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SOBRE LA INFAMIA DE LA DISPOSICIÓN PEDAGÓGICA
(En
torno a El irresponsable)
.-1) ¿Cómo concibió su
ideario antipedagógico?
En mi
caso, nunca ha habido una “primacía” de la ideología sobre la vida, un
“tutelaje” del pensamiento sobre la acción. Al contrario, lo poco que creo
haber descubierto, lo poco que tengo que decir, proviene de la experiencia.
Yo desemboqué en el paradigma de
la “irresponsabilidad” en la Enseñanza ‘después’ de un desencanto, de una
desilusión: después de una práctica (bienintencionada, concienzuda) de la
docencia ‘progresista’, ‘reformista’, ‘comprometida’, etc. Durante un par
de años fui, en efecto, lo que en El
Irresponsable más combato: fui un “ingeniero de los métodos
alternativos”, un educador “moderno”, “solidario”, “revolucionario”... Lo
peor que puedo decir de esa experiencia es que me salió bien: conseguía lo que quería, influía sobre los
alumnos, casi me idolatraban... Pero, por dentro, algo en mí se rebelaba
contra ese poder y esa influencia. Un par de alumnos (empollón ‘atípico’ el
primero, sombrío, callado, insociable, misterioso en medio de sus
excelentes calificaciones; y un delincuente juvenil el segundo,
desequilibrado, aficionado a las drogas) tuvieron el coraje de confirmar
mis sospechas: “Pedro, eres un predicador,
pero ‘de otra clase’; haces lo mismo
que los demás, aunque ‘de otra manera’, más soportable, más simpática. ¿No te da vergüenza?”. Esto es, más
o menos, lo que me dijeron, cada uno por su lado...
Empecé
a horrorizarme ante el ‘éxito’ de mi estrategia: alumnos que pensaban cada
vez más como yo, y ya se declaraban “anticapitalistas”, “libertarios”,
etc.; que se rebelaban cada vez más contra las autoridades del Instituto, sobre todo si yo les guiñaba un ojo;
que empezaban a vestir el ‘uniforme’ de la crítica y de la insumisión -el
‘uniforme’ que yo, de algún modo, les imponía...
Sentí, en efecto, vergüenza de mi práctica. Comencé a examinarme con ojos
críticos... La Enseñanza me resultaba relativamente “sencilla”. Cobraba un
sueldo muy estimable casi sin
sufrimiento, y, aparentemente, con la conciencia ‘tranquila’ -sin
menoscabo de la exigencia de la lucha, sin lesión de mis ideales... Caí, al
fin, en la cuenta de que yo era el
peor de todos, de que constituía el “éxito supremo de la Institución”
-el tipo de profesor que ésta requería para ‘reformarse’, ‘modernizarse’,
embaucar astutamente a los alumnos y adaptarse a la perversidad de los
Nuevos Tiempos. Me había convertido en algo mucho más deplorable que un
‘profesor’: me había convertido en un ‘profesor amado’. A partir de ahí, empecé a cambiar de paradigma... Quise
re-inventarme, hacerme otro. Ignoro si la esquizofrenia, que tan importante
papel ha jugado en mi corazón y en mi cerebro, me ayudó en ese empeño... No
me importa reconocer que, por aquel entonces, yo caminaba de su brazo; ella
era la dueña secreta de mis días.
Y, por
fin, en Orihuela, nació ese irresponsable
que nunca podré volver a encarnar, que se halla (en dignidad, en
inteligencia) mil veces por encima de mi ser actual, y que me sigue
mereciendo un inmenso respeto. Su terrible cordura estaba hecha de sinrazón
y, quizás no debería decir esto, de
arte; su hermoso extravío sabía
demasiado de los lugares comunes en
los que nunca nos perdemos y donde todo está ya perdido. Algo debió
quebrarse en mí, de todas formas. Me instalé orgullosamente en el
inmoralismo, en el crimen, en el aborrecimiento máximo de la Escuela y de
esos homúnculos que llamamos “educadores”... Le perdí, primero, el miedo a
la Expulsión; luego la busqué con un ardor de loco.
.-2) ¿Qué
papeles desempeñan en su obra las figuras del Desertor, del Esquizo, del
Libertino, del Comediante, del Fugitivo, del Apátrida,...? ¿Qué sentido
asumen, real o simbólico, ante una sociedad como la actual?
Todos
estos “personajes” aparecen como especificaciones
de una figura central, en la que se funden conflictivamente: la figura del
Irresponsable, el hombre que ya no responde ante nadie de sus actos. El Irresponsable, desde el punto de
vista de su relación con las ideologías, es un desertor; atendiendo al veredicto ‘clínico’ de la Razón
psicológica (y psiquiátrica), deviene esquizo;
por su modo de detestar la Casa, la Nación, los Hogares,..., se revela apátrida; observando su forma de
actuar en el aula, ante los alumnos (y en la sala de profesores, ante sus
‘supuestos’ compañeros), se diría que practica la comedia; midiéndolo con la vara de la moral, aparece sin duda
como un libertino; por su manera
de reaccionar ante el poder, ante los mil escenarios dispersos de la
dominación, cabe definirlo “fugitivo”;
etc.
