser, de una parte, uno mismo, jurando fidelidad profunda a los deseos, caprichos, manías, ‘estilos’, etc., que constituyen nuestra idiosincrasia; y ser, de otra, cualquier hombre imaginable, todo lo demás (estar abierto al astillamiento de la personalidad, a la fractura del carácter, a la multiplicación, desmembración, enriquecimiento del yo...). Lo que emerge de esta forma en el aula, como soporte de la palabra, es lo más opuesto a lo que cabría esperar de un “funcionario de Educación”: emerge un comediante, un ‘actor’ inaprehensible e impredecible...

   Sentí, en segundo lugar, que la práctica ‘verbal’ del anti-profesor no debía caber en ningún molde concebible, no debía degenerar en una “fórmula”, un “esquema”, un “método” racionalizado... De hacerlo así, de formalizarse, perdería su ‘peligro’, que siempre procede de la imprevisibilidad, de la sorpresa, del temor que suscita la ausencia de sistema. Se abría entonces, por este doble movimiento -no “interpretar” y no “formalizar”-, una puerta al arte, a la creatividad, a la poesía, al teatro (forzosamente, “de la Crueldad”)...

   En tercer lugar, creí comprender que lo más importante no era el ‘contenido’ de las palabras -su relación con la Verdad y la Mentira postuladas, por ejemplo-, sino el ‘modo’ en que éstas estallaban ante el público, ante el auditorio, ante los alumnos. Deduje de ahí una vindicación de la “intensidad” y de la búsqueda de la eficacia dolorosa: el “irresponsable” hablaría sólo para azotar a alguien; sus ‘charlas’ deberían ser realmente heridas, atentados, trastornos... Cuando, en medio del terror de tener que hacerlo, un ‘antiprofesor’ toma la palabra en el aula, algo sucede... Denuncias, apertura de expedientes, escándalos de prensa, un intento de homicidio,..., en mi caso; pero no sólo eso -algo sucede, también, en la vida del ‘receptor’.

   Conforme avanzo en estas ideas, noto que me voy perdiendo. Pido disculpas por ello... Quiero añadir, en fin, y antes de que me pierda del todo, que las ‘propuestas’ del Comediante no están destinadas al alumnado, no le indican nada en su beneficio, en su provecho... El irresponsable da la espalda respetuosa y humildemente a los alumnos: al no situarse ‘por encima’ de los estudiantes, no tiene nada que hacer ‘por’ ellos y ‘en’ ellos -ninguna operación ‘pedagógica’ sobre su conciencia. Los deja en paz, simplemente. Lo suyo tiene que ver en exclusividad con la máquina escolar, con los modos y las tretas de un combate a muerte contra el Orden de la Escuela. La pretensión de hacer algo “por el bien” de los alumnos se le antoja sencillamente indigna. ¿En virtud de qué un triste ‘docente’ está capacitado para una labor tan “honrosa”? Son los estudiantes los que deben decidir cuál es su propio bien y luchar por él si lo consideran conveniente... El comediante mira a otro lado; no pierde nunca de vista esa máquina escolar que quisiera sabotear definitivamente, desguazar con el rigor de un mecánico perverso, averiar para toda la eternidad... Por decírtelo de una forma un poco provocativa: el ‘antiprofesor’ estima que no le compete en absoluto infundir un pensamiento crítico a sus alumnos. Tiene ya bastante, casi demasiado, con salvaguardar el rescoldo de ‘criticismo’ que subsista en él y llevarlo allí donde todavía pudiera originar un incendio. La ‘cabeza’ del estudiante le importa un pito...

 

.-5) ¿Cómo considera que se debería desarrollar una lucha, por parte de los alumnos y de los profesores, desde dentro del sistema educativo vigente y contra ese mismo sistema? ¿Se encontraría intrínsecamente ligada al placer de la destrucción-creación? 

