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COMO ESOS PERROS QUE
LADRAN SIN DESCANSO A LA ETERNIDAD TODA EN LAS NOCHES DE LUNA LLENA
“Como esos perros...” constituye el prólogo que Pedro García Olivo concibió para un libro de su amigo Julio César Carrión. Para leer en su integridad la obra, titulada “La animalización integral del hombre. Paradojas de los derechos humanos”, pínchese aquí
Prólogo
COMO ESOS PERROS QUE LADRAN
SIN DESCANSO A LA ETERNIDAD TODA EN LAS NOCHES DE LUNA LLENA

flor y aún no sabe qué ramo resultará...,
así va
disponiendo sus
palabras. ¿Con alegría?
¿Con pesar?”
R. M. Rilke
Hay una literatura que tiene sed
insaciable de infinito. Sed insaciable de infinito: como tú, como yo,
como esos perros que ladran sin descanso a la eternidad toda en las noches de
luna llena. Sed insaciable que podría llevarnos a matar, a amar de verdad, a
llorar sin consuelo, a devastar nuestros días procurando parar con las manos el
agua que corre, procurando cambiar a pulmón la dirección del viento, procurando
Vivir más de lo que la vida misma osaría si la dejaran y decir más verdad que
la tolerada por la sombría organización social de nuestro tiempo, más verdad
que la admitida por nuestra propia conciencia desgarrada...
“Mantener los ojos desesperadamente abiertos ante el horror”: he ahí la meta de esa escritura. Y lanzar cualquier día su denuncia al mundo como una pedrada. Y permitir que el autor se repita cada mañana su pensamiento, lector de su propia obra, profesor de sí mismo, para no equivocarse peligrosamente de identidad en la jornada y recordar quién ha de ser y cómo ha de comportarse ante los inminentes cotidianos insufribles embates de lo real...
De este
género es la literatura de Julio César Carrión Castro. Así es La animalización
integral del hombre. Con todo el respeto de que me creo capaz, sólo
quisiera oponerle una acobardada y temblorosa objeción: “Llega un momento en
que el gesto negativo, repetido invariable e indefinidamente, se recupera
como una nueva forma de la afirmación”. En esta “traición de la redundancia”,
en esta manera insidiosa en que el No (por el exceso de su presencia) acaba
trabajando para el Sí, debía estar pensando Nietzsche cuando acuñó su
desconcertante divisa: “¡Desconfiad de los que se quejan!”
* * *
¿Para cuándo esa noche de luna llena en la que los perros dejen de tener esperanza y miedo? ¿Para cuándo el término de un estado de cosas que nos empuja casi a matar, a amar de un modo que hiere al otro como si no se le amara, a llorar porque hay motivos, a consumir nuestra existencia en una sublevación insensata contra la fuerza del agua que corre, la fuerza del viento que nos ignora, la fuerza de la verdad miserable de todo orden social? ¿Para cuándo el estertor de la esperanza? ¿Para cuándo el estertor del miedo? “Tengo en cadenas -le dijo Mefistófeles a Fausto, en la obra de Goethe- a dos de los mayores enemigos del hombre: la Esperanza y el Temor”. Dejando a un lado la ficción, hoy son esos dos enemigos milenarios de la Humanidad los que encadenan incluso nuestros sueños...
Distingue
al escritor consciente amar la escritura con un amor agrietado de odio. “Las
cosas dignas de ser escritas, al ser escritas pierden su dignidad”: ésta es la
verdad profunda de su oficio, de la que no puede sustraerse. Sabe que hay algo
infamante, oprobioso, en la circunstancia de escribir; que siempre compone por
turbias razones... Recuerdo a Brecht: “Desgraciadamente, nosotros, que
queríamos preparar el camino de la amabilidad, no hemos podido, por nuestras prácticas,
merecer que se nos ame”. Si todo escritor sediento de infinito es un Fausto
débil, que no vende su alma al Diablo pero sí se la deja robar, ¿para
cuándo el final de la escritura?
* * *
Me parece
que, mientras tanto, mientras los perros ladren a la luna imperturbable;
mientras matemos por humanidad, amemos en el desatino y lloremos fatalmente;
mientras el miedo y la esperanza, clavados en nuestras carnes como ladillas,
piensen por nosotros y actúen por nosotros; mientras todo eso dure, y haya
escritores atormentados desangrando en obras su mala conciencia, no
encontraremos mejor bálsamo para el dolor de aquella sed acuciante de otra
cosa, sed de otros hombres y de otro mundo, para el aguijón de aquella ansia
por siempre insatisfecha de infinito, que la práctica y compañía (pese a todo)
de una literatura de ojos abiertos, ojos desesperadamente abiertos ante el
horror. Así es este libro que aquí principia. Lanza su denuncia al mundo como
una pedrada, y ojalá no hubiera tenido que ser escrito..
“Cuando estés en tu lecho y
escuches los ladridos de los perros,
ocúltate bajo tus mantas, no
te burles de lo que hacen:
tienen sed insaciable de
infinito, como tú, como yo.”
Lautréamont
Pedro García Olivo
Aldea Sesga, fin del estío, 2006.
www.pedrogarciaolivoliteratura.com