Lo
que fui construyendo de esa forma en mi libro, al presentar estas ‘figuras’
que se remiten las unas a las otras, que se inscriben unas en otras, que se
reclaman y superponen, es el perfil de una Subjetividad Rigurosamente Insumisa, un tanto “inhumana” por su
carácter absoluto, por el exceso de su ‘pureza’, por su aspecto
‘diamantino’. ¿Quién, de entre nosotros,
no se ha sentido alguna vez ‘tocado’ por la esquizofrenia? ¿Quién no se ha
sabido ‘fugitivo’, ‘desertor’, ‘apátrida’,...? ¿Quién no se ha permitido,
por ejemplo., amar y amarse en el ‘libertinaje’? La forma de inhumanidad
arrostrada por el irresponsable refleja
la inhumanidad que me constituía por aquellos años: inhumanidad de un hombre devorado por su propia lucha,
inhumanidad de un ser que vivía para la Rebelión Integral, que vivía sólo de esa rebelión. Como te decía, esa
postura, que no he podido conservar todo el tiempo, me merece un tremendo
respeto; y no seré yo quien cargue ahora contra ella... Al contrario, reconociéndome hoy incapaz
de asumirla con el valor y la verdad
de hace años, “creo” en ella.
Admito que, en la sociedad actual, esa disposición
infinita de combate, esa sed
insaciable de lucha, puede conducir a lugares sombríos (manicomios,
auto-destrucciones, suicidios, criminalidades,...) y corre el riesgo de no
ser comprendida. Pero me da lo mismo...
Continúo opinando que la ‘resistencia’, la sublevación contra los poderes
coactivos del Capitalismo global,
pasa por esas figuras inclementes y casi inhabitables de la deserción
temeraria, de la comedia espantosa, del crimen arrogante, de la guerrilla
sin desmayo, de la esquizofrenia inaplacada,... Y me dedico a denunciar
-esto si he podido seguir haciéndolo- la impostura mezquina, la falsía radical, de todas aquellas otras
modalidades ‘más razonables’, ‘más sensatas’, ‘más eficaces’, ‘realistas’,
‘positivas’, ‘constructivas’, ‘posibilistas’, etc., de “lucha” -el “reformismo pedagógico” y las “escuelas
alternativas”, por ejemplo., o el “sindicalismo de Estado” y las
organizaciones “representativas”, o las pequeñas travesuras
“no-gubernamentalistas”, o las iniciativas parlamentarias ‘izquierdistas’,
o...
No sé
si, con esto, he respondido a tu pregunta... Pero ¡vaya pregunta! ¿Cómo
procurar decir algo en relación
con ella sin sentir la obligación de tener que decirlo todo?
.-3) El
alumnado padece los efectos del autoritarismo escolar, de la familia
opresiva, del trabajo alienante, etc., y no siempre ‘reacciona’ ante ello.
¿Se debe, tal vez, a una auto-coerción, como a veces sugiere en su
texto?
Creo
que en gran medida sí. Pero aclarando enseguida que se trata de una
“auto-coerción” inducida, una “auto-represión” trabajada, estudiada,
promovida desde fuera. Nietzsche
lo dijo: el estudiante es una víctima
culpable. Existen, hoy por hoy, la auto-coacción y la coacción externa,
la auto-domesticación y las estrategias ‘exteriores’ de sujetación, siempre
alimentándose unas de otras, sosteniéndose mutuamente: consentimos el
horror de lo de ‘afuera’ por la fortaleza de las mordazas interiores, de
las auto-vigilancias personales, y, al mismo tiempo, esa iniquidad de lo
real, esa infamia de lo existente, surte sin cesar ‘argumentos’, ‘razones’
(y expedientes, y procedimientos, y tecnologías), para que nos apliquemos
en la docilidad y en la auto-coerción... Pero, a largo plazo, estimo que,
en efecto, lo decisivo va a ser la solidez del aparato de auto-represión,
la solvencia de los dispositivos de auto-control. En mi opinión, nos
hayamos en los albores de la post--democracia,
una formación político-social que habrá hecho de cada hombre un policía de sí mismo, y que, como
complemento, habrá reducido espectacularmente todo el aparato de represión
física estatal (policías, agentes, etc.). Avanzamos hacia la subrepción
-invisibilización, ocultamiento- de todas las tecnologías de poder y de
dominio, con una apuesta decidida por los mecanismos de control psíquico (simbólico)
y un paulatino desechamiento del recurso a la fuerza, a la violencia
explícita. El “policía de sí mismo” ya aparece por algunas de nuestras
aulas (en las Escuelas Alternativas, por ejemplo.), bajo la forma de ese
estudiante ‘participativo’, ‘activo’, que interviene en la gestión de los
Centros, en la confección de los temarios, en la dinámica de las clases,
etc., y que, tentando la auto-calificación, a un paso estará de
“suspenderse a sí mismo” sin remordimientos... Con estudiantes así, ya casi
no hacen falta los profesores. Con ciudadanos así, ¿para qué se querrán los
policías?