 

    Hay una figura que me irrita tanto como la del “educador” clásico: la del ‘metodólogo’ de la insurgencia, la del ‘experto’ en subversión, el hombre que se juzga facultado para decirnos cómo debemos y cómo no debemos insubordinarnos. Me parece que nadie debería arrogarse la función de definir “estrategias correctas”, “tipos eficaces de contestación”, “modalidades adecuadas de resistencia”, etc. Todo eso desprende un insoportable tufo a estalinismo, a una curiosa “división del trabajo” en el ámbito de la lucha (de una parte, los que piensan y se encargan de ‘establecer’ los objetivos y las maneras del enfrentamiento, la ortodoxia de la rebelión; y, de otra, los que de verdad se sublevan, la carne cotidiana de cañón, el blanco material de las policías y de los jueces...). Por todo esto, no voy a responder a tu pregunta. La lucha de los alumnos es un asunto de los alumnos, y yo no voy a permitirme la infamia de pontificar sobre ella. La lucha de los profesores, me temo que no existe -yo, al menos, no la conozco... Sólo puedo hablar de lo que he sido y de lo que hecho, a veces ‘acompañado’ por otros hombres que tampoco se sentían ‘profesores’ y respetaban demasiado a los alumnos como para intentar ‘reconducir’ su insurrección. Sólo puedo hablar de la lucha de los “anti-profesores”; y ni siquiera para ‘proponerla’ como un modelo. Soy un cronista de mi propia lucha. Tuve la suerte de luchar un día, y hablo de ello. Al mismo tiempo, procuro no dejarme engañar por las pseudo-luchas de los educadores -particularmente de los “profesores reformistas”, de los “enseñantes inquietos”, los más mentirosos de todos. No me atañe definir cómo se ha de combatir la Escuela; lo mío es ‘mostrar’ una forma de insumisión y desenmascarar las falsas confrontaciones, las batallas amañadas, del Reformismo Pedagógico, de los docentes ‘revolucionarios’, de los enseñantes ‘comprometidos’, de todos aquellos que se instalan en el aparato educativo (vale decir, en el Prestigio y en la Nómina) y, desde esa posición de poder, ‘soldados’ a los fines y a los procedimientos del Estado, todavía se atreven a presentarse como luchadores anticapitalistas, o “antiautoritarios”, o “anti-sistema”. ¡Terrible hipocresía, la de estos funcionarios de la desigualdad y de la opresión que hablan de la necesidad de ‘transformar’ la sociedad y proclaman dedicarse a ello desde sus puestos mercenarios de trabajo! ¡Terrible engañifa, la que arrastra el concepto mismo de una “lucha de los profesores”! Nadie lucha menos que los profesores: la esencia de su práctica consiste en pasar a cuchillo hasta la menor raíz de una resistencia legítima...

  El paradigma de la irresponsabilidad en la Enseñanza exige, más bien, la figura del ‘antiprofesor’, del ‘des-educador’, del ‘contra-pedagogo’ inejemplar. Y es cierto que, desde su radicalismo (violación de la Ley desde fuera de la Moral, voluntad de Crimen), desde su explícita afición al luddismo, se halla intrínsecamente ligado al placer de una ‘destrucción’ que es al mismo tiempo ‘creación’... Por otra parte, se concibe como un ‘recorrido’; y abomina del arraigo, del enquistamiento en el aparato educativo: para su final quiere la Expulsión. Durante todo el trayecto, tiende puentes hacia el arte, hacia la imaginación crítica, hacia la poesía de la desestabilización. No ‘enseña’ a luchar; desengaña de las luchas aparentes... Hay días en los que me veo tentado de añadir que este paradigma requiere, a la vez, el privilegio de la locura y la única nobleza verdadera, que ha sido siempre la nobleza  del dolor...

 

.-6) ¿Puede la pedagogía libertaria suministrar los fundamentos teórico-prácticos de una Nueva Escuela deseable?