Uno de
los rasgos más perceptibles de las sociedades democráticas contemporáneas
estriba, precisamente, en la misteriosa
e inquietante “docilidad” de las poblaciones, una ‘ausencia de
resistencia’ estulta y casi suicida, una conformidad con lo dado que nos
convierte, como anotó E.M. Cioran, en “aspirantes taimados a la dignidad de
monstruos”, cómplices y partícipes del horror del Planeta, consentidores y
beneficiarios de toda la desigualdad y de toda la violencia que nuestro
sistema siembra a diario sobre la Tierra, responsables morales de cuantos
Auschwitzs cosechemos a la vuelta de los años. Esta docilidad misteriosa y potencialmente homicida, que nos erige
en monstruos, vive hermanada, por así decirlo, a aquella “auto-coerción”
que señalabas en tu pregunta...
.-4) El
Comediante se representa a sí mismo, pero a su vez desempeña un sinfín de
papeles. ¿Es de esta manera como pretende que los estudiantes adquieran un
pensamiento crítico, reconociéndose en el modelo de un “actor errático”?
En
toda elaboración de una obra hay pasajes en los que el autor se siente
particularmente “seguro”, en los que aborda cuestiones que considera prácticamente
“cerradas”, de sobra meditadas, discutidas, revisadas. Y otros,
desasosegantes, en los que se manifiesta más la intención, o la inclinación,
que la conclusión en sí, casi más el proceso de búsqueda de una tesis que
la tesis misma; pasajes ‘abiertos’, ‘inacabados’ para siempre, ‘abocetados’, ‘movedizos’ -sobre todo, movedizos-, llenos de puntos de
fuga, de cláusulas interrumpidas, incluso de contradicciones latentes...
Este es el caso de mis páginas sobre el Comediante (páginas “definitivamente inconclusas”, por
utilizar la expresión de Marcel Duchamp). No las estimo menos por eso; pero
me cuesta trabajo responder a las interrogantes que suscitan... Me sentiría
satisfecho si, para atender a tu pregunta, lograra meramente explicitar con
claridad, como te decía, la inclinación,
la intención a que obedecen...
El
capítulo de El Irresponsable
titulado “Comediante. La Representación Errática” aborda, justamente, uno
de los aspectos más lacerantes, más dolorosos, de la práctica discursiva de
este ‘anti-profesor’: aquel en el que, a pesar de todo, o a causa de todo,
debe hablar en la Institución,
tomar la palabra en el aula. Es algo que no le gusta, pero tampoco se
cierra en banda a ello. Y hay ocasiones, ni siquiera pocas, en las que, por
diversas razones (un interés manifiesto de los alumnos por este o aquel
asunto, que provoca una demanda de ‘explicación’; la solicitud de un
colectivo; un deseo feroz del ‘irresponsable’, al que no puede resistirse y
que le empuja a explayarse ante los estudiantes; etc.), ha de hablar, casi se diría que “ha de dar clase”
-pudiendo “dar clase” circunstancial y excepcionalmente, el ‘anti-profesor’
jamás “da escuela”... ¿Como
habría de hacerlo, entonces? ¿Cómo lo hace? ¿Cómo lo hice? Con esto me
adentro en un terreno fragoso, en un asunto que en modo alguno tengo
‘resuelto’, campo de intuiciones, de sospechas, de cielos afoscados y
niebla tornadiza sobre el menor apunte de idea...
Me
pareció en primer lugar -es decir, así
lo he sentido en el trance de “tener que hablar”- que era preciso
des-atarse, no ‘interpretar’ ningún papel definido, no dejarse atrapar por
ningún estereotipo (el estereotipo del profesor ‘contestatario’,
‘alumnista’, ‘reformista’, por ejemplo). No “interpretar” -no hacer, por
tanto, de ‘educador’, de ‘profesor’, de ‘enseñante’-, sino “ser”. Ser, de una parte, uno mismo,
jurando fidelidad profunda a los deseos, caprichos, manías, ‘estilos’,
etc., que constituyen nuestra idiosincrasia; y ser, de otra, cualquier
hombre imaginable, todo lo demás (estar abierto al astillamiento de la
personalidad, a la fractura del carácter, a la multiplicación,
desmembración, enriquecimiento del yo...). Lo que emerge de esta forma en
el aula, como soporte de la palabra, es lo más opuesto a lo que cabría
esperar de un “funcionario de Educación”: emerge un comediante, un ‘actor’ inaprehensible e impredecible...
Sentí,
en segundo lugar, que la práctica ‘verbal’ del anti-profesor no debía caber
en ningún molde concebible, no
debía degenerar en una “fórmula”, un “esquema”, un “método”
racionalizado... De hacerlo así, de formalizarse,
perdería su ‘peligro’, que siempre procede de la imprevisibilidad, de la
sorpresa, del temor que suscita la ausencia de sistema. Se abría entonces,
por este doble movimiento -no “interpretar” y no “formalizar”-, una puerta
al arte, a la creatividad, a la poesía, al teatro (forzosamente, “de la Crueldad”)...
En
tercer lugar, creí comprender que lo más importante no era el ‘contenido’
de las palabras -su relación con la Verdad y la Mentira postuladas, por
ejemplo-, sino el ‘modo’ en que éstas estallaban
ante el público, ante el auditorio, ante los alumnos. Deduje de ahí una
vindicación de la “intensidad” y de la búsqueda de la eficacia dolorosa: el
“irresponsable” hablaría sólo para azotar
a alguien; sus ‘charlas’ deberían ser realmente heridas, atentados, trastornos... Cuando, en medio del
terror de tener que hacerlo, un ‘antiprofesor’ toma la palabra en el aula, algo sucede... Denuncias, apertura
de expedientes, escándalos de prensa, un intento de homicidio,..., en mi
caso; pero no sólo eso -algo
sucede, también, en la vida del ‘receptor’.
Conforme avanzo en estas ideas, noto que me voy perdiendo.
Pido disculpas por ello... Quiero añadir, en fin, y antes de que me pierda
del todo, que las ‘propuestas’ del Comediante no están destinadas al
alumnado, no le indican nada en su beneficio, en su provecho... El
irresponsable da la espalda respetuosa
y humildemente a los alumnos:
al no situarse ‘por encima’ de los estudiantes, no tiene nada que hacer
‘por’ ellos y ‘en’ ellos -ninguna operación ‘pedagógica’ sobre su
conciencia. Los deja en paz, simplemente. Lo suyo tiene que ver en
exclusividad con la máquina escolar, con los modos y las tretas de un
combate a muerte contra el Orden de la Escuela. La pretensión de hacer algo
“por el bien” de los alumnos se le antoja sencillamente indigna. ¿En virtud de qué un triste
‘docente’ está capacitado para una labor tan “honrosa”? Son los estudiantes
los que deben decidir cuál es su propio
bien y luchar por él si lo consideran conveniente... El comediante mira
a otro lado; no pierde nunca de vista esa máquina escolar que quisiera
sabotear definitivamente, desguazar con el rigor de un mecánico perverso, averiar para toda la eternidad...
Por decírtelo de una forma un poco provocativa: el ‘antiprofesor’ estima
que no le compete en absoluto infundir un pensamiento crítico a sus alumnos. Tiene ya bastante, casi
demasiado, con salvaguardar el rescoldo de ‘criticismo’ que subsista en él
y llevarlo allí donde todavía pudiera originar un incendio. La ‘cabeza’ del estudiante le importa un
pito...
.-5) ¿Cómo
considera que se debería desarrollar una lucha, por parte de los alumnos y
de los profesores, desde dentro
del sistema educativo vigente y contra
ese mismo sistema? ¿Se encontraría intrínsecamente ligada al placer de la
destrucción-creación?
Hay
una figura que me irrita tanto como la del “educador” clásico: la del
‘metodólogo’ de la insurgencia, la del ‘experto’ en subversión, el hombre
que se juzga facultado para decirnos cómo debemos y cómo no debemos
insubordinarnos. Me parece que nadie debería arrogarse la función de
definir “estrategias correctas”, “tipos eficaces de contestación”,
“modalidades adecuadas de resistencia”, etc. Todo eso desprende un
insoportable tufo a estalinismo,
a una curiosa “división del trabajo” en el ámbito de la lucha (de una
parte, los que piensan y se
encargan de ‘establecer’ los objetivos y las maneras del enfrentamiento, la
ortodoxia de la rebelión; y, de otra, los
que de verdad se sublevan, la carne cotidiana de cañón, el blanco
material de las policías y de los jueces...). Por todo esto, no voy a responder a tu pregunta. La
lucha de los alumnos es un asunto de los alumnos, y yo no voy a permitirme
la infamia de pontificar sobre ella. La lucha de los profesores, me temo
que no existe -yo, al menos, no la conozco... Sólo puedo hablar de lo que
he sido y de lo que hecho, a veces ‘acompañado’ por otros hombres que
tampoco se sentían ‘profesores’ y respetaban demasiado a los alumnos como
para intentar ‘reconducir’ su insurrección. Sólo puedo hablar de la lucha
de los “anti-profesores”; y ni siquiera para ‘proponerla’ como un modelo. Soy un cronista de mi propia
lucha. Tuve la suerte de luchar un día, y hablo de ello. Al mismo tiempo,
procuro no dejarme engañar por las pseudo-luchas de los educadores
-particularmente de los “profesores reformistas”, de los “enseñantes
inquietos”, los más mentirosos de todos. No me atañe definir cómo se ha de combatir la Escuela;
lo mío es ‘mostrar’ una forma de insumisión y desenmascarar las falsas confrontaciones, las batallas
amañadas, del Reformismo Pedagógico, de los docentes ‘revolucionarios’, de
los enseñantes ‘comprometidos’, de todos aquellos que se instalan en el aparato educativo
(vale decir, en el Prestigio y en la Nómina) y, desde esa posición de
poder, ‘soldados’ a los fines y a los procedimientos del Estado, todavía se
atreven a presentarse como luchadores
anticapitalistas, o “antiautoritarios”, o “anti-sistema”. ¡Terrible
hipocresía, la de estos funcionarios de la desigualdad y de la opresión que
hablan de la necesidad de ‘transformar’ la sociedad y proclaman dedicarse a
ello desde sus puestos mercenarios de trabajo! ¡Terrible engañifa, la que
arrastra el concepto mismo de una “lucha de los profesores”! Nadie lucha menos que los profesores: la
esencia de su práctica consiste en pasar a cuchillo hasta la menor raíz de
una resistencia legítima...