 

    Llegados a este punto, me veo obligado a mostrar mi cara más antipática... Me parece que la Nueva Escuela “oficial” del mañana, la Escuela Reformada de la “post-democracia”, se va a nutrir precisamente de los fundamentos y las técnicas de las escuelas libertarias contemporáneas -simulacro de ‘libertad’ en las aulas, ‘participación’ de los alumnos en el gobierno de los Centros y en la dinámica de las clases, invisibilización del poder profesoral, etc. Y que, de ese modo sutil, blando, alumnista, se capacitará para satisfacer “mejor” los requerimientos político-ideológicos y psico-sociológicos del Sistema. Y, con esta idea, que contraviene los presupuestos y las prácticas de las llamadas “Escuelas Libres” (tipo ‘Paideia’), no me sitúo, en absoluto, fuera del movimiento anarquista -en todo caso, me distancio de una fracción del mismo, ‘constructivista’ en el dominio pedagógico.

    En la actualidad, las sensibilidades ácratas ante el problema de la Escuela se bifurcan en dos grandes orientaciones: para unos, se trata de “inventar” una Nueva Escuela, radicalmente distinta a la “oficial”, aprovechando el legado de Ferrer Guardia, de los pedagogos libertarios de Hamburgo, de experiencias como la de ‘Summerhill’, etc. Esta es la opción constructivista... Para otros, por el contrario, el mal radica en la ‘forma’ misma, en la Escuela en sí, en el hecho de la escolarización “obligatoria” (y en el prejuicio subyacente de que “para educar es necesario encerrar”). Desde esta perspectiva, toda ‘reforma’ de la Escuela y toda ‘invención’ de una Nueva Escuela (por muy “libre” que se predique) sirve a los intereses del Estado y del Capital, y sólo propende una optimización del rendimiento político e ideológico de la Institución. Esta es la opción desescolarizadora, avalada por autores como Illich y Reimer, entre otros. Hombres y mujeres anarquistas se rompen hoy la cabeza procurando diseñar una Escuela no-opresiva, no-autoritaria, no-domesticadora; y, al mismo tiempo, otros hombres y mujeres no menos anarquistas luchan por arrancar sus hijos de las garras de la Escuela y proveerles de la educación que necesitan sin transigir por ello con el “encierro” -educación por la familia, educación en la comuna, colectividad educadora, auto-educación,... Durante estos últimos meses he tenido ocasión de conversar con partidarios de una y otra corriente: compañeros libertarios involucrados en experimentos pedagógicos anti-autoritarios (“Escuelas Libres”, “Escuelas Convivenciales”, etc.); y compañeros anarquistas empeñados en hacer viable, para sus hijos en primer lugar, aquella educación sin Escuela...

     Yo trabajo en la línea de una crítica radical de la Escuela, de todo tipo de Escuela; y no puedo simpatizar por ello con los afanes “constructivistas”. Gusto de presentarme como un “anti-profesor”, un “desescolarizador”. Apunto hacia un nuevo ejercicio político de la corrosión en la Enseñanza, hacia la culminación, como te decía, de un ‘recorrido’ subversivo, incordiante, empeñado en la conquista de la Expulsión. Y soy partidario de un fomento consciente, sistemático, infatigable, de los distintos medios e instrumentos de la auto-educación de la juventud -formas de transmisión de la cultura, de socialización del saber, independientes de la Escuela, desligadas del Estado, como los ateneos, las distribuidoras, los colectivos, las bibliotecas alternativas, las revistas y las editoriales no-capitalistas, etc. Hay, al margen de la Escuela, un vasto campo de recursos para la auto-educación de la juventud, de la población, que garantizan hoy la posibilidad de una transmisión no-vigilada de la cultura. Procuro implicarme en ese proceso, apoyar en la medida de mis posibilidades el nacimiento y la consolidación de estas entidades culturales hostiles al aparato del Estado, y favorecer una expansión de los medios y las ocasiones para el aprendizaje informal, para la divulgación no-institucional de los conocimientos. No soy un iluso: no espero milagros de esta pequeña retícula cultural no-escolar. Pero, en mi opinión, nada cabe esperar de las experiencias escolares alternativas, nada desde el punto de vista de la ‘resistencia’ anticapitalista... Mi corazón me dice que “lo libertario” en la Escuela no es ‘reformarla’ y ‘preservarla’, sino ‘convulsionarla’ y ‘abandonarla’. Además de mi corazón, también me lo dice Antonin Artaud, con su Heliogábalo o el anarquista coronado...