El
paradigma de la irresponsabilidad en la Enseñanza exige, más bien, la
figura del ‘antiprofesor’, del ‘des-educador’, del ‘contra-pedagogo’
inejemplar. Y es cierto que, desde su radicalismo (violación de la Ley
desde fuera de la Moral, voluntad de Crimen), desde su explícita afición al
luddismo, se halla intrínsecamente ligado al placer de una ‘destrucción’ que es al mismo tiempo
‘creación’... Por otra parte, se concibe como un ‘recorrido’; y abomina del
arraigo, del enquistamiento en el aparato educativo: para su final quiere la Expulsión. Durante
todo el trayecto, tiende puentes hacia el arte, hacia la imaginación
crítica, hacia la poesía de la desestabilización. No ‘enseña’ a luchar;
desengaña de las luchas aparentes... Hay días en los que me veo tentado de
añadir que este paradigma requiere, a la vez, el privilegio de la locura y la única nobleza verdadera, que ha sido siempre la nobleza del dolor...
.-6)
¿Puede la pedagogía libertaria suministrar los fundamentos
teórico-prácticos de una Nueva Escuela deseable?
Llegados a este punto, me veo obligado a mostrar mi cara más antipática... Me parece que la Nueva
Escuela “oficial” del mañana, la Escuela Reformada de la “post-democracia”,
se va a nutrir precisamente de los fundamentos y las técnicas de las
escuelas libertarias contemporáneas -simulacro de ‘libertad’ en las aulas,
‘participación’ de los alumnos en el gobierno de los Centros y en la
dinámica de las clases, invisibilización del poder profesoral, etc. Y que,
de ese modo sutil, blando, alumnista, se capacitará para satisfacer “mejor” los
requerimientos político-ideológicos y psico-sociológicos del Sistema. Y,
con esta idea, que contraviene los presupuestos y las prácticas de las
llamadas “Escuelas Libres” (tipo ‘Paideia’), no me sitúo, en absoluto,
fuera del movimiento anarquista -en todo caso, me distancio de una fracción
del mismo, ‘constructivista’ en el dominio pedagógico.
En la
actualidad, las sensibilidades ácratas ante el problema de la Escuela se
bifurcan en dos grandes orientaciones: para unos, se trata de “inventar”
una Nueva Escuela, radicalmente distinta a la “oficial”, aprovechando el
legado de Ferrer Guardia, de los pedagogos libertarios de Hamburgo, de
experiencias como la de ‘Summerhill’, etc. Esta es la opción constructivista... Para otros, por
el contrario, el mal radica en la ‘forma’ misma, en la Escuela en sí, en el
hecho de la escolarización “obligatoria” (y en el prejuicio subyacente de
que “para educar es necesario encerrar”). Desde esta perspectiva,
toda ‘reforma’ de la Escuela y toda ‘invención’ de una Nueva Escuela (por
muy “libre” que se predique) sirve a los intereses del Estado y del
Capital, y sólo propende una optimización del rendimiento político e
ideológico de la Institución. Esta es la opción desescolarizadora, avalada por autores como Illich y Reimer,
entre otros. Hombres y mujeres anarquistas se rompen hoy la cabeza
procurando diseñar una Escuela no-opresiva, no-autoritaria,
no-domesticadora; y, al mismo tiempo, otros hombres y mujeres no menos
anarquistas luchan por arrancar sus hijos de las garras de la Escuela y proveerles
de la educación que necesitan sin transigir por ello con el “encierro”
-educación por la familia, educación en la comuna, colectividad educadora,
auto-educación,... Durante estos últimos meses he tenido ocasión de
conversar con partidarios de una y otra corriente: compañeros libertarios
involucrados en experimentos pedagógicos anti-autoritarios (“Escuelas
Libres”, “Escuelas Convivenciales”, etc.); y compañeros anarquistas
empeñados en hacer viable, para sus hijos en primer lugar, aquella educación sin Escuela...
Yo
trabajo en la línea de una crítica radical de la Escuela, de todo tipo de
Escuela; y no puedo simpatizar por ello con los afanes “constructivistas”.
Gusto de presentarme como un “anti-profesor”, un “desescolarizador”. Apunto
hacia un nuevo ejercicio político de la corrosión
en la Enseñanza, hacia la culminación, como te decía, de un ‘recorrido’
subversivo, incordiante, empeñado en la conquista
de la Expulsión. Y soy partidario de un fomento consciente,
sistemático, infatigable, de los distintos medios e instrumentos de la auto-educación de la juventud
-formas de transmisión de la cultura, de socialización del saber,
independientes de la Escuela, desligadas del Estado, como los ateneos, las
distribuidoras, los colectivos, las bibliotecas alternativas, las revistas
y las editoriales no-capitalistas, etc. Hay, al margen de la Escuela, un
vasto campo de recursos para la auto-educación de la juventud, de la
población, que garantizan hoy la posibilidad de una transmisión no-vigilada
de la cultura. Procuro implicarme en ese proceso, apoyar en la medida de
mis posibilidades el nacimiento y la consolidación de estas entidades
culturales hostiles al aparato del Estado, y favorecer una expansión de los
medios y las ocasiones para el aprendizaje informal, para la divulgación no-institucional de los
conocimientos. No soy un iluso: no espero milagros de esta pequeña retícula cultural no-escolar.
Pero, en mi opinión, nada cabe esperar de las experiencias escolares
alternativas, nada desde el punto de vista de la ‘resistencia’
anticapitalista... Mi corazón me dice que “lo libertario” en la Escuela no
es ‘reformarla’ y ‘preservarla’, sino ‘convulsionarla’ y ‘abandonarla’.
Además de mi corazón, también me lo dice Antonin Artaud, con su Heliogábalo o el anarquista coronado...
.-7) ¿Cómo
cabe caracterizar el “arte de hacer pensar” de que habla en su libro? ¿Por
qué anota que esa práctica debería extender su influencia a todos los
ámbitos del espacio socio-institucional -fábricas, familias, hospitales,
cárceles,...?
Aunque el Irresponsable procura no intervenir en la conciencia del
estudiante, tampoco ignora que, por la mera lógica de la “exposición”
circunstancial a su discurso, de los “encuentros” que se producen entre él
y el alumnado, siempre quedará un ‘resto’ de influencia, un ‘poso’ de
incidencia sobre la subjetividad de los jóvenes. Como mal menor, reorienta
ese inevitable residuo de poder a
fin de que, por una vez, no trabaje para la “divulgación de la cultura”,
para la “transmisión del saber” (eufemismos cínicos que ocultan, sin más,
una labor de adoctrinamiento de
la población, de ideologización
del colectivo escolar, de difusión de los mitos del Sistema). Lo que busca el ‘antiprofesor’ es algo muy
distinto, y que lo pone a salvo de los desvelos proselitistas todavía perceptibles en las “Escuelas
Alternativas” -aún reconociendo el mérito y el valor de la obra de Ferrer
Guardia, ¿podemos negar que desde el principio se vio tiznada de un
decepcionante anhelo ‘proselitista’?-: busca la provocación intelectual, la conmoción
crítica del receptor, ese “hacer pensar” a que te refieres... No se
presenta como el portador privilegiado de un conjunto de ‘verdades’
desenmascaradoras, desmitificadoras, explosivas -de hacerlo así no podría
sustraerse a la lógica adoctrinadora-,
sino como un artista de la
descomposición de las certidumbres, un gran suscitador de la
“expectación reflexiva”.
He
dicho “artista” porque esta meta difícil del hacer pensar no está al alcance de una determinada ‘metodología
científica’, no puede ser garantizada por ningún sistema pedagógico, por
ninguna propuesta didáctica. La Didáctica, lo Pedagógico y el
Cientificismo, a pesar de sus declaraciones auto-justificativas, han
perseguido siempre la impregnación
ideológica de la sociedad, la conversión de la “ideología dominante” en
sentido común, en conciencia anónima, en verosímil popular. Gramsci,
Horkheimer, Barthes y Althusser han aludido convincentemente a este efecto
‘ideologizador’ de las prácticas científicas y culturales... “Hacer pensar”
no es un objetivo que de verdad interese a tales prácticas; ni siquiera
estaría en sus manos, en el caso insólito de que un día se sublevaran
contra sus señores, el Estado y el Capital. Sólo al arte le ha sido concedido ese poder fascinante de sembrar la
desconfianza y movilizar las energías intelectuales del receptor. Sólo el
arte puede llevarnos a aquel “adiestramiento en el olvido de lo ajeno y en
el placer de la opinión personal, regreso a las primeras preguntas y a las
respuestas que no se han dado, reconquista de la afirmación huérfana y del primitivo orgullo de
hablar por uno mismo” a que aludía en mi ensayo. La mejor literatura, la
pintura y la escultura no-complacientes, el teatro más cruel, incluso el cine consciente de su especificidad , han
conseguido manifiestamente ese efecto... Por ello hablaba de un “arte del hacer pensar”; y por ello
el Irresponsable se aleja de la docencia y atenta contra la Escuela por los caminos de la creación artística.
Considero que este propósito de no ‘infundir’ un determinado
pensamiento, de no ‘inculcar’ un sistema ideológico dado, y, a la vez,
sembrar el principio de desconfianza, la vocación de disentir, es el único que merecería la pena
generalizar por el resto de las instituciones sociales y de los espacios de
dominación, familias, hospitales, manicomios, cárceles, fábricas,
cuarteles, etc. En todos estos recintos, la lógica implacable de la repetición del saber (saber
psicológico, saber médico, saber
sindical, saber penal, etc.), habiendo forjado ya una ideología profesional -ese discurso empobrecido y empobrecedor
de los médicos, los psiquiatras, los sindicalistas, el funcionariado de
prisiones,...-, un endurecido sentido
común laboral, sólo puede combatirse desde aquella invitación,
artísticamente inducida, a una “búsqueda del discurso virginal y de la
interpretación salvaje, del relato que no se moverá más al abrigo de la cita porque querrá retornar a la
indefensión de la piel desnuda y sabrá agradecer el estímulo del frío verdadero”
- y no mediante el simple enfrentamiento con un conjunto ‘adverso’ de
postulados ideológicos y de aseveraciones doctrinales supuestamente
‘críticas’. “Hacer pensar”: parece sencillo, pero es hoy lo más difícil del
mundo...