 

.-7) ¿Cómo cabe caracterizar el “arte de hacer pensar” de que habla en su libro? ¿Por qué anota que esa práctica debería extender su influencia a todos los ámbitos del espacio socio-institucional -fábricas, familias, hospitales, cárceles,...?

 

    Aunque el Irresponsable procura no intervenir en la conciencia del estudiante, tampoco ignora que, por la mera lógica de la “exposición” circunstancial a su discurso, de los “encuentros” que se producen entre él y el alumnado, siempre quedará un ‘resto’ de influencia, un ‘poso’ de incidencia sobre la subjetividad de los jóvenes. Como mal menor, reorienta ese inevitable residuo de poder a fin de que, por una vez, no trabaje para la “divulgación de la cultura”, para la “transmisión del saber” (eufemismos cínicos que ocultan, sin más, una labor de adoctrinamiento de la población, de ideologización del colectivo escolar, de difusión de los mitos del Sistema). Lo que busca el ‘antiprofesor’ es algo muy distinto, y que lo pone a salvo de los desvelos proselitistas todavía perceptibles en las “Escuelas Alternativas” -aún reconociendo el mérito y el valor de la obra de Ferrer Guardia, ¿podemos negar que desde el principio se vio tiznada de un decepcionante anhelo ‘proselitista’?-: busca la provocación intelectual, la conmoción crítica del receptor, ese “hacer pensar” a que te refieres... No se presenta como el portador privilegiado de un conjunto de ‘verdades’ desenmascaradoras, desmitificadoras, explosivas -de hacerlo así no podría sustraerse a la lógica adoctrinadora-, sino como un artista de la descomposición de las certidumbres, un gran suscitador de la “expectación reflexiva”.

  He dicho “artista” porque esta meta difícil del hacer pensar no está al alcance de una determinada ‘metodología científica’, no puede ser garantizada por ningún sistema pedagógico, por ninguna propuesta didáctica. La Didáctica, lo Pedagógico y el Cientificismo, a pesar de sus declaraciones auto-justificativas, han perseguido siempre la impregnación ideológica de la sociedad, la conversión de la “ideología dominante” en sentido común, en conciencia anónima, en verosímil popular. Gramsci, Horkheimer, Barthes y Althusser han aludido convincentemente a este efecto ‘ideologizador’ de las prácticas científicas y culturales... “Hacer pensar” no es un objetivo que de verdad interese a tales prácticas; ni siquiera estaría en sus manos, en el caso insólito de que un día se sublevaran contra sus señores, el Estado y el Capital. Sólo al arte le ha sido concedido ese poder fascinante de sembrar la desconfianza y movilizar las energías intelectuales del receptor. Sólo el arte puede llevarnos a aquel “adiestramiento en el olvido de lo ajeno y en el placer de la opinión personal, regreso a las primeras preguntas y a las respuestas que no se han dado, reconquista de la afirmación huérfana y del primitivo orgullo de hablar por uno mismo” a que aludía en mi ensayo. La mejor literatura, la pintura y la escultura no-complacientes, el teatro más cruel, incluso el cine consciente de su especificidad , han conseguido manifiestamente ese efecto... Por ello hablaba de un “arte del hacer pensar”; y por ello el Irresponsable se aleja de la docencia y atenta contra la Escuela por los caminos de la creación artística.

    Considero que este propósito de no ‘infundir’ un determinado pensamiento, de no ‘inculcar’ un sistema ideológico dado, y, a la vez, sembrar el principio de desconfianza, la vocación de disentir, es el único que merecería la pena generalizar por el resto de las instituciones sociales y de los espacios de dominación, familias, hospitales, manicomios, cárceles, fábricas, cuarteles, etc. En todos estos recintos, la lógica implacable de la repetición del saber (saber psicológico, saber  médico, saber sindical, saber penal, etc.), habiendo forjado ya una ideología profesional -ese discurso empobrecido y empobrecedor de los médicos, los psiquiatras, los sindicalistas, el funcionariado de prisiones,...-, un endurecido sentido común laboral, sólo puede combatirse desde aquella invitación, artísticamente inducida, a una “búsqueda del discurso virginal y de la interpretación salvaje, del relato que no se moverá más al abrigo de la cita porque querrá retornar a la indefensión de la piel desnuda y sabrá agradecer el estímulo del frío verdadero” - y no mediante el simple enfrentamiento con un conjunto ‘adverso’ de postulados ideológicos y de aseveraciones doctrinales supuestamente ‘críticas’. “Hacer pensar”: parece sencillo, pero es hoy lo más difícil del mundo...

 

.- 8) A menudo se alega que la resistencia anticapitalista debe “apoderarse” del Lenguaje. Pero ¿de qué forma? ¿Elaborando uno propio? ¿O arrebatándoselo, de un modo o de otro, no acierto a ver la manera, a sus poseedores?

 

   En este asunto yo soy bastante más pesimista. Me parece que hace mucho tiempo que el Lenguaje se apoderó de nosotros, hasta el punto de que hoy ya no somos más que las palabras que nos hablan. Somos hablados por el Lenguaje; y lo peor de todo es que ese lenguaje encarnado en nosotros es un lenguaje discriminador y segregador, que arrastra la mácula de la dominación, del sexismo, de la xenofobia, del exterminio de la diferencia,... Nietzsche fue uno de los primeros en advertirlo, con una observación certera, fulminante: “Me temo que nunca nos desembarazaremos de Dios, pues todavía creemos en la Gramática”. También le pertenece una frase inequívoca, que señala el origen de todos estos males del lenguaje: “Desde siempre ha estado, entre las prerrogativas del Señor, la de poner nombres a las cosas”. De alguna forma, con estas dos referencias del “viejo martillo filosófico”, ya está casi todo dicho acerca de la perversidad del Lenguaje: teniendo su origen en la desigualdad y en la dominación de unos hombres por otros, en la violencia y en el ejercicio del poder, es ya todo su cuerpo el que se halla infectado, corrompido, y no sólo la semántica. La responsabilidad del Lenguaje en la reproducción de la dominación no deriva sólo del “significado” de las palabras que proferimos cotidianamente, de sus connotaciones ‘belicistas’ o ‘racistas’, de las implicaciones ‘sexistas’ de ésta o aquélla terminación; es también -y sobre todo- un asunto de orden sintáctico, de orden gramatical. Desde su misma raíz, el Lenguaje está investido de odiosos efectos de poder y de segregación. Es tan profundo su mal, que ya no admite reforma. Por añadidura, las condiciones sociales y políticas en que se desenvuelve nuestra existencia contemporánea aseguran que todo otro lenguaje que podamos inventar acusará semejantes deficiencias, la misma sustancial malevolencia. No está en nuestro poder elaborar, de un día para otro, un lenguaje libre de culpa. Nuestra sociedad está enferma, nuestro corazón podrido, de las relaciones de poder y de explotación no escapa ya ni el más olvidado de nuestros órganos,... Cualquier lenguaje que seamos capaces de concebir se verá afectado (constituido) por este poso de la barbarie y de la explotación que no logramos sacudirnos. Más aún: será un arma, un instrumento, de esa barbarie y de esa explotación...