.- 8) A
menudo se alega que la resistencia anticapitalista debe “apoderarse” del
Lenguaje. Pero ¿de qué forma? ¿Elaborando uno propio? ¿O arrebatándoselo,
de un modo o de otro, no acierto a ver la manera, a sus poseedores?
En este asunto yo soy bastante más pesimista. Me
parece que hace mucho tiempo que el Lenguaje se apoderó de nosotros, hasta el punto de que hoy ya no somos
más que las palabras que nos hablan.
Somos hablados por el Lenguaje; y lo peor de todo es que ese lenguaje encarnado en nosotros es un lenguaje
discriminador y segregador, que arrastra la mácula de la dominación, del
sexismo, de la xenofobia, del exterminio de la diferencia,... Nietzsche fue
uno de los primeros en advertirlo, con una observación certera, fulminante:
“Me temo que nunca nos desembarazaremos
de Dios, pues todavía creemos en la Gramática”. También le pertenece
una frase inequívoca, que señala el origen de todos estos males del lenguaje: “Desde siempre
ha estado, entre las prerrogativas del Señor, la de poner nombres a las cosas”. De alguna forma, con estas
dos referencias del “viejo martillo filosófico”, ya está casi todo dicho
acerca de la perversidad del Lenguaje: teniendo su origen en la desigualdad
y en la dominación de unos hombres por otros, en la violencia y en el
ejercicio del poder, es ya todo su cuerpo el que se halla infectado,
corrompido, y no sólo la semántica. La responsabilidad del Lenguaje en la
reproducción de la dominación no deriva sólo del “significado” de las
palabras que proferimos cotidianamente, de sus connotaciones ‘belicistas’ o
‘racistas’, de las implicaciones ‘sexistas’ de ésta o aquélla terminación;
es también -y sobre todo- un asunto de orden sintáctico, de orden gramatical.
Desde su misma raíz, el Lenguaje está investido de odiosos efectos de poder
y de segregación. Es tan profundo su mal, que ya no admite reforma. Por añadidura, las
condiciones sociales y políticas en que se desenvuelve nuestra existencia
contemporánea aseguran que todo otro
lenguaje que podamos inventar acusará semejantes deficiencias, la misma
sustancial malevolencia. No está
en nuestro poder elaborar, de un día para otro, un lenguaje libre de culpa. Nuestra sociedad está enferma, nuestro
corazón podrido, de las relaciones de poder y de explotación no escapa ya
ni el más olvidado de nuestros órganos,... Cualquier lenguaje que seamos
capaces de concebir se verá afectado (constituido) por este poso de la
barbarie y de la explotación que no logramos sacudirnos. Más aún: será un arma, un instrumento, de esa
barbarie y de esa explotación...
¿Qué
hacer, entonces? Prefiero que cada cual responda a esta cuestión a su manera. Unos se dedicarán a
‘marcar’ el lenguaje con signos que constantemente delaten la iniquidad de
sus intenciones y la bajeza de sus orígenes (corregirán las terminaciones,
invariablemente ‘masculinas’, o las complementarán con las femeninas
correspondientes; borrarán determinados vocablos de su léxico y los
sustituirán por ‘otros’ menos nocivos;
etc.). Y es ésa una empresa loable, con la que resulta imposible no
simpatizar. Pero es una empresa insuficiente...
Otros procurarán ‘destruir’ en sus obras este Lenguaje sucio que nos asfixia, desmembrándolo, invirtiéndolo,
pervirtiéndolo,... Y es éste un “gesto” que no carece de interés, sin duda
saludable. Pero sólo un gesto,
una metedura de dedos en el ojo del Lenguaje, acción tan atrevida como insuficiente. Algunos no harán nada, y seguirán utilizando
resignadamente un Lenguaje contra el que, a fin de cuentas, acumulan los
mismos cargos que contra el Trabajo, la Familia o la Casa. Y ¿quién va a
lanzar contra ellos la primera piedra de la desaprobación, si todos bajamos
cotidianamente la cabeza ante algo o alguien y por desgracia sabemos de
‘resignaciones’ varias? Yo he optado por recorrer el Lenguaje armado de
intenciones insumisas, desangrándolo de metáforas y enfrentándolo sin
descanso a las miserias de su
condición servil. Y es el mío un proceder también insuficiente, en alguna medida resignado, probablemente poco más que un gesto... Pero ‘creo’ en esta lucha contra el lenguaje y en
el lenguaje, con el lenguaje y por el lenguaje; ‘creo’ aún -no sé
hasta cuándo- en la necesidad de una escritura
sublevada...
.-9) A la
vista de su posicionamiento teórico y de la práctica que llevó a cabo, hay
quien lo considera un “terrorista pedagógico”. ¿Se estima usted como tal?