    ¿Qué hacer, entonces? Prefiero que cada cual responda a esta cuestión a su manera. Unos se dedicarán a ‘marcar’ el lenguaje con signos que constantemente delaten la iniquidad de sus intenciones y la bajeza de sus orígenes (corregirán las terminaciones, invariablemente ‘masculinas’, o las complementarán con las femeninas correspondientes; borrarán determinados vocablos de su léxico y los sustituirán por ‘otros’ menos nocivos; etc.). Y es ésa una empresa loable, con la que resulta imposible no simpatizar. Pero es una empresa insuficiente... Otros procurarán ‘destruir’ en sus obras este Lenguaje sucio que nos asfixia, desmembrándolo, invirtiéndolo, pervirtiéndolo,... Y es éste un “gesto” que no carece de interés, sin duda saludable. Pero sólo un gesto, una metedura de dedos en el ojo del Lenguaje, acción tan atrevida como insuficiente. Algunos no harán nada, y seguirán utilizando resignadamente un Lenguaje contra el que, a fin de cuentas, acumulan los mismos cargos que contra el Trabajo, la Familia o la Casa. Y ¿quién va a lanzar contra ellos la primera piedra de la desaprobación, si todos bajamos cotidianamente la cabeza ante algo o alguien y por desgracia sabemos de ‘resignaciones’ varias? Yo he optado por recorrer el Lenguaje armado de intenciones insumisas, desangrándolo de metáforas y enfrentándolo sin descanso a las miserias de su condición servil. Y es el mío un proceder también insuficiente, en alguna medida resignado, probablemente poco más que un gesto... Pero ‘creo’ en esta lucha contra el lenguaje y en el lenguaje, con el lenguaje y por el lenguaje; ‘creo’ aún -no sé hasta cuándo- en la necesidad de una escritura sublevada...

 

.-9) A la vista de su posicionamiento teórico y de la práctica que llevó a cabo, hay quien lo considera un “terrorista pedagógico”. ¿Se estima usted como tal?

 

   Si he de serte sincero, te diré que prefiero sembrar el terror entre los profesores y los pedagogos antes que el reconocimiento o la discrepancia amable. Soy un gran odiador de la Escuela. Las palabras que encuentro y reúno para combatirla no están a la altura de ese odio, y siempre me dejan insatisfecho. El daño que quisiera infligir a la institución escolar es infinito, y me atormenta percibir que apenas logro hacerle cosquillas. Experimento, sin duda, el resentimiento y la frustración de todos los terroristas; y debe haber algún inmenso amor a no sé qué otra cosa detrás del odio que albergo en mi corazón, como a ellos les sucede... Pero no me gusta la comparación: es injusta con ellos. A su lado, yo soy un niño jugando a dar miedo. Mi modestia me lleva a verme, sin más, como un anti-pedagogo. Eso es lo que soy, un “anti-pedagogo” visceral.

    Como “anti-pedagogo”, impugno un supuesto que está en los cimientos de esa disciplina, en el surtidor de todas las críticas ‘progresistas’ a la Enseñanza tradicional y de todas las ‘alternativas’ disponibles: la idea de que compete a una selecta aristocracia del saber (los educadores, los profesores) realizar una importantísima tarea en beneficio de la juventud, una operación calificada sobre la conciencia de los estudiantes de la que se seguiría la mejora o transformación de la sociedad. Arrogándose una facultad demiúrgica (‘creadora’ de hombres), y como miembro de una “élite”, erigido en autoconciencia crítica de la Humanidad, el ‘educador’ se entregaría a una delicada corrección del carácter de los jóvenes, a una muy ‘ilustrada’ labor de forja de la personalidad, siempre con la mirada puesta en el ‘bien’ del estudiante y en lo que conviene a la sociedad -se aplicaría a la modelación de sujetos ‘críticos’, ‘autónomos’, ‘creativos’, ‘independientes’, ‘libres’, ‘solidarios’, ‘tolerantes’, ‘pacifistas’, etc. Bochornoso, este elitismo, aderezado de filantropía, pone de nuevo sobre la mesa aquella moral de la doma y de la cría que tanto irritaba a Nietzsche e incurre una y mil veces en lo que Foucault, pensando no sólo en los educadores, denominó “la indignidad de hablar por otro” (indignidad, en nuestro caso, de suplantar la voz del estudiante; de ‘reformar’ la Institución en su nombre; de intervenir policialmente en su subjetividad alegando que se hace por el propio bien del afectado; etc.). A la manera de un déspota ilustrado, pertrechado de conocimientos ‘especializados’ y pautas ‘científicas’, el educador moderno, sucedáneo de la divinidad, se entregaría a una empresa ‘redentora’, ‘salvífica’, casi estrictamente ‘religiosa’...  Pero, en realidad, nada, absolutamente nada, ni los estudios, ni las lecturas, ni la formación ‘científica’, ni los títulos ‘académicos’, autorizan a un hombre (lamentable funcionario, muchas veces) a elevarse tan ‘por encima’ de los demás y decretar, desde esas alturas, qué tipo de “sujeto” necesita la Humanidad para ‘progresar’ o curar sus heridas; nada hay en su preparación o en su carácter que lo capacite para tentar aquella infamante operación pedagógica sobre la conciencia estudiantil; nada justifica que se arrogue un papel ‘divino’, remedo de la Creación, y mire a la sociedad toda con ojos de águila... Oscar Wilde estimó que los ‘educadores’ constituían “el azote de la esfera intelectual”. Y La Polla Records nos sugirió qué podemos hacer con ellos: “¡Gurú! Una patada en los huevos es lo que te pueden dar”. Estoy de acuerdo.

  Sin embargo, todo esto no es “terrorismo”, no se ha ganado todavía esa calificación: se trata, meramente, de “anti-pedagogía”...

 

.- 10) ¿Desea decir algo más?

 

    Agradeceros sinceramente que os hayáis acordado de mí en este trance apasionante de la elaboración de un nuevo número de vuestra revista, y desearos toda la fortuna del mundo en la empresa imprescindible de asegurar su continuidad. Ponerme además a vuestra disposición para cuanto necesitéis y esté en mi mano.

 

                                        Como dicen los compañeros de un ateneo libertario de Valencia:

                                                                    “Salud, Suerte e Imaginación”    

 

                                                                                          

                                                                                                               Un abrazo:

 

                                                                                                       Pedro García Olivo

(“Sobre la infamia...”  ha aparecido extractado, resumido, re-elaborado, en algunas publicaciones periódicas. En su integridad, permanece inédito)

 Otros trabajos

.- "Involución histórica e ideología de la reconciliación: 'La Guerra de España' de El País", en Andalán. Revista de Pensamiento, n.º 7, 1987, Zaragoza.

.- "La Historiografia de la Reconciliació: ‘La Guerra de España’ á El País", en L´avenç. Revista d'historia, n.º 104, Abril de 1987, pp. 63-67, Barcelona.

.- "El Sepulturero y su Ciencia. Positivismo y Metafísica en el análisis historiográfico de la Guerra Civil", en Actas de los Encuentros del SEGUEF, Universidad de Salamanca, 1987, Salamanca.

.- "Crimen y poesía contra la Escuela en El Irresponsable", en Bicel, n.º 10, Octubre de 2000, pp. 26-27, Madrid (Bajo seudónimo).

.- "Mendigos que llaman a la puerta no se sabe con qué barahúnda de intenciones", en la revista Escribir y Publicar, n.º 30, Septiembre-Noviembre de 2002, p. 10, Barcelona.

 

 

 

 

 

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