Si he de serte sincero, te diré que prefiero
sembrar el terror entre los
profesores y los pedagogos antes que el reconocimiento o la discrepancia
amable. Soy un gran odiador de la
Escuela. Las palabras que encuentro y reúno para combatirla no están a la
altura de ese odio, y siempre me dejan insatisfecho. El daño que quisiera infligir a la
institución escolar es infinito, y me atormenta percibir que apenas logro hacerle cosquillas. Experimento, sin
duda, el resentimiento y la frustración de todos los terroristas; y debe haber algún inmenso amor a no sé qué otra cosa detrás del odio que albergo en mi
corazón, como a ellos les sucede... Pero no me gusta la comparación: es injusta con ellos. A su lado, yo
soy un niño jugando a dar miedo. Mi modestia me lleva a verme, sin más,
como un anti-pedagogo. Eso es lo
que soy, un “anti-pedagogo” visceral.
Como
“anti-pedagogo”, impugno un supuesto que está en los cimientos de esa
disciplina, en el surtidor de todas las críticas ‘progresistas’ a la
Enseñanza tradicional y de todas las ‘alternativas’ disponibles: la idea de
que compete a una selecta
aristocracia del saber (los educadores, los profesores) realizar una
importantísima tarea en beneficio de la juventud, una operación calificada
sobre la conciencia de los estudiantes de la que se seguiría la mejora o
transformación de la sociedad. Arrogándose una facultad demiúrgica (‘creadora’ de hombres),
y como miembro de una “élite”, erigido en autoconciencia crítica de la Humanidad, el ‘educador’ se
entregaría a una delicada corrección
del carácter de los jóvenes, a una muy ‘ilustrada’ labor de forja de la personalidad, siempre
con la mirada puesta en el ‘bien’ del estudiante y en lo que conviene a la
sociedad -se aplicaría a la modelación
de sujetos ‘críticos’, ‘autónomos’, ‘creativos’, ‘independientes’,
‘libres’, ‘solidarios’, ‘tolerantes’, ‘pacifistas’, etc. Bochornoso, este elitismo, aderezado de filantropía, pone de nuevo sobre la
mesa aquella moral de la doma y de la
cría que tanto irritaba a Nietzsche e incurre una y mil veces en lo que
Foucault, pensando no sólo en los educadores, denominó “la indignidad de hablar por otro” (indignidad, en nuestro caso,
de suplantar la voz del estudiante; de ‘reformar’ la Institución en su nombre; de intervenir
policialmente en su subjetividad alegando que se hace por el propio bien del afectado;
etc.). A la manera de un déspota
ilustrado, pertrechado de conocimientos ‘especializados’ y pautas
‘científicas’, el educador moderno, sucedáneo de la divinidad, se
entregaría a una empresa ‘redentora’, ‘salvífica’, casi estrictamente
‘religiosa’... Pero, en realidad,
nada, absolutamente nada, ni los estudios, ni las lecturas, ni la formación
‘científica’, ni los títulos ‘académicos’, autorizan a un hombre
(lamentable funcionario, muchas
veces) a elevarse tan ‘por encima’ de los demás y decretar, desde esas alturas, qué tipo de “sujeto” necesita la
Humanidad para ‘progresar’ o curar sus heridas; nada hay en su preparación
o en su carácter que lo capacite para tentar aquella infamante operación pedagógica sobre la conciencia
estudiantil; nada justifica que se arrogue un papel ‘divino’, remedo de
la Creación, y mire a la sociedad toda con ojos de águila... Oscar Wilde
estimó que los ‘educadores’ constituían “el
azote de la esfera intelectual”. Y La Polla Records nos sugirió qué
podemos hacer con ellos: “¡Gurú! Una
patada en los huevos es lo que te pueden dar”. Estoy de acuerdo.
Sin
embargo, todo esto no es “terrorismo”, no se ha ganado todavía esa
calificación: se trata, meramente, de “anti-pedagogía”...
.- 10)
¿Desea decir algo más?
Agradeceros sinceramente que os hayáis acordado de mí en este trance
apasionante de la elaboración de un nuevo número de vuestra revista, y
desearos toda la fortuna del mundo en la empresa imprescindible de asegurar su continuidad. Ponerme además a
vuestra disposición para cuanto necesitéis y esté en mi mano.
Como dicen los compañeros de un ateneo libertario de
Valencia:
“Salud, Suerte e Imaginación”
Un abrazo:
Pedro García Olivo
(“Sobre la infamia...” ha
aparecido extractado, resumido, re-elaborado, en algunas publicaciones
periódicas. En su integridad, permanece inédito)
Otros
trabajos
.- "Involución histórica e ideología de la reconciliación: 'La
Guerra de España' de El País", en Andalán. Revista de
Pensamiento, n.º 7, 1987, Zaragoza.
.- "La Historiografia de la Reconciliació: ‘La Guerra de España’
á El País", en L´avenç. Revista d'historia, n.º 104,
Abril de 1987, pp. 63-67, Barcelona.
.- "El Sepulturero y su Ciencia. Positivismo y Metafísica en el
análisis historiográfico de la Guerra Civil", en Actas de los
Encuentros del SEGUEF, Universidad de Salamanca, 1987, Salamanca.
.- "Crimen y poesía contra la Escuela en El Irresponsable",
en Bicel, n.º 10, Octubre de 2000, pp. 26-27, Madrid (Bajo
seudónimo).
.- "Mendigos que llaman a la puerta no se sabe con qué barahúnda
de intenciones", en la revista Escribir y Publicar, n.º 30,
Septiembre-Noviembre de 2002, p. 10, Barcelona.
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